EDICION
SEMANAL

Lunes 06 de septiembre de
2010

MITOS Y LEYENDAS LATINOAMERICANOS

Las velas del amador (Ecuador)

Don Juan Tenorio había llorado sobre la tumba de Doña Inés. Al final, acaso, había entendido que el Amor era una expiación. Por eso, en la escena del teatro se develaba una estatua. En medio de las sombras Doña Inés sale de su tumba y exclama: "Don Juan mi mano asegura/esta mano que a la altura/tendio tu contrito afán/y Dios perdona a Don Juan/al pie de la sepultura".
Cuando el relato de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, cruzó el mar desde España, el actor llegó tan maltrecho que se lo confundió con cualquier personaje entregado a los lances amorosos. Y había una diferencia: los donjuanes de América no sufrían por amor. Sin embargo el personaje se había convertido en sinónimo de buscador de aventuras amatorias y por eso no fue casual que en San Miguelito, en Tungurahua, el cazador de fragancias del pueblo sea conocido como Don Tenorio, olvidándose el de Juan, porque hasta el nombre no había podido desembarcar de España.
Este mozuelo llevaba una máxima: la empresa amatoria más ardua lo catapultaría a ser la admiración de todas las muchachas del pueblo. Por este motivo eligió a una hija de Maria, como se conocía a las doncellas que estaban con la profesión de beatas en el cuello. La joven llegaba temprano a la iglesia envuelta en una chalina negra y su cara cubierta de un velo casi imperceptible, aunque se podía intuir su cabellera larga. Don Tenorio la esperó con paciencia. Sabia que no hay diligencia mejor que la realizada con cautela.
La damisela declinó, al inició, la invitación pero ante los ruegos aceptó encontrarse en las primeras sombras de la tarde. Los jóvenes parecieron entenderse con las miradas. La mujer lo condujo hasta una casa apartada. Al cerrar la puerta una habitación mínima se develó ante la insistencia de un escaso fuego producido por siete velas. Las siluetas se proyectaron en las paredes ásperas con olor a tierra. Las sombras parecían disiparse y cuando Don Tenorio se acercó el leve resplandor se consumió. Las palabras se quedaron flotando en el aire. El joven llamó tiernamente a su futura amada pero no obtuvo respuesta. Después a tientas intentó localizar una cerilla pero fue inútil. Palpó la pared y tampoco encontró la salida.
Fue allí que comenzaron los fatigosos gritos envueltos en un eco bronco, en medio de una estancia oscura. Su cuerpo cayó al suelo sólo para comprobar que la tierra era más húmeda que antes. Para el tercer día Don Tenorio tenia la garganta lacerada y sus leves quejidos eran cada vez más distantes. Pero no dio tregua y siguió gritando mientras sus manos arañaban la pared, con rastros de sangre. Ese día el sepulturero del pueblo llegó mas temprano y escucho unas voces que salían de una tumba.
Antes de que el aliento se le termine llego hasta la casa del teniente político con la inesperada noticia y la cara desencajada como un mal agüero. Cuando los dos hombres se dirigieron al cementerio ya les acompañaba una muchedumbre ansiosa por escuchar las voces que salían del cementerio. El panteonero, junto con algunos vecinos, cavó rápidamente la fosa y en medio de terrones negruzcos apareció la cabeza de Don Tenorio, con los ojos lastimados por la luz.
Fue sacado al vilo y antes que pudiera decir nada se arrodilló delante de medio pueblo y pidió perdón por su único delito: burlador de mujeres. Los viejos de San Miguelito aun no se ponen de acuerdo en las versiones del hecho. Hay quienes aseguran que Don Tenorio entró en un convento; otros dicen que una alma del otro mundo se enamoró del mozuelo. Mas, en los textos de Zorrilla se puede encontrar una alegoría de lo sucedido en San Miguelito y es cuando la sombra de Doña Inés exclama:
Más tengo mi purgatorio
en este mármol mortuorio
que labraron para mí.
Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura
y Dios, al ver la ternura
conque te amaba mi afán
espera a Don Juan
en tu misma sepultura.

Fuente: Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA

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La leyenda de la Virgen de Coromoto (Venezuela)

por P. Ildefonso de San Martín

Guanare, actual capital del estado Portuguesa (Venezuela), es la ciudad donde quiso colocar su trono la Reina del Cielo, con la advocación de Nuestra Señora de Coromoto.

Según refiere la historia, el 8 de septiembre de 1652, cuando el cacique de los indios de aquella región, llamado Cospes, se dirigía al campo, encontró, pasando una quebrada, a una señora hermosísima con un niño en brazos. Con gran autoridad le ordenó se fuese con su tribu donde estaban los blancos para hacerse instruir en la religión y recibir las aguas del bautismo.

El indio obedeció y, cumpliendo las indicaciones del español Juan Sánchez, se situó con su tribu con su tribu en un lugar conocido con el nombre de Coromoto. Mas, pronto se cansó de su nuevo género de vida y se negó a seguir instruyéndose.

