<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Frontera Latina &#187; Cuento de la semana</title>
	<atom:link href="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/category/cultura/cuento/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera</link>
	<description>Periódico de Berlín al Mundo sin Fronteras. Tu periódico cultural y turistico de Berlín al mundo sin fronteras</description>
	<lastBuildDate>Mon, 06 Feb 2012 01:14:41 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.1</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>&#8220;EL PARENTESIS&#8221; Cuento de Rómulo Gallegos</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2011/02/el-parentesis-cuento-de-romulo-gallegos/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2011/02/el-parentesis-cuento-de-romulo-gallegos/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Feb 2011 13:30:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=3849</guid>
		<description><![CDATA[                    Carmen Rosa: entre las orquídeas, su fe y el amor
En la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viviendas que tenían historias piadosas, compadecíanse muy bien esa atmósfera de sacristía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>                  <em><strong>  Carmen Rosa: entre las orquídeas, su fe y el amor</strong></em></p>
<p>En la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viviendas que tenían historias piadosas, compadecíanse muy bien esa atmósfera de sacristía que trasciende a incienso, a pezgua y a olor de viajeras y de óleos.</p>
<p>En las habitaciones que no ocupaban la familia campaban una porción de cachivaches sagrados: doseles raídos, candelabros inútiles, tabernáculos desvencijados que mostraban la vil madera a través de la carroña del sobredorado antiguo, una infinidad de bártulos de sacristía dados de baja en el templo parroquial. En el extremo de uno de los corredores había un oratorio en donde se guardaba, desde tiempo inmemorial, uno de los &#8220;Pasos de la Semana Santa&#8221; acerca del cual corría entre el beaterío de la parroquia una leyenda milagrera, y constantemente entraban en aquella casa sacristanes y monagos que iban por brasas para el incensario o por albas y sobrepellices que se lavaban en una especie de santificado lavadero y que luego se oreaban en una cuerda que tenía este privilegio.</p>
<p>Carmen Rosa hacía este oficio y lo hacía con una pulcritud devota. En el resto del día refugiábase en su dormitorio, austero como una celda monjil, limpio, claro y lleno del silencio de aquella casa donde vivía con su madre y su hermano, y allí poníase a recamar interminables vestiduras para las imágenes de la parroquia y casullas y dalmáticas para uso del párroco.<br />
Todo esto enfurecía al hermano incrédulo. A veces le daban ganas de romper violentamente con toda consideración. Pero no hacía sino enfurecerse, gritar, amenazar.<br />
La madre, que hasta la salvación de su alma desistiera, si en trance de ello la pusieran, por complacer a su hijo, amedrentada con aquellas bravatas, temerosa de que la ira le hiciese daño, empezaba a suplicarle:<br />
-¡Hijo! ¡Por Dios! No te molestes así. Haz lo que quieras. Di tú lo que debe hacerse.<br />
Y luego a Carmen Rosa:<br />
-Ya lo estás viendo, hija. ¡Y todo porquee te encuentras bordando esa casulla!<br />
Carmen Rosa, invariablemente, abandonaba la labor sin responder palabra.<br />
Cierta vez, a raíz de una de una de estas escenas se presentó Clarita Estévez. Era ésta una mujeruca insignificante, de piel rosaducha y fina como la de un recién nacido, cabellos descoloridos como hoja de plata que no recibe sol, ojos bailoteantes, agudo mentón, dientes cariados y espalda jibosa. Estaba plantada en el linde de la juventud más hacia el lado de la vejez y gastaba la vida terrenal en amontonar merecimientos para la de ultratumba, que ya tenía por segura, pues era proveedora del aceite de las lámparas del Santísimo, esclava de la Virgen, sierva de San José, y hermana de leche de un diácono que estaba por ordenarse. Representaba un papel ambiguo cerca de Carmen Rosa, quien la llamaba su amiga de prueba, queriendo así significar que no le profesaba amistad, pero que soportaba la suya como una de esas cosas desagradables con que acostumbra el buen Dios probar a sus criaturas elegidas.<br />
Sin embargo, aquel día Carmen Rosa no estaba para merecimientos y la recibió de mal humor.<br />
Clarita comenzó a farfullar su habitual andanada de palabras:<br />
-Chica, vengo a buscarte para que vayaamos a la iglesia y regañes al sacristán. Se roba el aceite de la Majestad.<br />
Carmen Rosa no pudo contenerse:<br />
-Pues no vengas nunca a buscarme para esass cosas.<br />
-Y dejamos que el sacristán se robe el aceeite impúdicamente.<br />
-Inpunemente querrás decir. Pues que se llo robe, que se lo coja como te lo coges tú para alumbrar los santos de tu casa.<br />
La beatuca, sorprendida más que ofendida, pues nunca había visto enojada a Carmen Rosa, empezó a hacer visajes y a balbucir:<br />
-¡Chica!&#8230; ¿Yo?&#8230; ¡Cómo me dices eso&#8230;!!<br />
-Ya te digo: que no se te ocurra más venirr a contarme lo que pasa en la sacristía. Ya me tienes hasta la coronilla.<br />
Clarita detuvo un momento sobre la amiga el absurdo bailoteo de sus ojos y salió ahogándose de ira.<br />
Cuando Carmen Rosa se halló otra vez sola, se sorprendió de lo que había hecho. Sin duda aquel estallido de cólera se venía preparando en su ánimo desde mucho tiempo.. Era la reacción inopinada y violenta de una voluntad apática que había sufrido varias presiones, sin protestar, pero cargándose de rebeldía para dejarla escapar de un golpe.</p>
<p>Desde algún tiempo venía advirtiendo que su confesor redoblaba para con ella su celo de director espiritual, y tenía condescendencias respetuosas para sus pecadillos, como si le reconociera una grandeza de alma que supliera por las pequeñas flaquezas, llegando a veces hasta la adulación, aun a riesgo de envanecerla de su piedad. Al principio no se dio perfecta cuenta del hecho, pero cierto era que había caído en el halago de aquello que había venido a convertir la confesión en un flirt raro y grato, donde su mística, pero siempre femenil coquetería, se holgaba sobradamente. Poco después el confesor había empezado la idea de coronar con una acción de mayor merecimiento ante los ojos de Dios la devota vida que hacía en su casa. Un día en la sobremesa -pues el Cura de la parroquia comía una vez a la semana en casa de la familia -dijo, como idea cogida al vuelo y sin intención remota:<br />
-No extrañaría que Carmen Rosa la diera, eel día menos pensado, por meterse a fundadora de una orden religiosa. Seguramente escogería un nombre poético: ¡María de la Luz!<br />
-Pero ¿de dónde saca usted eso? -replicó CCarmen Rosa ruborizándose-. Sería una extravagancia.<br />
-A los grandes imaginativos no los seduce sino lo que se sale de lo ordinario. Mientras más fantástico, mejor. Imagínese: fundadora de una orden nueva. Ya me parece estar viéndolo: Cuando Sor María de la Luz&#8230;<br />
Cambió Carmen Rosa la conversación, temerosa del ceño que ponía su hermano, pero ya la idea insidiosa había encontrado asidero propicio en su espíritu. Muy lejos estaba todavía de ser un propósito definido; sólo era una grata ensoñación a la cual se entregaba en esos estados de abandono mental en las cuales la fantasía enreda los más caprichosos motivos; cuando más, vago anhelo, como de cosa imposible; pero allí estaba la idea aquella, como levadura en masa fácil de fermentar, turbándole el sueño, empujándola a todo rincón de sombra y silencio&#8230; ¡Teresa de Jesús! Nunca se le había ocurrido que ella pudiese servir para aquello&#8230; Pero&#8230; Puesto que el padre lo decía&#8230; ¿Quién sabe&#8230;? ¡Cuando Sor maría de la Luz&#8230;!</p>
<p>Y era tan pertinaz la dulce violencia de esta obsesión, que a poco andar Carmen Rosa no tuvo vida sino para consumirla en la lumbre voraz de su deseo.</p>
<p>La madre y hermano diéronse cuenta de la situación y le declararon una guerra abierta y sin tregua; pero ni amenazas del uno, ni súplicas ni lloriqueos de la otra, lograron más sino afirmarla en su terco y escondido empeño.</p>
<p>¿De dónde salía ahora, a raíz del disgusto que por causa de su hermano acababa de tener, aquel impulso de rebeldía que la hizo ser injusto y brutal con Clarita?</p>
<p>·</p>
<p>Era así la vida en aquella casa, cuando una mañana, de improviso, entró la alegría.<br />
Pablo Lagañez, un pariente lejano a quien la familia no conocía y que se había educado en el Norte desde niño, había llegado a Caracas por aquellos días. Era un joven moreno, vigoroso, casi hercúleo y tenía un carácter franco, expansivo y bullicioso.</p>
<p>Desde el primer momento Carmen Rosa experimentó viva simpatía hacia aquel joven que tanto elogiara su hermano. Por otra parte, ella encontró otras excelencias: Pablo Lagañez tenía un corazón sensible, jugoso de ternura.</p>
<p>Una mañana llegó clamoroso, con una niñita en los brazos, rubia y linda como una muñeca.<br />
-¡Prima! ¡Prima! Mira lo que te traigo. La había encontrado al pasar, jugando en la plazoleta de la iglesia cercana. Y sin cuidarse del rubor que hacía estallar en las mejías de Carmen Rosa, le dijo maliciosamente:<br />
-Es necesario, prima, que en este patio haaya pronto una criaturita tan mona como esta&#8230;<br />
El intruso alegró la vida de Carmen Rosa. Una alegría fugaz, pero dulcísima, metiósele alma adentro, como una lumbrada de sol en rincón obscuro y frío, desentumeciendo alborozos y ansias juveniles que se precipitaron ávidamente en aquel rayo cálido, que fue veloz y certero hasta lo hondo del corazón aterido por los grandes hielos del divino amor.</p>
<p>Asimismo, el sol verdadero creó el blancucho color de su faz en los paseos que Pablo Lagañez inventó para ella en los claros días de mayo. Ora en las mañanas en los campos cercanos, ora en las tardes por las barriadas capitalinas; o entre días por los pueblecitos próximos, aquellas jubilosas excursiones, donde su hermano hacía de Cicerone y que para ella eran tan inusitadas como para Pablo Lagañez, fueron un brusco paréntesis de vida casera y una vacación espiritual deliciosa. Corrientes y frescas aguas, cálidos aires y tibias sombras, el caliente olor del paisaje y la lumbrada azul de los cielos, el olor agreste y los campesinos rumores todo aquello, contemplado y sentido otras veces como recóndita invitación al arrobamiento místico, era entonces nuevo y sabroso. Adobábalo Pablo Lagañez con su charla amable y alegre y gustábalo ella con fruición golosa, un poco turbada por aquel violento cambio de vida, por aquella repentina sumersión en el mundo, precisamente cuando acariciaba la idea de renunciar a él para siempre. A veces su hermano y Pablo se engolfaban en una conversación seria sobre motivos de orden práctico o trascendental y a ella entonces le tocaba callar. Ella en medio de los dos, silenciosa y sin pensamientos suyos, sólo cruzando por su mente las ideas que ellos expresaban, experimentaba bienestar inefable, hondo y calmoso.</p>
