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LOS HACEDORES DE MARCOS

En los universos simbólicos del arte, las imágenes y otros objetos plásticos y visuales, los hacedores de marcos somos agentes de adición. Así como el marquero superpone una estructura para contener y, quizá resguardar o permitir la colocación del bien simbólico pre-confeccionado que enmarca; en otras profesiones y oficios se desempeñan tareas equivalentes, algunas disciplinas de estudio artístico y visual podrían comportarse de esta manera.

Como ocurre en las marquerías, muchos laboratorios conceptuales trabajan con los añadidos y excedentes; es decir, agregando elementos, analíticas y reflexiones sobre lo ya configurado.

Al igual que al marco que bordea un cuadro no se le debería permitir opacar las formas, limitar la apreciación, usurpar el interés o achatar el entendimiento; al esteta, teórico, crítico, analista o aficionado regular, no debiera sugerírsele el sostén, relevo o sustitución conceptual de objeto simbólico alguno.

De esa manera se seguiría trabajando con la obra y por ella, no pese a su existencia; y de esa forma se podrían engendrar legítimos ejercicios pensantes que potencien la conservación del objeto enmarcado y no del marco mismo, que localicen las apreciaciones y no aprecien las localizaciones.

La humilde condición del marco es limitar y contener, pero no a la obra –que ya obra por sí misma-, sino al espacio homogéneo del que ésta se separa.

Materialmente el marco emancipa al cuadro renacentista del muro y comienza a adelgazar su presencia a partir del siglo XIX, cuando solo establece un borde exterior inconfundible con la realidad del espacio que lo circunda.

Metafórica y conceptualmente, el marco o parergon se localiza en un área marginal y fronteriza que, si afecta al interior, no lo define, sino que se agrega a él para discurrir con el afuera.[2]

Y ya que los marcos materiales y/o conceptuales no inciden en las formas, comencemos por aceptar con toda honestidad sus rasgos prescindibles.

En los confines simbólicos, las disertaciones sobre arte siempre son secundarias frente al objeto primario, así que de los hacedores de marcos depende reafirmar esta condición y contribuir en la especificidad del afuera, en correspondencia con la disciplina de análisis.

¿Cómo hacerlo? Afrontando la cosa en lo que peculiarmente es y desde los ojos que piensan lo visual.

Cecilia G. Fuentes Urtaza

[1] Licenciada y Maestra en Filosofía por la Universidad de Guanajuato,con área de especialidad en Estétia. Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de San Luis, con orientación en Antropología Visual. Ha 
participado en diversos congresos, proyectos y estancias de investigación. Desempeña funciones docentes y 
de asesoría de becarios para estímulos de producción cultural.

[2] Para una breve genealogía material y formal de los marcos, véase: Arnheim, Rudolf (2002), Marcos y 
Ventanas, en: “Arte y percepción visual”, Alianza, pp. 247-249. Sobre marcos conceptuales consúltese a
Derrida Jacques (2001), El parergon, en: “La verdad en pintura”, Paidós, pp. 49-91. Para su abstención
contextual en territorios sociales, donde el marco corre el riesgo de usurpar legítimos procesos 
informativos, léase la tónica de: Latour, Bruno (2008), Reensamblar lo social, Manantial.

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