Ciero día, en que se encontraba muy desesperado en su rancho, se le apareció de nuevo la Señora Resplandeciente. Al instante la reconoció, y, enojado con ella, le dijo: "¿Hasta cuándo me quieres perseguir? Bien te puedes ir, que ya no he de hacer lo que me mandes". Indignado, quiso atemorizar a la Señora, y cogiendo el arco exclamó: "Con matarte me dejarás". La Virgen Santísima se sonrió y avanzó hacia él. El arco y las flechas cayeron al suelo. Entonces el indio quiso cogerla por el brazo y echarla fuera, y ella misteriosamente desapareció. Y asegura la tradición que en la mano del cacique quedó la milagrosa imagen.

El indio quiso destruirla, pero, llevado de cierto temor, la escondió. Un jovencito familiar que presenció la escena, logró hacer venir unos blancos cerca del rancho y, sin ser visto por el jefe, les entregó la imagen. El español Juan Sánchez, que la recibió, la llevó durante algún tiempo siempre consigo. Más tarde, la colocó en un altarcito de su casa, que comenzó pronto a ser el primer santuario de la reliquia.

La fama de las apariciones y de los milagros se extendió rápidamente y las autoridades competentes ordenaron que fuese llevada a Guanare. El traslado se verificó con gran pompa y solemnidad en 1654, en la víspera de la Purificación.

Durante los tres siglos de existencia que tiene la imagen, la Virgen Santísima ha obrado infinitud de milagros y favores para socorrer a cuantos se han encomendado a dicha advocación...

Fuente: Venezuela en mi corazón, de P. Ildefonso de San Martín, Caracas, 1961

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El Cóndor (Argentina)



El cóndor no siempre usó la golilla que lleva tan elegantemente en el cuello. Se acostumbró a su uso después de haber sido derrotado, luego de una vergonzosa lucha contra un diminuto rival.
Cuenta la leyenda que don Cóndor había bajado al valle en ocasión de unas "chinganas" que se celebraban con motivo de Semana Santa. En uno de los tantos bodegones instalados cerca de una plaza, conoció a un compadrito charlatán y pendenciero, muy famoso en el pago por su apodo de "Chusclín". Se trataba nada menos que de un vulgar chingolo.
Luego de una entretenida charla, en la que don Cóndor y Chusclín alardeaban de pendencieras hazañas y famosas "chupaderas" (en Cuyo "chupar" significa beber vino), como fin de la conversación, formularon entre sí una singular apuesta. Se desafiaron a beber vino: el que "chupara" más sin "curarse" (embriagarse), ganaría la apuesta y el perdedor pagaría el vino consumido y la "vuelta " para todos.
Tanto don Cóndor como Chusclín empinaron sus respectivas damajuanas y así se inició la puja. Don Cóndor de buena fe trataba de agotar el líquido "de una sentada", sin reparar que Chusclín arrojaba al suelo cada sorbo que bebía sin que su rival lo notara. Como don Cóndor no estaba tan acostumbrado al vino como Chusclín, pronto empezó a sentir dolor de cabeza y para atenuarlo se ató un pañuelo, a modo de vincha. Al advertir el juego de su contrincante, lo increpó y se le fue encima. Chusclín, veterano peleador, lo esperó sereno y confiado. Poco duró la pelea porque el chingolo con un certero golpe hizo sangrar la nariz de su antagonista, quien sólo atinó a defenderse. En el entrevero, el pañuelo que don Cóndor tenía atado a la cabeza se le cayó y desde entonces allí lo lleva.

Fuente: www.argentina.gov.ar

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La Casa del Trueno (México)