<p>Pero eran los más dulces y turbadores momentos aquellos de la jornada. En el vagón del tren o del tranvía donde regresaban de la diaria excursión, fatigados ellos del mucho hablar, cansada ella de la larga caminata, quedábase a menudo en silencio y entonces Pablo Lagañez la miraba largamente, con una sonrisa tan afable, con una mirada tan honda y luminosa y preguntábale luego: ¿Estás cansada? con un tono de protección ¡tan insinuante!, de ternura varonil ¡tan subyugador!, que ella se sentía conmovida hasta lo más profundo de su ser, y experimentaba un mimoso deseo de perpetuar aquellas puras caricias con que, así, tan deliciosamente, un alma fuerte y alegre iba sorbiéndose la de ella tan necesitada del rescoldo de amor.</p>
<p>A veces Pablo le preguntaba en un improntus de su humor expansivo:<br />
-Prima, ¿no tienes novio?<br />
Turbábase ella y respondía:<br />
-¿Quién va a enamorarse de mí?<br />
-¡Dianche! Cualquiera que tenga ojos y coorazón. Hay que buscar uno. A ti te está haciendo falta un novio.<br />
Y soltábale una risotada clamorosa al verla sonrojarse.<br />
Un día, recorriendo el jardín del corral, le preguntó:<br />
-¿No tienes orquídeas? Pues voy a buscárttelas. Son preciosas: llenaremos el corral. Verás que bosque fantástico voy a formarte.</p>
<p>Y como lo prometió lo cumplió. Compró muchas y encargó a las vendedoras que le llevasen cuantas tuvieran. Pocos días después el corral de Carmen Rosa estaba poblado de cepas de orquídeas que florecían profusamente, adheridas a los troncos de los árboles o dentro de rústicas cestas que el mismo Pablo construyó en sabrosa y fraternal colaboración con la muchacha.<br />
-Ah, prima. Ya tenemos de que vivir -decííale elogiando la obra-. Ponemos una fábrica de cestos para matas y te aseguro que no nos moriremos de hambre.<br />
Esta chancera previsión de un porvenir común, de una vida compartida entre los dos, encendía fugaces sonrojos en las mejillas de Carmen Rosa y la llenaba el corazón de una dulce zozobra.</p>
<p>Pero Pablo Lagañez debía desaparecer como había aparecido: de pronto, intempestivamente. Un día llegó diciendo:<br />
-Parientes, vengo a despedirme de ustedes.. Salgo para el Yuruary, como ingeniero de una compañía que se ha formado, para emprender la explotación científica, en grande, de una vasta región cauchera.<br />
Era el primer dinero que le producía su profesión y esto le llenaba de desbordada alegría infantil. Habló de su porvenir con optimismo entusiasta y luego salió, tan clamorosamente como llegara la primera vez, gritando, ya en la puerta:<br />
-¡Adiós! ¡Hacia el porvenir! ¡Hacia la vvida!<br />
Carmen Rosa y la madre, que habían ido a despedirlo hasta la puerta, volvieron maquinalmente en el recibimiento del corredor. Las últimas palabras del ingeniero habían dejado en sus oídos esa intranquilizadora sensación de súbito silencio. Permanecieron un rato sin hablarse. Carmen Rosa con los ojos bajos, plegando y desplegando alforzas en la tela de su falda como un símbolo de aquel juego del destino con la vida; la madre con el mentón en el hueco de la mano, pestañeando repetidas veces. Luego la hija se levantó de su asiento y se fue, a lo largo del corredor, a su rincón de bordar: la madre la siguió con las miradas y murmuró, moviendo la cabeza:<br />
-¡No estaba de Dios!&#8230;<br />
Meses después recibían cartas de Pablo. Dábales noticia del fracaso de su empresa y de su internación en el Brasil, en busca de campo más propicio a sus ambiciones.<br />
Al final de la carta dedicaba un largo párrafo a Carmen Rosa, recomendábale el cuidado de las orquídeas y recordándole lo que tanto le había dicho, a propósito del novio que debía procurarse.</p>
<p>Después no se supo nada de él. ¿Sería el amor lo que había pasado? Carmen Rosa volvió a sus labores y a sus pensamientos piadosos, que recuperaron todo su corazón con una violencia desesperada. Al año siguiente, por mayo, cuando florecieron las orquídeas, se nombró en la casa a Pablo Lagañez: luego murieron las flores y nadie volvió a nombrarlo.</p>
<p>Entre tanto, la voz insinuante volvía a decir:<br />
-Cuando Sor María de la Luz&#8230;</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2011%2F02%2Fel-parentesis-cuento-de-romulo-gallegos%2F&amp;linkname=%26%238220%3BEL%20PARENTESIS%26%238221%3B%20Cuento%20de%20R%C3%B3mulo%20Gallegos">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2011/02/el-parentesis-cuento-de-romulo-gallegos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La Casa de los Deseos (Rudyard Kipling)</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/12/la-casa-de-los-deseos-rudyard-kipling/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/12/la-casa-de-los-deseos-rudyard-kipling/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 23 Dec 2009 20:16:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=2948</guid>
		<description><![CDATA[La nueva visitadora de la iglesia acababa de marcharse tras pasar veinte minutos en la casa. Mientras estuvo ella, la señora Ashcroft había hablado con el acento propio de una cocinera anciana, experimentada y con una buena jubilación que había vivido mucho en Londres. Por eso ahora estaba tanto más dispuesta a recuperar su forma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La nueva visitadora de la iglesia acababa de marcharse tras pasar veinte minutos en la casa. Mientras estuvo ella, la señora Ashcroft había hablado con el acento propio de una cocinera anciana, experimentada y con una buena jubilación que había vivido mucho en Londres.<span id="more-2948"></span> Por eso ahora estaba tanto más dispuesta a recuperar su forma de hablar de Sussex, que le resultaba más fácil, cuando llegó en el autobús la señora Fettley, que había recorrido cincuenta kilómetros para verla aquel agradable sábado de marzo. Eran amigas desde la infancia, pero últimamente el destino había hecho que no se pudieran ver sino de tarde en tarde.</p>
<p>Ambas tenían mucho que decirse, y había muchos cabos sueltos que atar desde la última vez, antes de que la señora Fettley, con su bolsa de retazos para hacer una colcha., ocupara el sofá bajo la ventana que daba al jardín y al campo de fútbol del valle de abajo.</p>
<p>-Casi todos se han apeado en Bush Tye para el partido de hoy -explicó-, de manera que me quedé sola la última legua y media. ¡Anda que no hay baches!</p>
<p>-Pero a ti no te pasa nada -dijo su anfitriona-. Por ti no pasan los años, Liz.</p>
<p>La señora Fettley sonrió e intentó combinar dos retazos a su gusto.</p>
<p>-Sí., y si no ya me habría roto la columna hace veinte años. Seguro que ni te acuerdas cuando me decían que estaba bien fuerte. ¿A que no?</p>
<p>La señora Ashcroft negó lentamente con la cabeza -todo lo hacía lentamente- y siguió cosiendo un forro de arpillera en un cesto de paja para herramientas adornado con cintas de algodón. La señora Fettley siguió cosiendo retazos a la luz primaveral que entraba entre los geranios del alféizar, y ambas se quedaron calladas un rato.</p>
<p>-¿Qué tal es esa nueva visitadora tuya? -preguntó la señora Fettley con un gesto hacia la puerta. Como era muy miope, al entrar casi se había tropezado con aquella señora.</p>
<p>La señora Ashcroft suspendió la gran aguja de coser el forro con un gesto tranquilo antes de pincharla.</p>
<p>-Salvo que no te cuenta nada de lo que pasa por ahí, no tengo nada especial contra ella.</p>
<p>-La nuestra, la de Keyneslade -dijo la señora Fettley- habla sin parar y es muy compasiva, pero no se para a escuchar. Dale que dale, que no la oyes más que a ella.</p>
<p>-Ésta no habla mucho. Yo creo que quiere hacerse de esas monjas protestantes, o algo así.</p>
<p>-La nuestra está casada, pero dicen que como si nada&#8230; -la señora Fettley levantó la barbilla huesuda-. ¡Dios mío! ¡Esos malditos altobuses arman un terremoto!</p>
<p>La casita revestida de azulejo tembló al paso de dos autobuses especiales de cuarenta plazas que se dirigían al partido de Bush Tye; detrás de ellos humeaba el autobús «del mercado» de todos los sábados. camino de la capital del condado, y de una de las tabernas abarrotadas salió un cuarto vehículo a sumarse a la procesión, impidiendo el paso de los coches que iban de excursión en sentido opuesto.</p>
<p>-Sigues teniendo la lengua tan larga como siempre, Liz -observó la señora Ashcroft.</p>
<p>-Sólo cuando estoy contigo. El resto del tiempo soy la típica agüelita: tres nietos ya.</p>
<p>Apuesto que ese cesto es para uno de tus nietos, ¿a que sí?</p>
<p>-Es para Arthur, el mayor de mi Jane.</p>
<p>-Pero no trabaja en ninguna parte, ¿verdad?</p>
<p>-No. Es para cuando van de gira.</p>
<p>-Tienes suerte. Mi Willie se pasa la vida pidiéndome dinero para comprar uno de esos arradios que pone la gente en el jardín para oír la música que dan de Londres y todo eso. Y encima se lo doy&#8230; ¡Si es que soy tonta!</p>
<p>-Y, ¿a que no te da un beso de gracias después? -la sonrisa de la señora Ashcroft parecía dirigirse a ella misma.</p>
<p>-Y tanto. Los chicos de ahora no se pueden comparar con los de hace cuarenta años. Muchos derechos y nada de obligaciones. ¡Y se lo aguantamos! ¡Si es que somos tontas! ¡Willie me pide tres chelines cada vez!</p>
<p>-Si es que se creen que el dinero crece en los árboles&#8230; -dijo la señora Ashcroft.</p>
<p>-Y la semana pasada -siguió la otra- mi hija va y pide un cuarto de libra de tocino al carnicero y va y le dice que se lo corte, que no va ella a molestarse en cortarlo.</p>
<p>-Apuesto que se lo cobró.</p>
<p>-Apuesto que sí. Me dijo que aquella tarde había una sesión de tresillos en la asociación de mujeres y que no iba a molestarse ella en picarlo.</p>
<p>-¡Mira que!</p>
<p>La señora Ashcroft dio los últimos toques al cesto. Apenas había terminado cuando llegó corriendo su nieto de dieciséis años, con una de las tantas muchachas que lo seguían a todas partes, recorrió el sendero del jardín preguntando a voces si ya estaba listo el cesto, lo agarró y se marchó sin dar las gracias. La señora Fettley lo contempló atentamente.</p>
<p>-Van de gira no sé dónde -explicó la señora Ashcroft.</p>
<p>-¡Ah! -dijo la otra entornando los ojos-. Apuesto a que no las deja en paz si le dan una oportunidad. Ahora que lo pienso. ¿a quién demonios me recuerda?</p>
<p>-Tienen que apañárselas por su cuenta&#8230; igual que nosotras a su edad -dijo la señora Ashcroft empezando a preparar el té.</p>
<p>-Tú sí que te las apañabas bien, Gracie -dijo la señora Fettley.</p>
<p>-¿De qué hablas ahora?</p>