Cuentan los viejos que entre Totomoxtle y Coatzintlali existía una caverna en cuyo interior los antiguos sacerdotes habían levantado un templo dedicado al Dios del Trueno, de la lluvia y de las aguas de los ríos. Eran tiempos en los que aún no llegaban los hispanos ni las portentosas razas, conocidas hoy como totonacas, que poblaron el lugar de Veracruz que después llamaron Totonacan. Y siete sacerdotes se reunían cada tiempo en que era menester cultivar la tierra y sembrar las semillas y cosechar los frutos, siete veces invocaban a las deidades de esos tiempos y gritaban entonaban cánticos a los cuatro vientos o sea hacia los cuatro puntos cardinales, porque según las cuentas esotéricas de esos sacerdotes, cuatro por siete eran 28 y ventiocho días componen el ciclo lunar.
Siguen diciendo las viejas crónicas que se han convertido en asombrosas leyendas, que esos viejos sacerdotes hacían sonar el gran tambor del trueno y arrastraban cueros secos de los animales por todo el ámbito de la caverna y lanzaban flechas encendidas al cielo. Y poco después atronaban el espacio furiosos truenos y los relámpagos cegaban a los animales de la selva y a las especies acuáticas que moraban en los ríos.
Llovía a torrentes y la tempestad rugía sobre la cueva durante muchos días y muchas noches y había veces en que los ríos Huitizilac y el de las mariposas, Papaloapan, se desbordaban cubriendo de agua y limo las riberas y causando inmensos desastres. Ycuanto mas arrastraban los cueros mayor era el ruido que producian los torrentes y cuanto más se golpeaba el gran tambor ceremonial, mayor era el ruido de los truenos cuanto más relámpagos significaba mayor número de flechas incendiarias.
Pasaron los siglos...
Y un día arribaron al lugar grupos de gentes ataviadas de un modo singular, trayendo consigo otras costumbres, y otras leyes y otras religiones. Se decían venidos de otras tierras allende el gran mar de turquesas (Golfo de México) y tanto hombres, como mujeres y niños, tenían la característica de estar siempre sonriendo como si fueran los seres más felices de la tierra y tal vez esa alegría se debía a que después de haber sufrido mil penurias en las aguas borrrascosas de un mar en convulsión habían por fin llegado a las costas tropicales, donde había de todo, así frutos como animales de caza, agua y clima hermoso.
Se asentaron en ese lugar al que dieron por nombre, en su lengua Totonacan y ellos mismos se dijeron totonacas.
Pero los sacerdotes, los siete sacerdotes de la caverna del trueno no estuvieron conformes con aquella invasión de los extranjeros que traían consigo una gran cultura y se fueron a la cueva a producir truenos, relámpagos, rayos y lluvias y torrenciales aguaceros con el fin de amendrantarlos.
En los antiguos registros que los milenios han borrado, se dice que llovió mucho y durante varios días y sus noches, hasta que alguien se dió cuentra de que esas tempestades las provocaban los siete hechiceros, los siete sacerdotes de la caverna de los truenos.
No siendo amigos de la violencia, los totonacas los embarcaron en un pequeño bajel y dotándoles de provisiones y agua los lanzaron al mar de las turquesas en donde se perdieron para siempre.
Pero ahora era preciso dominar a esos dioses del trueno y de las lluvias para evitar el desastre del pueblo totonaca recién asentado y para el efecto se reunieron los sabios y los sacerdotes y gentes principales y decidieron que nada podría hacerse contra esas fuerzas que hoy llamos sencillamente naturales y que sería mejor rendirles culto y pleitesía, adorar a esos dioses y rogarles fueran magnánimos con ese pueblo que acababa de escapar de un monstruoso desastre.
Y en ese mismo lugar en donde había el templo y la caverna y se ejercía el culto al Dios del trueno, los totonacas u hombres sonrientes levantaron el asombroso templo del Tajín, que en su propia lengua quiere decir lugar de las tempestades. Y no sólo se rindió culto al Dios del Trueno sino que se le imploró durante 365 días, como número de nichos tiene este pasmoso monumento invocando el buen tiempo en cierta época del año y la lluvia, cuando es menester fertilizar las sementeras.
Hoy se levanta este maravilloso templo conocido en todo el mundo como pirámide o templó de El tajín en donde curiosamente parecen generarse las tempestades y los truenos y las lluvias torrenciales.
Así nació la pirámide de El Tajín, levantada con veneración y respeto al Dios del Trueno, adorado por aquellas gentes que vivieron mucho antes de la llegada de los extranjeros, mucho antes de la llegada de los totonacas, cuando el mundo parecía comenzar a existir.
Nota: Los Totonacas eran indígenas que ocupaban el territorio de Veracruz.

Fuente: guiascostarica.com

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El Mito de Yacana (Perú)

La constelación que llamamos Yacana, es el camac de las llamas, osea su fuerza vital, el alma que las hace vivir. Yacana camina por un grán río (la Vía Láctea). En su recorrido se pone cada vez más negra. ene dos ojos y un cuello muy largo.

Se cuenta que Yacana acostumbraba beber agua de cualquier manantial, y si se posaba encima de alguien le transmitia mucha suerte. Mientras este hombre se encontraba aplastado por la enorme cantidad de lana de Yacana, otros hombres le arrancaban la fibra. Todo esto ocurría siempre de noche.

Al amanecer del día siguiente se veía la lana que habían arrancado la noche anterior. Esta era de color azul, blanca, negra, parda, las había de toda clase, todas mezcladas. Si el hombre afortunado no tenía llamas, rápidamente compraba algunas y luego adoraba la lana de la Yacana en el lugar donde la habían arrancado.

Tenía que comprar una llama hembra y otra llama macho, y sólo a partir de estas dos podía llegar a tener dos mil o tres mil. Esta era la suerte que la Yacana confería a quienes se posaba encima de ellos. Se cuenta que en tiempos muy antiguos, esto le ocurrió a muchas personas en muchos lugares. A la media noche y sin que nadie lo sepa la Yacana bebe toda el agua del mar, porque de no hacerlo el mar inundaría al mundo entero.

Yutu (la perdíz) es una constelación pequeña que aparece antes que la Yacana. Según cuenta la tradición, la Yacana tiene un hijo que cuando mama ésta se despierta. Tambien hay tres estrellas que caminan juntas y en línea recta. A éstas les han puesto los nombres de Kuntur (cóndor), Suyuntuy (gallinazo) y Huamán (halcón). La tradición cuenta que cuando aparecen estas estrellas más brillantes que antes, ese año será bueno para el cultivo. Si en cambio aparecen poco brillantes, ése será un mal año, con mucho sufrimiento.

Fuente: Lizardo Tavera / Arqueología del Perú / www.naya.org.ar

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Leyenda de Juan Machete (Colombia)

Considerable como una de las leyendas más conocidas del llano. Cuenta la vida del hombre que quería ser el más poderoso de la región, su nombre era Juan Francisco Ortiz, amo y señor de las tierras de la Macarena. Este señor hizo un pacto con el diablo en el cual le entregaba su mujer e hijos, a cambio de mucho dinero, ganado y tierras.

El diablo le dijo a Juan que agarrara un sapo y una gallina, a los cuales debería coserle los ojos y enterrarlos vivos un Viernes Santo a las doce de la noche, en un lugar apartado, luego debería invocar el alma y el corazón. Juan cumplió con lo encomendado. Pasando varios días, el hombre se dió cuenta que los negocios prosperaban.

Una madrugada se levantó temprano, y al ensillar su caballo divisó un imponente toro negro, con los cuatro cascos y los dos cachos blancos. Pasó este hecho desapercibido y se fué a trabajar como de costumbre.

En la tarde regresó de la faena y observó que el toro todavía se encontraba merodeando la casa. Pensó "será de algún vecino". Al otro día lo despertó el alboroto causado por los animales, se imaginó que la causa podía ser el toro negro. Trató de sacarlo de su territorio, pero esto no fue posible porque ningún rejo aguanto.

Cansado y preocupado con el extraño incidente se acostó, pero a las doce de la noche fue despertado por un imponente bramido. Al llegar al potrero se dió cuenta que miles de reces pastaban de un lado a otro. Su riqueza aumentó cada vez más. Dice la leyenda durante muchos años fue el hombre más rico de la región.

Hasta que un día misteriosamente empezó a desaparecer el ganado y a disminuir su fortuna hasta quedar en la miseria. Se dice que Juan Machete después de cumplir su pacto con el diablo, arrepentido enterró la pata que le quedaba y desapareció en las entrañas de la selva.

Cuenta la leyenda que en las tierras de la marraneras deambula un hombre vomitando fuego e impidiendo que se desentierre el dinero de Juan Machete.


Fuente: Angélica García / Colombia País Maravilloso

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La leyenda de Dolores Rondón (Cuba)

Hay en el cementerio de la ciudad de Camagüey, en medio justo de una calle interior, un pequeño monumento. Fue erigido en 1933 por la alcaldía municipal sobre la base de una antigua tumba. En una placa de mármol aparecen los versos que varias generaciones de camagüeyanos han memorizado cual epitafio eterno:

Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera
ven mortal y considera
las grandezas cuáles son:
el orgullo y presunción,
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer
pues solo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se puede hacer.

La poesía apareció hacia 1883. Estaba escrita con letras negras en una pequeña pieza de cedro pintada de blanco. Una estaca de madera dura la fijaba en la tierra de una tumba. Durante años, cada vez que la tablilla se deterioraba manos anónimas la restauraban. Así pasó medio siglo.

Dicen que Dolores Rondón era una bella criolla, con gracia y picardía, muy alegre, que llegó a ser orgullo del barrio donde vivía, algunos aseguraron que era hija de un catalán, propietario de una tienda mixta, y una mulata criolla.

Cerca de la casa de Dolores había una barbería que tenía por dueño a un joven mulato, que además de barbero era un polifacético buscador de vidas, nombrado Francisco Juan de Molla y Escobar, quien estaba locamente enamorado de la joven, la que a cambio le prodigó todo tipo de desplantes, desprecios y repulsas.

La niña Dolores se casó con un oficial español, lo que la hizo elevar su distinción social, cosa que no duró mucho pues el esposo murió tempranamente, quedando la joven prácticamente en el anonimato.

Años después alguien la identifica entre las enfermas de El Carmen, hospital para mujeres existente en la ciudad, y al conocer del grave estado de la amada, el barbero Francisco se hizo cargo de ella hasta el momento de su muerte.

De pobre fue el entierro, de pobre es la sepultura, y los lugareños le achacan las rimas del epitafio al desafortunado galán.

Desde entonces, todo el que llega al lugar donde se dice que reposan los restos de la Dolores, quedará envuelto por el misterio de la leyenda y la fragancia del pequeño ramo de flores que acompañan a la cruz y al epitafio.

Es la historia de un amor imposible, los desdenes de ella y las cualidades que él estimaba fueron sus defectos. Esta es la leyenda, inmortalizada en libros y hasta en piezas teatrales y, por consiguiente, enriquecida. Los historiadores han encontrado la existencia real de una parda, María Dolores Aguilera, hija natural, por lo que también aparece como Dolores Rondón. Nació en 1811. Murió de tisis en 1863, soltera y sin descendencia. Fue enterrada de limosna.