<p>-No sé&#8230; Pero de repente me acuerdo de aquella mujer de Rye&#8230; no me acuerdo cómo se llamaba&#8230; Barnsley, ¿no?</p>
<p>-Quieres decir Batten&#8230; Polly Batten.</p>
<p>-Eso es&#8230; Polly Batten. Aquel día que se te echó encima con un tenedor de la paja -era cuando íbamos a la trilla en Smalldene- por quitarle el novio.</p>
<p>-Pero, ¿no me oíste decirle que por mí se lo podía quedar? -la señora Ashcroft tenía la sonrisa y la voz más suaves que nunca.</p>
<p>-Claro, y todos creíamos que te iba a clavar el tenedor en el pecho cuando se lo dijiste.</p>
<p>-No&#8230; Polly nunca se pasaba. Era demasiado fuguillas para llegar hasta el final.</p>
<p>-Pues a mí siempre me pareció -dijo la señora Fettley tras una pausa- que lo más tonto del mundo es que dos mujeres se peleen por un hombre. Es como un perro con dos amos.</p>
<p>-A lo mejor. Pero, ¿por qué te acuerdas ahora de todo eso, Liz?</p>
<p>-La cara del chico y la forma de andar. No lo había visto desde que era rapaz. A tu Jane no le vi nada así, pero este chico&#8230; este chico. ¡Pero si es como volver a ver a Jim Batten otra vez! &#8230; ¿Eh?</p>
<p>-A lo mejor. Las hay que lo dicen&#8230; claro que ellas son estériles.</p>
<p>-¡Ah! ¡Bueno, bueno! ¡Hay que ver, hay que ver! &#8230; Y ya hace años que murió Jim Batten&#8230;</p>
<p>-Veintisiete años -respondió brevemente la señora Ashcroft-. ¿Quieres servirlo tú, Liz?</p>
<p>La señora Fettley sirvió las tostadas con mantequilla., el pan de higos, el té hervido, amargo como el pecado., conserva casera de peras y una cola de cerdo hervida, fría, para bajar los bollos. Lo elogió todo cumplidamente.</p>
<p>-Sí., a mí no me gusta maltratar la panza -dijo pensativa la señora Ashcroft-. Sólo se vive una vez.</p>
<p>-Pero., ¿no te sientes pesada a veces? -le sugirió su invitada.</p>
<p>-La enfermera dice que es más fácil que me muera de una indigestión que de la pierna -comentó la señora Ashcroft. que tenía desde hace mucho tiempo una úlcera en el tobillo para la que necesitaba la asistencia constante de la enfermera del pueblo, que presumía (o dejaba que lo hicieran otros por ella) que desde su toma de posesión le había hecho ya ciento tres curas.</p>
<p>-¡Y con lo dispuesta que has sido siempre! Te ha venido todo demasiado pronto. Mira que te he visto empeorar -dijo la señora Fettley en tono verdaderamente afectuoso.</p>
<p>-A todos nos tiene que dar algo alguna vez. Entodavía me queda el corazón -fue la respuesta de la señora Ashcroft.</p>
<p>-Siempre has tenido un corazón que vale por tres. Da gusto recordarlo cuando va una apagándose.</p>
<p>-Bueno, tú también tienes cosas que recordar -contestó la señora Ashcroft.</p>
<p>-Y tanto. Pero no pienso demasiado en esas cosas salvo cuando estoy contigo, Gra. Para recordar no hay como las amistades.</p>
<p>La señora Fettley, con la boca medio abierta. se quedó mirando el calendario de colores de la tienda de comestibles. La casita volvía a retemblar al paso de los automóviles, y el campo de fútbol repleto, al otro lado del jardín, hacía casi tanto ruido como los coches, porque la gente del pueblo estaba entregada a sus diversiones del sábado.</p>
<p>La señora Fettley llevaba un rato hablando con gran precisión y sin interrumpirse, hasta que se secó los ojos.</p>
<p>-Y entonces -concluyó- me leyeron su esquela en los papeles el mes pasado. Claro que ya no era asunto mío&#8230; porque hacía tanto tiempo que no le había puesto la vista encima. Claro que no podía decir ni hacer nada. Y tampoco tengo derecho a ir a Eastbourne a ver su tumba. Llevo tiempo pensando en ir un día en el altobús, pero en casa me iban a freír a preguntas. De manera que ya no me queda ni eso para consolarme.</p>
<p>-¿Pero has tenido tus satisfacciones?</p>
<p>-¡Y tanto que sí! Los cuatro años que trabajó en el tren cerca de casa. Y los otros maquinistas le hicieron un funeral muy güeno.</p>
<p>-Entonces no puedes quejarte. ¿Otra taza de té?</p>
<p>Al ir bajando el sol, la luz y el aire habían ido cambiando, y las dos ancianas cerraron la puerta de la cocina para que no entrase el fresco. Se veía a un par de arrendajos que piaban y revoloteaban en los dos manzanos del jardín. Ahora le tocaba hablar a la señora Ashcroft, que tenía los codos puestos en la mesita del té y la pierna enferma apoyada en un taburete&#8230;</p>
<p>-¡Nunca lo hubiera creído! ¿Y qué dijo tu marido de todo eso? -preguntó la señora Fettley cuando cesó el relato hecho en voz grave.</p>
<p>-Dijo que por él podía irme donde me diera la gana. Pero como estaba en cama dije que lo cuidaría. Ya sabía él que no iba a aprovecharme mientras estuviera así de malo. Duró ocho o nueve semanas. Entonces le dio corno un ataque y se quedó varios días quieto como una piedra. Entonces un día se levanta en la cama y va y dice: «Reza para que ningún hombre te trate como me has tratado tú a mí.» Y yo digo: «¿Y tú?» Porque ya sabes tú, Liz, cómo era él con las mujeres. «Los dos», dice él, «pero yo me estoy muriendo y veo lo que te va a pasar». Se murió un domingo y lo enterramos el jueves&#8230; Y mira que lo había querido yo&#8230; antes o&#8230; no sé.</p>
<p>-No me lo habías dicho nunca -aventuró la señora Fettley.</p>
<p>-Te lo digo por lo que acabas de decirme tú. Cuando se murió escribí para decir que ya estaba libre a aquella señora Marshall de Londres&#8230; con la que empecé de pincha de cocina hace&#8230; ¡tantos anos, Dios mío! Se alegró mucho, porque ellos se estaban haciendo viejos y yo ya sabía sus mañas. ¿Te acuerdas, Liz, que de vez en cuando me ponía a servir hace años&#8230; cuando necesitábamos dinero o mi marido&#8230; no estaba en casa?</p>
<p>-Es verdad que pasó seis meses en la cárcel de Chichester, ¿no? -murmuró la señora Fettley-. Nunca supimos bien lo que había pasado.</p>
<p>-Podía haber sido más, pero el otro no murió.</p>
<p>-No tuvo que ver contigo, ¿verdad, Gra?</p>
<p>-¡No! Aquella vez fue por la mujer del otro. Y entonces, cuando se murió mi hombre, volví a ponerme a servir con los Marshall, de cocinera, a comer como los señores y a que todos me llamaran señora Ashcroft. Fue el año que te marchaste tú a Portsmouth.</p>
<p>-A Cosham -corrigió la señora Fettley-. Entonces estaban construyendo bastante allí. Primero se fue mi marido y alquiló un cuarto, y después me fui yo.</p>
<p>-Bueno, pues me pasé un año o así en Londres y fue como un suspiro, con cuatro comidas al día y una vida de lo más tranquila. Entonces, hacia el otoño, se fueron los dos de viaje, a Francia o algo así, y me dijeron que volviera yo después, porque no podían pasarse sin mí. Puse la casa en orden para la guardesa y después me vine aquí con mi hermana Bessie, con todos los meses pagados y todo el mundo contento de volver a verme.</p>
<p>-Eso debió ser cuando yo estaba en Cosham -dijo la señora Fettley.</p>
<p>-Te acordarás, Liz, que en aquellos tiempos la gente no andaba con aquellos orgullos tontos, igual que no había cines ni campeonatos de tresillos. Fueses hombre o mujer, tomabas cualquier trabajo que te dieran un chelín. ¿No es verdad? Yo estaba agotada después de Londres, y creí que el aire del campo me sentaría. Así que me quedé en Smalldene y echaba una mano cuando había que sacar las patatas tempranas o matar gallinas&#8230; Todo eso. ¡Anda. que no se hubieran reído de mí en Londres si me hubieran visto con botas de hombre y las enaguas remangadas!</p>
<p>-¿Y te pintó bien? -preguntó la señora Fettley.</p>
<p>-La verdad es que no fui allí por eso. Tú sabes tan bien corno yo que las cosas nunca pasan hasta que han pasado. El corazón no te advierte de nada cuando te va a pasar algo hasta que ya te ha pasado. No nos enteramos de las cosas hasta que ya han pasado.</p>
<p>-¿Quién fue?</p>
<p>-&#8217;Arrv Mockler -dijo la señora Ashcroft, al mismo tiempo que hacía una mueca. Le dolía la pierna enferma.</p>
<p>-¿&#8217;Arry? ¡El hijo de Bert Mockler! ;Y yo nunca me lo malicié!</p>
<p>La señora Ashcroft asintió:</p>
<p>-Y yo me decía, y me lo creía, que lo que pasaba era que me gustaba trabajar en el campo.</p>
<p>-¿Y cómo fue?</p>
<p>-Lo de siempre. Al principio, estupendo&#8230; y después peor que nada. Debí haberme dado cuenta, porque tuve advertencias de sobra, pero no les hice caso. Porque una vez estábamos quemando basura, justo cuando estábamos empezando a conocernos bien. Era un poco demasiado pronto para quemarla, y se lo dije. «¡No!», va y dice él, «cuanto antes acabemos con esta porquería, mejor», dice. Tenía un gesto muy duro cuando me dijo eso. Entonces me di cuenta. de que me había encontrado con un hombre de verdad, que nunca me había pasado antes. Siempre había mandado yo.</p>
<p>¡Sí, es verdad! O mandas tú o mandan ellos -suspiró la otra-. A mí me gustan las cosas como deben ser.</p>
<p>-A mí no, pero a &#8216;Arry sí&#8230; Por entonces tenía yo que volverme a Londres. Me resultó imposible. ¡Lo juro! Conque fui y un lunes por la mañana me eché un chorro de agua hirviendo en el brazo izquierdo y en la mano. Así me podía quedar allí otros quince días.</p>
<p>-¿Y valió la pena? -preguntó la señora Fettley, contemplando la cicatriz blanquecina en el antebrazo arrugado de la señora Ashcroft.</p>
<p>Ésta asintió:</p>
<p>-Y después nos las arreglarnos entre los dos para que él pudiera venir a Londres a buscar trabajo en unas cocheras cerca de donde estaba yo. Y se lo dieron. Ya me encargué yo. Su madre nunca se malició nada. Él se vino a Londres y ahí vivimos los dos, a menos de un kilómetro de distancia.</p>
<p>-Pero le pagarías el viaje tú&#8230; -dijo la señora Fettley, convencida de ello.</p>
<p>La señora Ashcroft volvió a asentir:</p>
<p>-Para él todo me parecía poco. Era mi hombre. ¡Ay, Dios mío! ¡Lo que nos reíamos cuando salíamos de paseo por aquellas calles adoquinadas al atardecer, aunque a mí me dolían los callos con aquellas botitas! Nunca lo había pasado así de bien. ¡Nunca en mi vida! ¡Y él tampoco!</p>
<p>La señora Fettley echó una risita de solidaridad.</p>
<p>-¿Y cómo fue que acabaron? -preguntó.</p>
<p>-Cuando me lo devolvió todo, hasta el último penique. Entonces lo comprendí, pero no quería comprenderlo. «Has sido muy amable conmigo», va y me dice. Y yo le digo: «¡Amable! ¿Me dices eso a mí?» Pero él va y me sigue diciendo lo buena que he sido con él y que nunca en la vida lo va a olvidar. Estuve sin creérmelo dos o tres días, porque no quería creérmelo. Entonces va y me dice que no estaba contento con su trabajo en la cochera, y que los otros están abusando de él, y todas esas mentiras que cuentan los hombres cuando van a dejarla a una. Lo dejé que hablara todo lo que quisiera, sin ayudarlo ni discutirle. Cuando acabó de hablar me quité un broche que me había regalado y le digo: «Vale. No te pido nada.» Y me di la güelta y me marché a sufrir a solas. Y él no insistió. Desde entonces no vino a verme ni me escribió. Se golvió otra vez a casa con su madre.</p>