Fuente: PORTAL CULTURAL PRINCIPE DE CAMAGÜEY, CUBA

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La Leyenda de la Segua (Guatemala)

Hay varias leyendas de la Segua. Una de ellas cuenta que es una joven muy linda, que persigue a los hombres mujeriegos para castigarlos.

Se aparece de pronto en el camino pidiendo que el jinete la lleve en su caballo, pues va para el pueblo más cercano. Y dicen que ningún hombre se resiste a su ruego. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros la llevan a la polca.

Para ella es lo mismo. Pero a medio camino, si va adelante vuelve la cabeza y si va atrás hace que el jinete la vuelva. Entonces aquella hermosa mujer ya no es ella.

Su cara es como la calavera de un caballo, sus ojos echan fuego y enseña unos dientes muy grandes, al mismo tiempo que se sujeta como un fierro al jinete. Y el caballo, como si se diera cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco, sin que nada lo pueda detener.

Otras leyendas cuentan que las Seguas son varias. Y no faltan ancianos que aseguren que cuando ellos eran jóvenes atraparon a una Segua. Pero que una vez atrapada y echa prisionera se les murió de vergüenza. Y que al día siguiente no encontraron el cadáver, sino solamente un montón de hojas de guarumo, mechas de cabuya y cáscaras de plátano.

Fuente: Leyenda anónima

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La Isla del Diablo (Argentina)

No ha sido la de San Brandán o San Borondón la única isla viajera; sólo ha sido la más famosa. En la costa argentina , a una legua poco más o menos al este de la ciudad de Goya, existe una isleta que antiguamente cambiaba también de situación, si bien no llegaba a desaparecer como aquélla: es la Isla del Diablo.

Según la tradición, esta isla fue, en otra época, un islote fantasma. Unas veces aparecía más al Norte, otras más al Sur, y nunca se estaba fija en el mismo punto. Este cambio constante de situación no constituía, sin embargo, la principal dificultad para desembarcar en ella. El mayor obstáculo para el viajero que pretendiese poner la planta en la movediza tierra consistía en la ferocidad de sus habitantes: unos espíritus infernales capaces de amedrentar con sus gestos y gritos extraños al corazón más decidido y valiente.

Sometida a estos cambios de lugar y señoreada por tan horripilantes huéspedes, estuvo la isla durante muchísimo tiempo. Al cabo, estas condiciones cambiaron radicalmente. Un fraile misionero fue el autor de la benéfica variación.

Enterado de los fenómenos que en la isleta se daban e informando de la extraña naturaleza de los habitantes, concibió un proyecto para librar de maléficas influencias aquella porción de tierra. Su plan era un verdadero plan de conquista. Sin embargo, la expedición que organizó no presentó ningún aparato bélico. Su tropa estuvo constituida por fervorosos fieles que se dirigieron a la isleta rezando la más adecuadas preces; llevaba como enseña la más alta de todas -la de la Cruz- y como única arma, la del exorcismo.

Bendecida la tierra maldita, pudieron todos desembarcar en ella sin ninguna dificultad. Y desde entonces, la isla ya no ha vuelto a moverse.

Fuente: Leyenda anónima

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La Leyenda de la coca (Bolivia)

Era por el tiempo en que habían llegado a estas tierras los conquistadores blancos. Las jornadas siguientes a la hecatombe de Cajamarca fueron crueles y sangrientas. Las ciudades fueron destruidas, los cultivos abandonados, los templos profanados e incendiados, los tesoros sagrados y reales arrebatados. Y, por todas partes en los llanos y en las montañas los desdichados indios fugitivos, sin hogar, llorando la muerte de sus padres, de sus hijos o de sus hermanos. La raza, señora y dueña de tan feraces tierras yacía en la miseria, en el dolor. El inhumano conquistador, cubierto de hierro y lanzando rayos mortales de sus armas de fuego y cabalgando sobre briosos corceles, perseguía por las sendas y apachetas a sus espantadas victimas.

Los indios indefensos, sin amparo alguno, en vano invocaban a sus dioses. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, tenía compasión de ellos.

Un viejo adivino llamado kjana-chuyma que estaba, por orden del inca, al servicio del templo de la isla del Sol, había logrado huir antes de la llegada de los blancos a las inmediaciones del lago, llevándose los tesoros sagrados del gran templo. Resuelto a impedir a todo trance que tales riquezas llegaran al poder de los ambiciosos conquistadores, había conseguido después de vencer muchas dificultades y peligros, en varios viajes, poner a salvo por lo menos momentáneamente; el tesoro en un lugar oculto de la orilla oriental del lago Titicaca.

Desde aquel sitio no cesaba de escudriñar diariamente todos los caminos y la superficie del lago para ver si se aproximaban las gentes de Pizarro.

Un día los vio llegar. Traían precisamente la dirección hacia donde él estaba. Rápidamente resolvió lo que debía hacer. Sin perder un instante, arrojo todas las riquezas en el sitio mas profundo de las aguas. Pero cuando llegaron junto a él los españoles, que ya tenían conocimiento de que kjana-chuyma se había traído consigo los tesoros del templo de la isla, con intención de sustraerlo al alcance de ellos, lo capturaron para arrancarle si fuera preciso por la fuerza el ansiado secreto.

Kjana-chuyma se negó desde el principio a decir una palabra de lo que los blancos le preguntaban. Sufrió con entereza heroica los terribles tormentos a que lo sometieron. Azotes, heridas, quemaduras, todo, todo soporto el viejo adivino sin revelar nada de cuanto había hecho con el tesoro.

Al fin los verdugos, cansados de atormentarle inútilmente, le abandonaron en estado agónico para in por su cuenta a escudriñar por todas partes.

Esa noche, el desdichado kjana-Chuyma, entre la fiebre de su dolorosa agonía, soñó que el Sol, Dios resplandeciente, aparecía por detrás de la montaña próxima y le decía:

-Hijo mió, tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados, merece una recompensa. Pide lo que desees, que estoy dispuesto a concedértelo.

-¡Oh!, Dios amado - respondió el viejo- ¿Qué otra cosa puedo yo pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la redención de mi raza y el aniquilamiento de nuestros infames invasores?

-Hijo desdichado-le contesto el Sol- Lo que me pides, es ya imposible. Mi poder ya nada puede contra esos intrusos; su dios es más poderoso que yo. Me ha quitado mi dominio y por eso, también yo como nosotros debo huir a refugiarme ene. Misterio del tiempo. Pues bien, antes de irme para siempre, quiero concederte algo que esté aún dentro de mis facultades.

-Dios mió,- repuso el viejo con pena- si tan poco poder ya tienes, debo pensar con sumo cuidado en lo que voy a pedirte.

Un grupo de habitantes del imperio del Sol, escapando de los intrusos, embarcándose en pequeñas balsas de totora, atravesó el lago y fue a refugiarse en la orilla donde kjana-chuyma estaba luchando con la muerte.

Los indios acudieron a cuidarlo. Kjana-chuyma era uno de los yatiris mas queridos en todo el imperio, por eso los indios, rodearon su lecho de agonía, llenos de tristeza, lamentando su próxima muerte. El anciano, al ver en torno de si ese grupo de compatriotas desdichados, sentia mas honda pesadumbre e imaginaba los tiempos de dolor y amargura que el futuro guardaba a esos desventurados. Fue entonces que se acordó de la promesa del gran astro. REsolvio pedirle una gracia, un bien durable, para dejarlo de herencia a los suyos; algo que no fuera ni oro ni riqueza; para que el blanco ambicioso no pudiera arrebatarles; en fin un consuelo secreto y eficaz para los incontables días de miseria y padecimientos.

Al llegar la noche, lleno de ansiedad en medio de la fiebre que le consumía, imploro al sol para que acudiera a oírle su ultima petición. Alos pocos momentos un impulso misterioso lo levantó de su lecho y lo hizo salir de la choza.

Kjana-chuyma, dejándose llevar por la secreta fuerza que lo dirigía, subió por la pendiente arriba hasta la cumbre del cerro. En la cima notó que le rodeaba una gran claridad que hacia contraste con la noche fría y silenciosa. De pronto una voz le dijo:

-Hijo mío. He oído tu plegaria. ¿Quieres dejar a tus tristes hermanos un lenitivo para sus dolores y un reconfortantes para las terribles fatigas que les guarda en su desampara?

-Si, si. Quiero que tengan algo con que resistir la esclavitud angustiosa que les aguarda. ¿Me la concederás?

-Bien,- respondió la voz- mira en torno tuyo ¿ves esas pequeñas plantas de hojas verdes y ovaladas? La he hecho brotar por ti y para tus hermanos. Ellas realizaran el milagro de adormecer penas y sostener fatigas. Serán el talismán inapreciable par los días amargos. Di a tus hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas y después de secarlas, las mastiquen. El jugo de esas plantas será el mejor narcótico para la inmensa pena de sus almas.

Kjana- chuyma, sintiendo que le quedaban pocos instantes de vida, reunió a sus compatriotas y les dijo:

-hijos míos. Voy a morir, pero antes quiero anunciaros lo que el INTI, nuestro Dios, ha querido en su bondad concederos por intermedio mío: Subid al cerro próximo. Encontrareis unas plantitas de hojas ovaladas. Cuidadlas, cultivadlas con esmero. Con ellas tendréis alimento y consuelo. En las duras fatigas que os impongan el despotismo de vuestros amos, mascad esas hojas y tendréis nuevas fuerzas para el trabajo.

En esos desamparados e interminables viajes que les obligue el blanco, mascad esas hojas y el camino os hará breve y pasajero.

En los momentos en que vuestro espíritu melancólico quiera fingir un poco de alegría, esas hojas adormecerán vuestra pena y os dará la ilusión de creerlos felices.

Cuando queráis escudriñar algo de vuestro destino, un puñado de esas hojas lanzado al viento os dirá el secreto que anheláis conocer.