<p>-¿Y estuviste mucho tiempo esperando a que volviera? -preguntó implacable la señora Fettley.</p>
<p>-¡Y tanto!&#8230; ¡Y tanto! Cuando pasaba por las calles por las que habíamos ido juntos, me creía que hasta las piedras decían su nombre.</p>
<p>-Sí -dijo la señora Fettley-. Yo creo que eso hace más daño que nada en el mundo. ¿Y no pasó nada más?</p>
<p>-No, nada. Eso es lo más raro de todo, aunque te parezca mentira, Liz.</p>
<p>-Te creo. Te apuesto que a estas alturas no vas a decir una mentira.</p>
<p>-Y tanto&#8230; Y sufrí como no se lo deseo a mi peor enemigo. ¡Dios mío! ¡Aquella primavera fue un infierno! Primero fueron los dolores de cabeza, que nunca había tenido en toda la vida. ¡Imagínate, yo con dolores de cabeza! Pero al final los prefería. Así no podía pensar&#8230;</p>
<p>-Es como el dolor de muelas -comentó la señora Fettley-. Tiene que doler y doler hasta que ya no se puede soportar mas&#8230; y entonces ya no queda nada.</p>
<p>-A mí me quedó bastante para toda la vida. Todo pasó por la muchacha de la señora de la limpieza. Se llamaba Sophy Ellis. Era todo ojos y codos y siempre tenía hambre. Yo le daba de comer. A veces no le hacía ni caso, y desde luego ni la miraba cuando pasó lo mío con &#8216;Arry. Pero ya sabes lo que pasa a veces con las rapazas. Me cogió un cariño loco, y todo el tiempo me hacía arrumacos, y yo no tenía coraje para echarla&#8230; Una tarde, me acuerdo que era al principio de la primavera, su madre la había mandado a ver si podía sacarnos algo de comer. Yo estaba sentada al hado de la chimenea, con el mandil puesto por la cabeza, medio loca del dolor de cabeza, cuando va y entra la Sophy. Creo que le dije que me dejara en paz. «¡Anda!» va y dice «¿No es más que eso? ¡Eso se lo quito yo en medio minuto!» Le dije que no me pusiera un dedo encima, porque creí que me iba a acariciar la frente&#8230; que a mí no me gustan esas cosas. «No la voy a tocar», va y dice, y vuelve a salir. No hacía ni diez minutos que ya se había ido cuando de pronto se me pasa el dolor de cabeza. Conque me puse a la faena. Pasa un rato y vuelve la Sophy y se sienta en mi silla, más callada que un muerto. Tenía unas ojeras asina de grandes y la cara toda consumida. Le pregunté qué le pasaba. Y va y dice: «Nada. Ahora lo tengo yo.» «Que tienes qué», digo yo. «Su dolor de cabeza», dice ella, toda ronca y apretando los labios. «Se lo he quitado.» Y yo le digo: «Bobadas; se me ha ido solo mientras tú andabas por ahí. Quédate ahí mientras te hago una taza de té.» «Eso no vale», dice ella. «Tiene que durarme lo mismo que a usted. ¿Cuánto tiempo le duran a usted los dolores de cabeza?» «No digas bobadas», le digo yo, «o mando a buscar al médico», porque parecía que tenía un ataque de anginas. «Ay, señora Ashcroft », dice ella, estirando los bracitos, «la quiero tanto». Entonces no pude decir nada. Me la senté en el halda y le hice cariños. «¿Se le ha pasado de verdad?», me dice. «Sí, le digo. «y si eres tú la que me lo has quitado, te lo agradezco de verdad». «Claro que he sido yo», dice y me pone la cabeza en la mejilla. «Yo soy la única que sabe de esas cosas.» Y entomices va y me dice que ha cambiado mi dolor de cabeza por el suyo en una Casa de los Deseos.</p>
<p>-¿Qué? -dijo la señora Fettley, muy extrañada.</p>
<p>-Una Casa de los Deseos. ¡No! Yo tampoco había oído hablar de nada por el estilo. Al principio no entendí nada, pero cuando me lo fue explicando vi que una Casa de los Deseos tenía que ser una casa deshabitá, sin naide desde hacía mucho tiempo, para que viniera alguien a habitarla. Dijo que se lo había dicho una rapaza con la que jugaba en los establos donde trabajaba &#8216;Arry. Dijo que la chica andaba con unos que venían en una caravana a pasarse los inviernos en Londres. Gitanos, digo yo.</p>
<p>-¡Aaah! Los gitanos saben muchas cosas, pero yo nunca había oído hablar de una Casa de los Deseos, y eso que he oído decir&#8230; tantas cosas -dijo la señora Fettley.</p>
<p>-Sophy dijo que había una Casa de los Deseos en Wadloes Road, unas manzanas más allá, camino de la tienda de comestibles donde comprábamos nosotros. No había más que llamar a la puerta y echar el deseo por la raja del buzón. Le pregunté si eran las hadas. Y va y me dice: «¿Pero no sabe usted que en las Casas de los Deseos no hay hadas? No hay más que un trasgo.»</p>
<p>-¡Díos mío de mi vida! ¿Dónde aprendió esa palabra? -exclamó la señora Fettley, porque en Sussex los trasgos son espíritus de los muertos o, lo que es todavía peor, de los vivos.</p>
<p>-Me dijo que se lo había dicho la chica de la caravana. Y, la verdad, Liz, aquello me dio miedo, y como la tenía en brazos, debe haberlo sentido, y la apreté fuerte y le digo:</p>
<p>«Eres muy amable de haberme quitado el dolor de cabeza, pero ¿por qué no te deseaste algo muy bonito para ti?» Y va y me dice: «No dejan. En la Casa de los Deseos lo único que te dejan es desear que si a alguien le pasa algo malo se te pase a ti. Cuando madre me trata bien, le quito los dolores de cabeza, pero es la primera vez que puedo hacer algo por usted. La quiero tanto, señora Ashcroft.» Y va y sigue diciendo cosas por el estilo. Te aseguro, Liz, que de oírla hablar se me pusieron los pelos de punta. Le pregunté lo que era un trasgo y va y me dice: «No sé, pero cuando tocas el timbre oyes que viene corriendo del sótano y sube la escalera hasta la puerta. Entonces dices lo que deseas y te largas». Y yo digo: «¿El trasgo no te abre la puerta?» «¡Ni hablar!», dice ella. «No oyes más que unas risitas detrás de la puerta. Entonces dices lo que le quieres quitar a alguien al que quieres mucho y te lo pasa a ti», dice. No le pregunté nada más; la rapaza estaba demasiado cansada y tenía mucha calentura. La estuve haciendo arrumacos hasta que llegó la hora de encender el gas, y poco después se le pasó el dolor de cabeza, que debía de ser el mío, y se puso a jugar con el gato.</p>
<p>-¡Qué cosas! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿le volviste a preguntar algo?</p>
<p>-Ella quería seguir hablando de aquello, pero yo no estaba dispuesta a hablar de esas cosas con una niña.</p>
<p>-Y entonces, ¿qué hicistes?</p>
<p>-Cuando me venían los dolores de cabeza me quedaba sentada en mi habitación, detrás de la cocina. Pero no me se olvidó.</p>
<p>-Claro. Y, ¿te volvió a hablar de eso?</p>
<p>-No. Además, no sabía nada más que lo que le había contado la gitanilla, sólo que aquel encantamiento valía. Y después -aquello fue en mayo- me pasé el verano en Londres. Fueron semanas y semana’s de mucho calor y con viento, y con las calles que apestaban a boñigas secas de caballo que el viento se llevaba de un lado para otro y se amontonaban en las aceras. Ahora ya no pasa eso. Tenía vacaciones justo antes de la recogida del lúpulo, y vine aquí a pasarlas con Bessie otra vez. Se dio cuenta que había adelgazado y que tenía ojeras.</p>
<p>-Y, ¿viste a &#8216;Arry?</p>
<p>La señora Ashcroft asintió:</p>
<p>-Al cuarto&#8230; no, al quinto día. Un miércoles, fue. Yo sabía que había vuelto a trabajar a Smalldene. Le pregunté a su madre en la calle, con todo descaro. No pudo decirme mucho, porque estaba la Bessie y ya sabes lo que habla, y aquel día no paraba. Pero aquel miércoles había yo sacado a uno de los chicos de la Bessie que se me colgaba de las sayas, y cuando íbamos por la trasera de Chanter’s Tot sentí que venía él por el sendero detrás de mí y por la manera de andar sentí que había cambiado en algo. Empecé a andar más despacio y sentí que él también. Entonces me paré un rato con el crío, para hacer que se me adelantara él. Y entonces tuvo que pasarme. Y va y no me dice más que: «Buenas», y sigue su camino, tratando de hacer corno si no le pasara nada.</p>
<p>-¿Estaba bebido? -preguntó la señora Fettley.</p>
<p>-¡Ni hablar! Estaba como encogido y pálido, y le colgaba la ropa como si fuera un espantapájaros, y tenía la nuca blanca como el papel. Tuve que agarrarme para no abrir los brazos y llamarle. Pero tuve que tragar saliva hasta volver a casa y dejar a todos los críos en la cama. Y entonces, después de la cena voy y le digo a la Bessie: «¿Qué demonios le ha pasado a &#8216;Arry Mockler?» Y la Bessie va y me dice que se ha pasado dos meses en el hospital porque se ha cortado el pie con una pala cuando estaba vaciando el estanque de Smalldene. El barro estaba infestado y se le subió la infección por toda la pierna y luego por todo el cuerpo. No llevaba más que quince días de vuelta a su trabajo de carretero en Smalldene. La Bessie me dijo que el doctor había dicho que probablemente no aguantaría las primeras heladas de noviembre, y que su madre le había dicho que no comía ni dormía bien y que dejaba la cama empapada, aunque durmiera sin mantas. Y que escupía que daba miedo por las mañanas. «Hay que ver», digo yo, «qué pena. Pero a lo mejor con la recogida del lúpulo se pone güeno», y me traigo la costura y voy y enhebro la aguja a la luz de la lámpara, sin hacer ni un gesto. Aquella noche (me había puesto a dormir en el cuarto de la colada) me la pasé llorando. Y ya sabes tú, que me has acompañado en los partos, que para que llore yo tengo que estar muy a las malas.</p>
<p>-Sí, pero un parto no es más que dolor -dijo la señora Fettley.</p>
<p>-Me desperté con el canto del gallo y me puse té frío en los ojos para que no me se notara. Y aquella tarde, cuando salía a poner unas flores en la tumba de mi hombre, para que no comentaran, me encontré con &#8216;Arry donde está ahora el Monumento a los Caídos. Volvía de donde sus caballos, así que no podía verme. Le miro de arriba abajo y le digo: «&#8217;Arry, vente a descansar a Londres.» «No pienso», dice, «porque yo no puedo darte nada». Y yo le digo: «No te pido nada. ¡Por Dios que no te pido nada! Sólo que vengas a ver a un médico en Londres.» Y levanta los ojos cargados para mirarme y me dice: «No hay nada que hacer, Gra. No me quedan más que unos meses.» «¡Pero si tú eres mi hombre!», le digo. Y no pude decir nada más. Se me atragantaban las palabras. «Muchas gracias, Gra», dice (pero nunca me dijo que yo era su mujer), y sigue su camino y su madre, maldita sea, le estaba esperando, y cuando entró él en casa candó la puerta.</p>
<p>La señora Fettley alargó un brazo por encima de la mesa, como para tocar en la muñeca a la señora Ashcroft, pero ésta retiró el brazo.</p>
<p>-Así que seguí hasta el cementerio con mis flores y me acordé de lo que me había dicho mi marido aquella noche. Era verdad que se estaba muriendo y había pasado lo que había dicho él. Pero cuando estaba poniendo las plantas en su tumba me di cuenta que sí había algo que podía hacer yo por &#8216;Arry. Diga lo que diga el doctor, pensé que podía intentarlo. Y fui y lo intenté. Aquella mañana llegó una cuenta de nuestra tienda de. Londres. La señora Marshall me había dejado dinero para esas cosas, claro, pero yo le dije a la Bessie que era que tenía que ir a abrir la casa. Y me fui en el tren de la tarde.</p>
<p>-¡Ah! Pero, ¿no te daba&#8230; no te daba miedo?</p>
<p>-¿Por qué? No me quedaba ya nada más que mi vergüenza y la crueldad de Dios. Ya me había quedado sin &#8216;Arry para siempre. ¿no? Sabía que iba a seguir ardiendo hasta quedarme consumida.</p>
<p>-¡Pobrecita! -dijo la señora Fettley, volviendo a alargar el brazo, y esta vez la señora Ashcroft permitió que le tocara la muñeca.</p>
<p>-Pero me alegraba saber que por lo menos podría tratar de hacer algo por él. Y entonces fui y pagué la cuenta de la tienda y me metí el recibo en el bolso y fui a la casa de la señora Ellis, que era la que venía a hacer la limpieza, y le pedí las llaves y fui a abrir la casa. Primero me hice la cama (¡Dios mío! ¡Dormir en mi propia cama!). Después me hice una taza de té y me quedé sentada en la cocina, pensando todo el rato hasta el atardecer. Casi era de noche cuando me vestí y salí con el recibo y el bolso, haciendo como que estaba buscando unas señas. La casa era el número 14 de Waldoes Road, y era una de esas casitas con la cocina en el sótano, de esas casitas todas pegadas unas a otras con un jardincito delante y una valla, y había veinte o treinta iguales. Tenía la pintura de la puerta agrietada y hacía años que no la habían pintado. En la calle no había casi gente; sólo gatos. ¡Y qué calor! Voy a la puerta de lo más natural, subo las escaleras y voy y toco al timbre. Sonó muy fuerte, como pasa siempre en las casas vacías&#8230; Cuando dejó de sonar oí como si retirasen una silla en la cocina. Después oí unas pisadas en la escalera de la cocina, como si fuera una mujer bien fuerte en zapatillas. Iban subiendo por la escalera hasta llegar al vestíbulo&#8230; oí cómo chirriaban los escalones&#8230; y se pararon delante de la puerta. Me inclino hacia la raja del buzón y digo: «Que me caiga a mí encima todo lo que le está pasando a mi hombre, &#8216;Arry Mockler, porque le quiero.» Y entonces, lo que fuese que estaba al otro lado de la puerta dejó escapar el aliento, como si hubiera estado un rato sin respirar para oír mejor.</p>
<p>-Y, ¿no te dijo nada? -preguntó la señora Fettley.</p>
<p>-Nada. No hizo más soltar el aliento, como si dijera: A-ah. Después golvieron a sonar las pisadas que golvían a bajar a la cocina, corno si arrastrase los pies&#8230; y sentí que golvían a arrastrar la silla.</p>
<p>-¿Y todo ese tiempo tú estabas en la puerta, Gra?</p>
<p>La señora Ashcroft asintió.</p>
<p>-Entonces me fui y me crucé con un hombre que va y me dice: «¿No sabía usted que esa casa estaba vacía?» «No», le digo yo. «Deben de haberme dado mal el número.» Y me golví a nuestra casa y me acosté, porque ya no podía más. Hacía tanto calor que casi no se podía dormir, y me estuve dando paseos por la habitación, y durmiendo a ratos, hasta el amanecer. Entonces me fui a la cocina a hacerme el té y me di un golpe justo encima del tobillo con una de las tenazas de la cocina que la señora Ellis había sacado de su sitio la última vez que había ido a limpiar. Y después de eso me puse a esperar hasta que los Marshall golvieran de vacaciones.</p>
<p>-¿Tú sola? ¿Y no te daban ya miedo las casas vacías? -preguntó horrorizada la señora Fettley.</p>
<p>-Güeno, la señora Ellis y Sophy empezaron a venir en cuanto que se enteraron que había vuelto yo, y entre las tres golvimos a limpiar la casa de arriba abajo. En todas las casas siempre queda algo que hacer. Y así me pasé todo el otoño y el invierno, allá en Londres.</p>
<p>-¿Y no pasó nada con lo que habías hecho?</p>
<p>La señora Ashcroft sonrió:</p>
<p>-No. Entonces no. En noviembre le mandé diez chelines a la Bessie.</p>
<p>-Siempre has sido muy generosa -interrumpió la señora Fettley.</p>
<p>-Y recibí lo que esperaba, con todas las demás noticias. Me decía que con la recogida del lúpulo él se había puesto estupendo. Había estado en la recogida seis semanas y ahora estaba otra vez en Smalldene, con los caballos. A mí no me importaba cómo había sido eso, con tal que estuviera bien. Pero no creas que mis diez chelines sirvieron para tranquilizarme mucho. Si &#8216;Arry se hubiera muerto, entonces sería mío hasta el Día del Juicio. Pero &#8216;Arry vivo, seguro que iba a liarse con alguna en cuanto pudiera. Aquello me tenía cabreada. Y cuando llegó la primavera me empezó a fastidiar otra cosa. Me había salido una especie de divieso con mucha pus en la pierna, justo encima de la bota y no se me cerraba nunca. Me daba asco mirarlo. porque yo he sido siempre de piel muy fuerte. Ya me pueden dar un hachazo, que en seguida se cierra la herida, como quien cava la tierra. Entonces la señora Marshall hizo que me viniera a ver su propio doctor. El doctor me dijo que tendría que haberle consultado mucho antes, en lugar de llevar meses vendándomelo con una media de color. Me dijo que en el trabajo me pasaba demasiado tiempo de pie, porque el divieso estaba al lado de una vena hinchada, por detrás del tobillo. Y va y me dice: «Va a tardar en quitársele tanto como tardó en ponérsele así. Ponga la pierna en alto y descánsela», dice, «y pronto se le pasará. Más vale que no cierre en seguida. Tiene usted la pierna muy fuerte, señora Ashcroft». Y va y me pone unas hilas húmedas.</p>
<p>-Hizo bien -dijo convencida la señora Fettley-. A las heridas que supuran se les ponen hilas húmedas. Se tragan la pus, igual que la mecha de la lámpara se traga el aceite.</p>
<p>-Es verdad. Y ha señora Marshall se pasaba el rato haciéndome pasar más tiempo sentada y casi se me cerró. Y después me hicieron venir con la Bessie para acabar de curarme, porque no soy de las que les gusta estar sentada cuando hay algo que hacer. Entonces era cuando golviste tú al pueblo, Liz.</p>
<p>-Sí. pero la verdad es que no me sospechaba nada.</p>
<p>-Yo no quería que sospecharas nada -sonrió la señora Ashcroft-. Vi a &#8216;Arry dos o tres veces por la calle y estaba estupendo; había engordado y estaba curado del todo. Entonces, un día ya no le vi y su madre me dijo que uno de los caballos le había dado una coz en la cadera. Estaba en cama, con muchos dolores. Y la Bessie va y le dice a su madre que era una pena que &#8216;Arry no estuviera casado para que su mujer se encargara de cuidarle. ¡Cómo se puso la vieja! Nos dijo que &#8216;Arry no había mirado a una mujer en toda su vida, y que mientras ella viviera le cuidaría sin parar. Y por eso me di cuenta de que le vigilaría como un perro, y encima sin pedir ni un hueso.</p>
<p>La señora Fettley reía en silencio.</p>
<p>-Aquel día -continuó la señora Ashcroft- estuve todo el tiempo sin dormir, y vi cómo iba y venía el doctor porque creían que también le había dado en las costillas. Eso hizo que me se volviera a reventar el grano y me saliera toda la pus. Pero resultó que &#8216;Arry no tenía nada en has costillas, y pasó bien la noche. Cuando me enteré, a la mañana siguiente, me digo: «Todavía no voy a pensar nada. No voy a descansar la pierna en toda la semana, a ver qué pasa.» Aquel día no me dolió, era más bien como si me fuera quedando sin fuerzas, y &#8216;Arry volvió a pasar bien la noche. Entonces seguí igual, pero no me atreví a pensar nada hasta el fin de semana, que &#8216;Arry volvió a levantarse, casi corno si nada, sin heridas por dentro ni por fuera. Casi me puse de rodillas en el lavadero cuando salió la Bessie a la calle, y digo: «Ahí te tengo, muchacho. Todo lo güeno que te pase hasta que yo me muera te vendrá de mí, aunque tú no lo sepas. ¡Dios mío, haz que viva mucho tiempo, por el bien de &#8216;Arry!», digo. Y creo que aquello me alivió los dolores.</p>
<p>-¿Para siempre? -preguntó ha señora Fettley.</p>
<p>-Han vuelto muchas veces, pero por fuertes que fueran, yo sabía que era por él. Lo sabía. Fui y me puse a controlar los dolores, igual que se controla una cocina, hasta que aprendí a tenerlos cuando quería yo. Y aquello también era muy raro, Liz. Había .veces que el grano se encogía y se secaba. Al principio yo hacía todo lo posible para que me golviera, porque me daba miedo dejar a &#8216;Arry demasiado tiempo solo por si le pasaba algo. Y después comprendí que aquello era porque estaba bien y así fue cómo me salvé.</p>
<p>-¿Cuánto tiempo? -preguntó la señora Fettley, interesadísima.</p>
<p>-A veces me he pasado casi un año sin que se viera más que la punta del granito. Estaba seco y chiquitísimo. Luego se volvía a inflamar, como un aviso, y me dolía. Cuando ya no podía más, porque tenía que seguir haciendo mi trabajo de Londres, ponía la pierna en una silla hasta que se aliviaba. Pero tardaba su tiempo. Entonces sabía, por aquella sensación, que a &#8216;Arry le pasaba algo. Y le mandaba cinco chelines a la Bessie, o les mandaba algo a los niños, para enterarme de si a lo mejor es que le pasaba algo porque yo me había descuidado. ¡Y eso era! Año tras año conseguí cuidar de él, Liz, y todo lo güeno que le pasó fue gracias a mí&#8230; años y años.</p>
<p>-Pero, ¿de qué te valió todo eso a ti, Gra? -casi sollozó la señora Fettley-. ¿Le veías mucho?</p>
<p>-A veces, cuando me venía a pasar aquí las fiestas. Y cuando me vine aquí para siempre, más. Pero nunca me ha hecho caso, ni a mí ni a ninguna otra mujer, más que a su madre. ¡Cómo le vigilaba yo! Y ella también.</p>
<p>-¡Tantos años! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿dónde trabaja ahora?</p>
<p>-Hace mucho que dejó lo de los caballos. Ahora trabaja en una de esas casas grandes de tractores, de esas que también hacen arados y algunos camiones. Me han dicho que hay veces que los lleva hasta Gales. Para las fiestas viene a ver a su madre, pero ahora hay veces que me paso semanas sin verle. ¡Me da igual! Con su trabajo, nunca se puede quedar mucho tiempo en el mismo sitio.</p>
<p>-Pero, es un decir, suponte que &#8216;Arry fuera y se casara -dijo la señora Fettley. La señora Ashcroft dio un respingo entre los dientes, iguales y sin puentes.</p>
<p>-Nunca se me ha ocurrido eso -respondió-. Supongo que se me tendrían en cuenta todos mis dolores. ¿No, Liz?</p>
<p>-Es lo que debería pasar, hija. Es lo que debería pasar.</p>
<p>-La verdad es que a veces duele mucho. Ya verás cuando venga la enfermera. Se cree que no me he enterado de lo que es.</p>
<p>La señora Fettley comprendió. La naturaleza humana raras veces se permite pronunciar la palabra «cáncer».</p>
<p>-¿Estás totalmente segura, Gra? -pregunto.</p>
<p>-Ya estaba segura cuando el señor Marshall me mandó a subir a su estudio y me estuvo hablando un rato largo de que había sido una sirvienta muy fiel y les había servido mucho tiempo, pero no el suficiente para que me dieran una pensión. Pero me pasarían una cantidad semanal. Ya sabía yo lo que significaba eso&#8230; y ya hace tres anos.</p>
<p>-Eso no demuestra nada, Gra.</p>