Y cuando el blanco quiera hacer lo mismo y se atreva a utilizar como vosotros esas hojas, le sucederá todo lo contrario. Su jugo, que para vosotros será la fuerza de la vida, para vuestros amos será vicio repugnante y degenerado: mientras que para vosotros los indios será un alimento casi espiritual, a ellos les causará la idiotez y la locura.

Cuidad que no se extinga y conservarla y propagadla entre los vuestros con veneración y amor. El viejo kjana-chuyma doblo su cabeza sobre el pecho y quedo sin vida.

Los desdichados indios gimieron por la muerte del venerable yatiri. Eligieron la cima del próximo cerro para darle sepultura. Fue enterrado dentro de un cerco de las plantas verdes y misteriosas. Recién en ese momento se acordaron de cuanto les había dicho al morir kjana-chuyma y recogiendo cada cual un puñado de las hojitas ovaladas se pusieron a masticarlas.

Entonces se realizo la maravilla. A medida que tragaban el amargo jugo, notaron que su pena inmensa se adormecía lentamente...

Fuente: Libro "Leyendas de mi tierra" de Antonio Díaz Villamil

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El barco fantasma de Chiloé (Chile)

Cuenta la leyenda que el Caleuche es un buque fantasma que navega por los mares de Chiloé y los múltiples canales del sur. Poderosos brujos conforman su tripulación, la que sólo navega por las noches, jamás con luz de día.

Según la creencia popular las personas que han muerto ahogadas son recogidas por este misterioso barco desde las profundidades del mar para ser acogidas en la vida eterna. Si bien la embarcación brinda hogar a aquellos que han naufragado, no es igual de gentil con aquellos que se han atrevido a dirigirle la mirada de frente. Los tripulantes castigan a los ?osados? torciéndoles la boca o la espalda, e incluso en ocasiones, dándoles la muerte.

Para ocultarse de las miradas no deseadas, El Caleuche tiene las facilidad de transformarse en un simple madero flotante o simplemente hacerse invisible. Otros lo identifican como el barco que se oculta en la neblina que él mismo genera para esconderse de las personas.

No obstante, el Caleuche también puede ser compasivo. Cuando navega cerca de las costas y se apodera de ciertas personas, las lleva a visitar ciudades instaladas en el fondo del mar, revelándoles las ubicaciones de las grandes fortunas ocultas en el mar y permitiéndoles gozar de ellas con la amenazante condición de que mantengan esos secretos hasta la muerte. Si no lo hacen se exponen a ser severamente castigados por los brujos tripulantes.

Las malas lenguas dicen que cuando un comerciante logra hacerse de una rápida fortuna, es debido a que ha tenido contactos ocultos con el barco fantasma.

Fuente: Chile.com

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Brujas sobre Ibarra (Ecuador)