<p>-¿Pasarle 15 chelines a la semana a una mujer que lógicamente tenía veinte años de vida por delante? ¡Claro que sí!</p>
<p>-¡Te equivocas, te equivocas! -insistió la señora Fettley.</p>
<p>-Liz, no me puedo equivocar cuando los bordes están todos dados la vuelta, como&#8230; como un cuello de camisa arrugado. Ya lo verás. Y además, yo amortajé a Dora Wickwood. A ella le había dado debajo del sobaco.</p>
<p>La señora Fettley se quedó pensativa un rato e inclinó la cabeza como rindiéndose.</p>
<p>-¿Cuánto tiempo crees que te queda a partir de ahora, hija?</p>
<p>-Igual que tardó en venir, tardará en irse. Pero si no te veo antes de la próxima recogida del lúpulo, ésta será nuestra despedida, Liz.</p>
<p>-No sé si podré venir antes, si no tengo un perrito que me guíe. Los niños no quieren molestarse. ¡Ay, Gra! Me estoy quedando ciega&#8230; ¡Me estoy quedando ciega!</p>
<p>-¡Ah!, ¿por eso no has hecho más que tocar y retocar la colcha todo este rato? Ya me decía yo&#8230; Pero sí que va a contar el dolor, ¿no crees, Liz? Sí que contará el dolor para que &#8216;Arry siga&#8230; donde quiero yo. Dime que no ha sido todo para nada.</p>
<p>-Estoy segura&#8230; segura, hija. Tendrás tu recompensa.</p>
<p>-Eso es lo único que quiero&#8230; Si es que me tienen en cuenta el dolor.</p>
<p>-Seguro, seguro, Gra.</p>
<p>Llamaron a la puerta.</p>
<p>-Es la enfermera. Se ha adelantado -dijo la señora Ashcroft-. Ábrela.</p>
<p>Entró la joven a paso animado, con un bolso lleno de frasquitos tintineantes.</p>
<p>-Buenas tardes, señora Ashcroft saludó-. He venido un poquito más temprano que de costumbre por lo del baile de esta noche en la Institución. ¿Verdad que no le importa?</p>
<p>-No, no. A mí ya se me pasó la edad de bailar -dijo la señora Ashcroft, recuperando su tono de sirvienta discreta-. Aquí mi vieja amiga, la señora Fettley, me ha estado haciendo compañía.</p>
<p>-Espero que no la haya fatigado a usted -dijo la enfermera en tono un tanto frío.</p>
<p>-Todo lo contrario. Ha sido un placer. Sólo que&#8230; sólo que al final me he sentido un poco cansada.</p>
<p>-Claro, claro -la enfermera ya se había puesto de rodillas y tenía unas gasas en la mano-. Cuando se reúnen las señoras mayores, hablan demasiado. Ya me he dado yo cuenta.</p>
<p>-A lo mejor tiene usted razón -dijo la señora Fettley, poniéndose en pie-. Así que me voy.</p>
<p>-Pero antes, míralo -dijo la señora Ashcroft con voz apagada-. Me gustaría que lo vieras.</p>
<p>La señora Fettley lo miró y sintió un escalofrío. Después, se inclinó, dio un beso suave a la señora Ashcroft en la frente macilenta y otro en los ojos grises desvaídos.</p>
<p>-Sí que cuenta, ¿verdad? ¿El dolor? -aquellas palabras apenas si traspasaron los labios, que todavía mostraban huellas de su antigua línea.</p>
<p>La señora Fettley se los besó y se fue hacia ha puerta.</p>
<p>FIN</p>
<p>Rudyard Kipling/FL</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F12%2Fla-casa-de-los-deseos-rudyard-kipling%2F&amp;linkname=La%20Casa%20de%20los%20Deseos%20%28Rudyard%20Kipling%29">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/12/la-casa-de-los-deseos-rudyard-kipling/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Espantos de agosto (Gabriel García Márquez)</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/10/espantos-de-agosto-gabriel-garcia-marquez/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/10/espantos-de-agosto-gabriel-garcia-marquez/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 20 Oct 2009 18:36:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=1776</guid>
		<description><![CDATA[Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1777" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/10/MEDITACIONoleo-lienzo125X80cm.jpg"><img class="size-medium wp-image-1777" title="''MEDITACION''oleo lienzo125X80cm" src="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/10/MEDITACIONoleo-lienzo125X80cm-300x191.jpg" alt="Pintora Cubana Sheyla Castellanos Romero ''MEDITACION''http://pintoracubana.blogspot.com/" width="300" height="191" /></a><p class="wp-caption-text">Pintora Cubana Sheyla Castellanos Romero &#39;&#39;MEDITACION&#39;&#39;http://pintoracubana.blogspot.com/</p></div>
<p>Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana.<span id="more-1776"></span> Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.</p>
<p>-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.</p>
<p>Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.</p>
<p>Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.</p>
<p>-El más grande -sentenció- fue Ludovico.</p>
<p>Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.</p>
<p>El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.</p>
<p>Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.</p>
<p>Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.</p>
<p>Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.</p>
<p>Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. &#8220;Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos&#8221;. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.</p>
<p>Gabriel García Márquez/FL</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F10%2Fespantos-de-agosto-gabriel-garcia-marquez%2F&amp;linkname=Espantos%20de%20agosto%20%28Gabriel%20Garc%C3%ADa%20M%C3%A1rquez%29">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/10/espantos-de-agosto-gabriel-garcia-marquez/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El asesino desinteresado Bill Harrigan (Jorgue Luis Borgues)</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-asesino-desinteresado-bill-harrigan-jorgue-luis-borgues/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-asesino-desinteresado-bill-harrigan-jorgue-luis-borgues/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 17:17:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=897</guid>
		<description><![CDATA[La imagen de las tierras de Arizona, antes que ninguna otra imagen: la imagen de las tierras de Arizona y de Nuevo México, tierras con un ilustre fundamento de oro y de plata, tierras vertiginosas y aéreas, tierras de la meseta monumental y de los delicados colores, tierras con blanco resplandor de esqueleto pelado por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_898" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><img class="size-full wp-image-898" title="Brunno" src="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/10/Brunno1.jpg" alt="Bruno di Martino (tacheles) www.brunodimartino.com" width="300" height="401" /><p class="wp-caption-text">Bruno di Martino (tacheles) www.brunodimartino.com</p></div>
<p>La imagen de las tierras de Arizona, antes que ninguna otra imagen: la imagen de las tierras de Arizona y de Nuevo México, tierras con un ilustre fundamento de oro y de plata, tierras vertiginosas y aéreas, tierras de la meseta monumental y de los delicados colores, tierras con blanco resplandor de esqueleto pelado por los pájaros. En esas tierras, otra imagen, la de Billy the Kid: el jinete clavado sobre el caballo, el joven de los duros pistoletazos que aturden el desierto, el emisor de balas invisibles que matan a distancia, como una magia.<span id="more-897"></span></p>
<p>El desierto veteado de metales, árido y reluciente. El casi niño que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes—&#8221;sin contar mejicanos&#8221;.</p>
<p>EL ESTADO LARVAL</p>
<p>Hacia 1859 el hombre que para el terror y la gloria sería Billy the Kid nació en un conventillo subterráneo de Nueva York. Dicen que lo parió un fatigado vientre irlandés, pero se crió entre negros. En ese caos de catinga y de motas gozó el primado que conceden las pecas y una crencha rojiza. Practicaba el orgullo de ser blanco; también era esmirriado, chúcaro, soez. A los doce años militó en la pandilla de los Swamp Angels (Ángeles de la Ciénaga), divinidades que operaban entre las cloacas. En las noches con olor a niebla quemada emergían de aquel fétido laberinto, seguían el rumbo de algún marinero alemán, lo desmoronaban de un cascotazo, lo despojaban hasta de la ropa interior, y se restituían después a la otra basura. Los comandaba un negro encanecido, Gas Houser Jonas, también famoso como envenenador de caballos.</p>
<p>A veces, de la buhardilla de alguna casa jorobada cerca del agua, una mujer volcaba sobre la cabeza de un transeúnte un balde de ceniza. El hombre se agitaba y se ahogaba. En seguida los Ángeles de la Ciénaga pululaban sobre él, lo arrebataban por la boca de un sótano y lo saqueaban.</p>
<p>Tales fueron los años de aprendizaje de Bill Harrigan, el futuro Billy the Kid. No desdeñaba las ficciones teatrales; le gustaba asistir (acaso sin ningún presentimiento de que eran símbolos y letras de su destino) a los melodramas de cowboys.</p>
<p>GO WEST!</p>
<p>Si los populosos teatros del Bowery (cuyos concurrentes vociferaban «¡Alcen el trapo!&#8221; a la menor impuntualidad del telón) abundaban en esos melodramas de jinete y balazo, la facilísima razón es que América sufría entonces la atracción del Oeste. Detrás de los ponientes estaba el oro de Nevada y de California. Detrás de los ponientes estaba el hacha demoledora de cedros, la enorme cara babilónica del bisonte, el sombrero de copa y el numeroso lecho de Brigham Young, las ceremonias y la ira del hombre rojo, el aire despejado de los desiertos, la desaforada pradera, la tierra fundamental cuya cercanía apresura el latir de los corazones como la cercanía del mar. El Oeste llamaba. Un continuo rumor acompasado pobló esos años: el de millares de hombres americanos ocupando el Oeste. En esa progresión, hacia 1872, estaba el siempre aculebrado Bill Harrigan, huyendo de una celda rectangular.</p>
<p>DEMOLICIÓN DE UN MEJICANO</p>
<p>La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el preciso lugar, el Llano Estacado (New México). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago—el Diego—es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del puño de Villagrán; después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. &#8220;¿De veras?&#8221;, dice. &#8220;Pues yo soy Bill Harrigan, de New York.&#8221; El borracho sigue cantando, insignificante.</p>
<p>Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice &#8220;que no vale la pena anotar mejicanos&#8221;. Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora —ostentosamente.</p>
<p>MUERTES PORQUE SÍ</p>
<p>De esa feliz detonación (a los catorce años de edad) nació Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete; aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la manera de Oregón y de California. Nunca se pareció del todo a su leyenda, pero se fue acercando. Algo del compadrito de Nueva York perduró en el cowboy, puso en los mejicanos el odio que antes le inspiraban los negros, pero las últimas palabras que dijo fueron (malas) palabras en español. Aprendió el arte vagabundo de los troperos. Aprendió el otro, más difícil, de mandar hombres; ambos lo ayudaron a ser un buen ladrón de hacienda. A veces, las guitarras y los burdeles de Méjico lo arrastraban.</p>
<p>Con la lucidez atroz del insomnio, organizaba populosas orgías que duraban cuatro días y cuatro noches. Al fin, asqueado, pagaba la cuenta a balazos. Mientras el dedo del gatillo no le falló, fue el hombre más temido (y quizá más nadie y más solo) de esa frontera. Garrett, su amigo, el sheriff que después lo mató, le dijo una vez: &#8220;Yo he ejercitado mucho la puntería, matando búfalos.&#8221; &#8220;Yo la he ejercitado más, matando hombres&#8221;, replicó suavemente. Los pormenores son irrecuperables, pero sabemos que debió hasta veintiuna muertes— &#8220;sin contar mejicanos&#8221;. Durante siete arriesgadísimos años practicó ese lujo: el coraje.</p>
<p>La noche del veinticinco de julio de 1880, Billy the Kid atravesó al galope de su overo la calle principal, o única, de Fort Sumner. El calor apretaba y no habían encendido las lámparas; el comisario Garrett, sentado en un sillón de hamaca en un orredor, sacó el revólver y le descerrajó un balazo en el vientre. El overo siguió; el jinete se desplomó en la calle de tierra. Garrett le encajó un segundo balazo. El pueblo (sabedor de que el herido era Billy the Kid) trancó bien las ventanas. La agonía fue larga y blasfematoria. Ya con el sol bien alto, se fueron acercando y lo desarmaron; el hombre estaba muerto. Le notaron ese aire de cachivache que tienen los difuntos.</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F09%2Fel-asesino-desinteresado-bill-harrigan-jorgue-luis-borgues%2F&amp;linkname=El%20asesino%20desinteresado%20Bill%20Harrigan%20%28Jorgue%20Luis%20Borgues%29">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-asesino-desinteresado-bill-harrigan-jorgue-luis-borgues/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El gigante egoísta (Oscar Wilde)</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-gigante-egoista-oscar-wilde/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-gigante-egoista-oscar-wilde/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 19 Sep 2009 07:21:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=652</guid>
		<description><![CDATA[ 
Todas las tardes al volver del colegio tenían los niños la costumbre
de ir a jugar al jardín del gigante.
Era un gran jardín solitario, con un suave y verde césped. Brillaban
aquí y allí lindas flores sobre el suelo, y había doce melocotoneros que
en primavera se cubrían con una delicada floración blanquirrosada y que,
en otoño, daban hermosos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<hr /> </p>
<div id="attachment_653" class="wp-caption aligncenter" style="width: 236px"><img class="size-medium wp-image-653" title="rodin gigante" src="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/09/rodin-gigante-226x300.jpg" alt="ALEXANDER RODIN" width="226" height="300" /><p class="wp-caption-text">ALEXANDER RODIN</p></div>
<p>Todas las tardes al volver del colegio tenían los niños la costumbre<br />
de ir a jugar al jardín del gigante.<br />
Era un gran jardín solitario, con un suave y verde césped. Brillaban<br />
aquí y allí lindas flores sobre el suelo, y había doce melocotoneros que<br />
en primavera se cubrían con una delicada floración blanquirrosada y que,<br />
en otoño, daban hermosos frutos. <span id="more-652"></span><br />
Los pájaros, posados sobre las ramas, cantaban tan deliciosamente,<br />
que los niños interrumpían habitualmente sus juegos para escucharlos.<br />
-¡Qué dichosos somos aquí! -se decían unos a otros.<br />
Un día volvió el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de<br />
Cornualles, residiendo siete años en su casa. Al cabo de los siete años<br />
dijo todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y<br />
decidió regresar a su castillo.<br />
Al llegar, vio a los niños que jugaban en su jardín.<br />
-¿Qué hacéis ahí? -les gritó con voz agria.<br />
Y los niños huyeron.<br />
-Mi jardín es para mí solo -prosiguió el gigante-. Todos deben<br />
entenderlo así, y no permitiré que nadie que no sea yo se solace en él.<br />
Entonces lo cercó con un alto muro y puso el siguiente cartelón:<br />
QUEDA PROHIBIDA LA ENTRADA<br />
BAJO LAS PENAS LEGALES<br />
CORRESPONDIENTES</p>
<p>Era un gigante egoísta.<br />
Los pobres niños no tenían ya sitio de recreo.<br />
Intentaron jugar en la carretera; pero la carretera estaba muy<br />
polvorienta, toda llena de agudas piedras, y no les gustaba.<br />
Tomaron la costumbre de pasearse, una vez terminadas sus lecciones,<br />
alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro<br />
lado.<br />
Entonces llegó la primavera y en todo el país hubo pájaros y<br />
florecillas.<br />
Sólo en el jardín del gigante egoísta continuaba siendo invierno.<br />
Los pájaros, desde que no había niños, no tenían interés en cantar y<br />
los árboles olvidábanse de florecer.<br />
En cierta ocasión una bonita flor levantó su cabeza sobre el césped;<br />
pero al ver el cartelón se entristeció tanto pensando en los niños, que se<br />
dejó caer a tierra, volviéndose a dormir.<br />
Los únicos que se alegraron fueron el hielo y la nieve.<br />
-La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaban- Gracias a<br />
esto vamos a vivir en él todo el año.<br />
La nieve extendió su gran manto blanco sobre el césped y el hielo<br />
revistió de plata todos los árboles.<br />
Entonces invitaron al viento del Norte a que viniese a pasar una<br />
temporada con ellos.<br />
El viento del Norte aceptó y vino. Estaba envuelto en pieles. Bramaba<br />
durante todo el día por el jardín, derribando a cada momento chimeneas.<br />
-Éste es un sitio delicioso -decía- Invitemos también al granizo.<br />
Y llegó asimismo el granizo.<br />
Todos los días, durante tres horas, tocaba el tambor sobre la<br />
techumbre del castillo, hasta que rompió muchas pizarras. Entonces se puso<br />
a dar vueltas alrededor del jardín, lo más de prisa que pudo. Iba vestido<br />
de gris y su aliento era de hielo.<br />
-No comprendo por qué la primavera tarda tanto en llegar -decía el<br />
gigante egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín blanco y<br />
frío-. ¡Ojalá cambie el tiempo!<br />
Pero la primavera no llegaba ni el verano tampoco.<br />
El otoño trajo frutos de oro a todos los jardines, pero no dio<br />
ninguno al del gigante.<br />
-Es demasiado egoísta -dijo.<br />
Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el<br />
granizo, el hielo y la nieve danzaban en medio de los árboles.<br />
Una mañana el gigante, acostado en su lecho, pero despierto ya, oyó<br />
una música deliciosa. Sonó tan dulcemente en sus oídos, que hizo<br />
imaginarse que los músicos del rey pasaban por allí.<br />
En realidad, era un pardillo que cantaba ante su ventana; pero como<br />
no había oído a un pájaro en su jardín hacía mucho tiempo, le pareció la<br />
música más bella del mundo.<br />
Entonces el granizo dejó de bailar sobre su cabeza y el viento del<br />
Norte de rugir. Un perfume delicioso llegó hasta él por la ventana<br />
abierta.<br />
-Creo que ha llegado al fin la primavera -dijo el gigante.<br />
Y saltando del lecho se asomó a la ventana y miró. ¿Qué fue lo que<br />
vió?<br />
Pues vio un espectáculo extraordinario.<br />
Por una brecha abierto en el muro, los niños habíanse deslizado en el<br />
jardín encaramándose a las ramas. Sobre todos los árboles que alcanzaba él<br />
a ver había un niño, y los árboles sentíanse tan dichosos de sostener<br />
nuevamente a los niños, que se habían cubierto de flores y agitaban<br />
graciosamente sus brazos sobre las cabezas infantiles.<br />
Los pájaros revoloteaban de unos para otros cantando con delicia, y<br />
las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped.<br />
Era un bonito cuadro.<br />
Sólo en un rincón, en el rincón más apartado del jardín, seguía<br />
siendo invierno.<br />
Allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, que no había<br />
podido llegar a las ramas del árbol y se paseaba a su alrededor llorando<br />
amargamente.<br />
El pobre árbol estaba aún cubierto de hielo y de nieve, y el viento<br />
del Norte soplaba y rugía por encima de él.<br />
-Sube ya, muchacho -decía el árbol.<br />
Y le alargaba sus ramas, inclinándose todo lo que podía, pero el niño<br />
era demasiado pequeño.<br />
El corazón del gigante se enterneció al mirar hacia afuera.<br />
«¡Qué egoísta he sido! -pensó-. Ya sé por qué la primavera no ha<br />
querido venir aquí. Voy a colocar a ese pobre pequeñuelo sobre la cima del<br />
árbol, luego tiraré el muro, y mi jardín será ya siempre el sitio de<br />
recreo de los niños.»<br />
Estaba verdaderamente arrepentido de lo que había hecho.<br />
Entonces bajó las escaleras, abrió nuevamente la puerta y entró en el<br />
jardín.<br />
Pero cuando los niños le vieron, se quedaron tan aterrorizados que<br />
huyeron y el jardín se quedó otra vez invernal.<br />
Únicamente el niño pequeñito no había huído porque sus ojos estaban<br />
tan llenos de lágrimas que no le vio venir.<br />
Y el gigante se deslizó hasta él, le cogió cariñosamente con sus<br />
manos y lo depositó sobre el árbol.<br />
Y el árbol inmediatamente floreció, los pájaros vinieron a posarse y<br />
a cantar sobre él y el niñito extendió sus brazos, rodeó con ellos el<br />
cuello del gigante y le besó.<br />
Y los otros niños, viendo que ya no era malo el gigante, se acercaron<br />
y la primavera los acompañó.<br />
-Desde ahora éste es vuestro jardín, pequeñuelos -dijo el gigante.<br />
Y cogiendo un martillo muy grande, echó abajo el muro.<br />
Y cuando los campesinos fueron a mediodía al mercado, vieron al<br />
gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que pueda<br />
imaginarse.<br />
Estuvieron jugando durante todo el día, y por la noche fueron a decir<br />
adiós al gigante.<br />
-Pero ¿dónde está vuestro compañerito? -les preguntó-. ¿Aquel<br />
muchacho que subí al árbol?<br />
A él era a quien quería más el gigante, porque le había abrazado y<br />
besado.<br />
-No sabemos -respondieron los niños-; se ha ido.<br />
-Decidle que venga mañana sin falta -repuso el gigante.<br />
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y hasta entonces<br />
no le habían visto nunca.<br />
Y el gigante se quedó muy triste. Todas las tardes a la salida del<br />
colegio venían los niños a jugar con el gigante, pero éste ya no volvió a<br />
ver el pequeñuelo a quien quería tanto. Era muy bondadoso con todos los<br />
niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y hablaba de él con<br />
frecuencia.<br />
-¡Cómo me gustaría verle! -solía decir.<br />
Pasaron los años y el gigante envejeció y fue debilitándose. Ya no<br />
podía tomar parte en los juegos; permanecía sentado en un gran sillón<br />
viendo jugar a los niños.<br />
-Tengo muchas flores bellas -decía-; pero los niños son las flores<br />
más bellas.<br />
Una mañana de invierno, mientras se vestía, miró por la ventana.<br />
Ya no detestaba el invierno; sabia que no es sino el sueño de la<br />
primavera y el reposo de las flores.<br />
De pronto se frotó los ojos, atónito, y miró con atención.<br />
Realmente era una visión maravillosa. En un extremo del jardín había<br />
un árbol casi cubierto de flores blancas. Sus ramas eran todas de oro<br />
y colgaban de ellas frutos de plata; bajo el árbol aquél estaba el<br />
pequeñuelo a quien quería tanto.<br />
El gigante se precipitó por las escaleras lleno de alegría y entró en<br />
el jardín. Corrió por el césped y se acercó al niño. Y cuando estuvo junto<br />
a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:<br />
-¿Quién se ha atrevido a herirte?<br />
En las palmas de la mano del niño y en sus piececitos veíanse las<br />
señales sangrientas de dos clavos.<br />
-¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante- Dímelo. Iré a<br />
coger mi espada y le mataré.<br />
-No -respondió el niño-, éstas son las heridas del Amor.<br />
-¿Y quién es ése? -dijo el gigante.<br />
Un temor respetuoso le invadió, haciéndole caer de rodillas ante el<br />
pequeñuelo.<br />
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:<br />
-Me dejaste jugar una vez en tu jardín. Hoy vendrás conmigo a mi<br />
jardín, que es el Paraíso.<br />
Y cuando llegaron los niños aquella tarde encontraron al gigante<br />
tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas.</p>
<p>Oscar Wilde.</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F09%2Fel-gigante-egoista-oscar-wilde%2F&amp;linkname=El%20gigante%20ego%C3%ADsta%20%28Oscar%20Wilde%29">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/09/el-gigante-egoista-oscar-wilde/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El juego de Martina (Liana Castello)</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/el-guego-de-martina/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/el-guego-de-martina/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 23:15:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>
		<category><![CDATA[el cuento]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=509</guid>
		<description><![CDATA[                                                                
MARLA DANGO
De todas maneras, nada se comparaba a que todos estuviesen juntos, nada. Martina vivía ahora con tantos otros chicos, con sus papás separados.
Mientras tanto, el juego de la casita seguía desordenado. Un muñequito por allá, otro por acá. Una pieza en un costado, otra en otro. No se veía igual que antes, lo mismo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>                                                                </p>
<p><a href="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/08/MARLA-DANGO.jpg">MARLA DANGO<img class="aligncenter size-full wp-image-510" title="MARLA DANGO" src="http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/wp-content/imagenes/2009/08/MARLA-DANGO.jpg" alt="MARLA DANGO" width="600" height="450" /></a><br />
De todas maneras, nada se comparaba a que todos estuviesen juntos, nada. Martina vivía ahora con tantos otros chicos, con sus papás separados.<br />
Mientras tanto, el juego de la casita seguía desordenado. Un muñequito por allá, otro por acá. Una pieza en un costado, otra en otro. No se veía igual que antes, lo mismo que su familia.<br />
Martina tardó en acostumbrarse a su nueva vida, no era fácil y tal vez nunca lo fuera, pero el tiempo en muchas oportunidades es un buen amigo y nos ayuda a entender cosas que son difíciles de entender.<span id="more-509"></span></p>
<p>Así fue. Con el tiempo Martina pudo aceptar su nuevo modelo de familia. Entendió que si bien no vivían todos juntos, ella no había perdido a su papá y si bien no era lo que ella hubiera deseado, era su realidad y lo mejor para todos era aceptarla de la mejor manera posible. Se dio cuenta que seguía contando con sus papás, que el amor que sentían por ella y sus hermanitos, no había cambiado en absoluto, que el hecho que, como pareja no se llevaran bien, no significaba que los quisieran menos, eran cosas bien distintas.<br />
Un día, solita en su habitación empezó a mirar su casita de la familia y sus muñequitos desordenados y pensó que era hora de hacer algo.</p>
<p>Se paró frente a la casita y sus habitantes, los ubicó como siempre, los miró un rato largo y se dio cuenta que ahora debía ordenarlo de otra manera. Y lo hizo.<br />
Por extraño que pareciera, aquellos muñequitos, que ya no estaban todos juntos en la misma cajita, seguían pareciendo una familia, Martina los había ubicado de tal modo que si bien no estaban uno junto al otro, tampoco estaban lejos y, sobretodo, seguían siendo piezas de un mismo juego.<br />
Lo mismo pasó en el corazón de Martina, el tiempo y el amor de sus papás, de sus amigos y de Valentina, le ayudó a ordenar las piezas de su familia en su corazón.</p>
<p>Sabía muy bien que ya no era lo mismo, había crecido y había entendido muchas cosas, pero lo más importante que pudo entender fue que, aunque las cosas fueran diferentes, en su corazón, cada persona ocupaba el lugar que debía y, como en su juego de la casita, todas las piezas estaban juntas y ordenadas.<br />
Cuando Valentina volvió a visitarla, lo primero que hizo fue darse cuenta que el juego favorito de su amiga estaba ordenado de otra manera y sabía que no había sido la mamá.</p>
<p>Como queriendo jugarle una broma le dijo a su amiga</p>
<p>-¿Pero quién desordenó esto sin mi permiso? ¡Acá la única que te hace lío con las cosas soy yo! Dijo con una sonrisa.<br />
Martina miro a su amiga y le contestó:<br />
-Estaba desordenado, y ya no quedaba bien en la repisa como estaba antes, le di un nuevo orden. ¿No se ve del todo mal verdad?<br />
-¡Claro que no! ¡Lo hiciste bien amiga! Contestó Valentina, le dio un abrazó y con una guiñadita de ojos le ofreció ir a tomar un helado.<br />
Esta vez, Martina dijo que si.</p>
<p>Fuente: <a href="http://www.encuentos.com/">http://www.encuentos.com</a></p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F08%2Fel-guego-de-martina%2F&amp;linkname=El%20juego%20de%20Martina%20%28Liana%20Castello%29">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/el-guego-de-martina/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>CHAC MOOL por Carlos Fuentes</title>
		<link>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/chac-mool-por-carlos-fuentes/</link>
		<comments>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/chac-mool-por-carlos-fuentes/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 02 Aug 2009 15:35:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Frontera Latina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento de la semana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/?p=297</guid>
		<description><![CDATA[Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse &#8220;gente conocida&#8221; en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos.<span id="more-297"></span> Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.</p>
<p>Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.</p>
<p>Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni &#8220;Sufragio Efectivo No Reelección&#8221;. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.</p>
<p>&#8220;Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.&#8221;</p>
<p>&#8220;Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?&#8230; figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.</p>
<p>&#8220;Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.</p>
<p>&#8220;Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.</p>
<p>&#8220;El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.&#8221;</p>
<p>&#8220;Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.&#8221;</p>
<p>&#8220;Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.&#8221;</p>
<p>&#8220;Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.&#8221;</p>
<p>&#8220;Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.&#8221;</p>
<p>&#8220;El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.&#8221;</p>
<p>&#8220;Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.&#8221;</p>
<p>&#8220;Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.&#8221;</p>
<p>&#8220;Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada&#8230; Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.&#8221;</p>
<p>&#8220;Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.&#8221;</p>
<p>Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:</p>
<p>&#8220;Todo es tan natural; y luego se cree en lo real&#8230; pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo&#8230; Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?&#8230; si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano&#8230; ¿entonces, qué?&#8230; Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir&#8230; No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.</p>
<p>&#8220;Casi sin aliento, encendí la luz.</p>
<p>&#8220;Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.&#8221;</p>
<p>Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:</p>
<p>&#8220;Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, &#8216;&#8230;un gluglú de agua embelesada&#8217;&#8230; Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.</p>
<p>&#8220;He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.&#8221;</p>
<p>&#8220;Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.&#8221;</p>
<p>&#8220;El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta&#8230; Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.&#8221;</p>
<p>&#8220;Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.&#8221;</p>
<p>&#8220;Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas&#8230; Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.&#8221;</p>
<p>&#8220;Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo&#8230;, es posible que desee matarme.&#8221;</p>
<p>&#8220;Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.&#8221;</p>
<p>Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.</p>
<p>Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.</p>
<p>-Perdone&#8230; no sabía que Filiberto hubiera&#8230;</p>
<p>-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.fronteralatina.de%2Fwp-frontera%2F2009%2F08%2Fchac-mool-por-carlos-fuentes%2F&amp;linkname=CHAC%20MOOL%20por%20Carlos%20Fuentes">Comparte está información!</a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.fronteralatina.de/wp-frontera/2009/08/chac-mool-por-carlos-fuentes/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