Desde arriba del Torreón, la ciudad, en las noches de luna, parecía una maqueta parda llena de tejados, que guardaban jardines atiborrados de buganvillas, nogales e higos. Más arriba, en cambio, se distinguían las palmeras chilenas: enjutas y lustrosas, pese a la intensidad nocturna y las exiguas farolas, alumbradas con mecheros que -de cuando en cuando- eran revisados por el farolero, envuelto en un gabán descolorido que no impedía apreciar su silueta recorriendo esa luz mortecina que golpeaba las paredes de cal.
Más arriba, aún, el parque de Ibarra era un minúsculo tablero de ajedrez sin alfiles, donde destacaba el añoso Ceibo, plantado tras el terremoto del siglo XIX y que -según decían- sus ramas habían caminado una cuadra entera. La noche caía plácida sobre la enredaderas y la luna parecía indolente a las sombras que pasaban, pero que no podían ser reflejadas en las piedras. ¿Quiénes miraban a Ibarra dormida? ¿Quiénes tenían el privilegio de contemplar sus paredes blanquísimas engalanadas con los fulgores de la luna? ¿Quiénes pasaban en un vuelo rasante como si fueran aves nocturnas? ¿Quiénes se sentaban cerca de las campanas de la Catedral a mirar los tejuelos verdes y las copas de los árboles?
No es fácil decirlo: unas veces eran las brujas de Mira, otras las de Pimampiro y muchas ocasiones las de Urcuquí. Eran una suerte de correos de la época, acaso a inicios de siglo, que viajaban abiertas los brazos, por los cielos estrellados de Imbabura. Por eso no era casual que las noticias -que por lo general se tardaban en llegar cuatro días desde Quito- se conociera más aprisa en los corrillos de estas tres poblaciones unidas por un triángulo mágico: que ha iniciado la revolución de los montoneros alfaristas, que el Congreso ha sido disuelto, que llegaron las telas de los libaneses o que fulano ha muerto.
Todas noticias importantísimas que -de no ser por las voladoras- hubieran llegado desgastadas. Pero, a diferencia de lo que se cree de las brujas, que van en escoba, llevaban un traje negro y tienen la nariz puntiaguda, las del sector norteño ecuatoriano poseían trajes blanquísimos y tan almidonados que eran tiesos. Por eso cuando las voladoras pasaban los pliegues de sus vestidos sonaban mientras cortaban el viento. Algunos las tenían localizadas. Por eso cuando pasaban por encima de las casas, existían los atrevidos que se acostaban en cruz y con esta fórmula las brujas caían al suelo.
Otros, en cambio, preferían decirles que al otro día vayan por sal y de esta manera conocían su identidad. Pero las voladoras de Mira también tenían sus hechizos. Quienes se burlaban de las brujas terminaban convertidos en mulas o gallos. Y eso, al parecer, le sucedió a Rafael Miranda, un conocido galeno de Ibarra, de inicios de siglo. Cuentan los abuelos que el doctor Miranda desapareció un día sin dejar rastro. Sus amigos lo buscaron por todos lados infructuosamente. Sus familiares estaban desesperados. El tiempo pasó. Una tarde, un conocido del doctor Miranda recorría unas huertas por Mira y miró a un hombre desaliñado con un azadón. Creyó reconocerlo.
Al acercarse comprobó con estupor que se trataba del famoso doctor Miranda. Lo sacó del lugar y tras curaciones prodigiosas el galeno volvió a su estado normal y nunca más se sintió gallo. Otra historia, en cambio, sirvió para que Juan José Mejía, el popular y primer sacamuelas de Carchi e Imbabura, justificara una parranda de tres días. Cuando le preguntaron porque no había llegado a la casa contestó sin inmutarse: "Estuve en Mira amarrado a la pata de una cama, convertido en gallo y recién me escapo de las brujas". Claro que estuvo en Mira y, acaso, le brindaron -como a muchos- el famoso tardón, que es una bebida que basta un solo trago para que el confiado visitante termine por los suelos, en un remolino de carcajadas.
Por eso los políticos de turno o las autoridades, que siempre ofrecen solucionar todos los problemas, se dan cuenta de los fatídicos brebajes demasiado tarde: quedan arrumados en las sillas de madera, con un olor imperceptible a aguardiente, que es uno de los ingredientes del tardón, elaborado de papa y de secretísimos compuestos que ha sido imposible develar. Cuando alguna autoridad trataba de levantarse caía en cuenta que sus honorables posaderas estaban como pegadas a la silla. ¿Cuáles eran las palabras mágicas para volar? De boca en boca ha llegado hasta estos días lo que decían las brujas ecuatorianas: "De villa en villa y de viga en viga, sin Dios ni Santa María" y tras pronunciar este conjuro levantaban vuelo.
Y hasta había quienes intentaron realizar una aventura aérea. Cuentan que un mireño insistió a una maga para que le iniciara en su arte. Tras las súplicas decidió confiarle el secreto. Lo primero que le indicó es que tenía que utilizar uno de sus trajes níveos. Aguardaron la noche y subieron a la chimenea de un horno... -Tienes que repetir esta fórmula, le dijo la encantadora. Tras decir "de villa en villa, de viga en viga, sin Dios ni Santa María", extendió sus brazos y salió disparada por el cielo. Nuestro personaje se emocionó, pero al repetir el conjuro lo hizo de esta manera: "de villa en villa, de viga en viga, con Dios y Santa María".
Dicho esto, desplomóse cuan largo era en el patio de la casa, en medio de los ladridos de los perros y de los vecinos que lo encontraron magullado y vestido de traje blanco, con cintas y encajes. Aunque pidió discreción, al otro día toda Mira conoció esta historia y su único argumento fue se enredó en la vestimenta. Obviamente, no pudo aclarar qué hacía subido en la chimenea y con un vestido de dama. Hay quienes dicen que las brujas aún pasan por los tejados de Ibarra. Es posible. Mas, nunca se han caracterizado -como lo eran acusadas en la Inquisición Española- de artilugios malévolos.
Su único delito, podría decirse, es volar para conocer tierras lejanas o para visitar a algún amante venturoso que abre su puerta antes que la maga tope el suelo. Hay quienes dicen haberlas visto reunidas practicando iniciaciones antiquísimas, en medio de un prado. Con suerte, si levantamos a mirar el cielo en una noche de luna es posible que localicemos a una bruja que regresa del sur y pasa por encima del pequeño Ceibo, del parque Pedro Moncayo, que ha empezado a brotar sus hojas.

Fuente: Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NayA

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La Virgen que vino del mar (Venezuela)

I
Corrían los años de 178... Por esa época vivía no lejos del ameno campo de Choroní, inmortalizado por los sonoros versos de Maitín, el célebre poeta, en las risueñas y siempre fecundas tierras de Chuao, una familia patriarcal, de esas cuyo tipo envidiable va desapareciendo a medida de nuestro progreso...

Llamábase el jefe de ella D. Juan del Corro y su esposa Doña Felipa de Ponte y Villena. Dios había bendecido su enlace, y hermosos, robustos y bien educados hijos encantaban el recinto doméstico...

Al amanecer de un hermoso día de verano, D. Juan entró en su sala después de haber presenciado la distribución de los trabajos del campo...

-Felipa -le dijo D. Juan con grave acento, haciendo sonar contra los botones de su casaca la cruz roja de Santiago- . Felipa, cuando Dios en su infinita bondad bendijo nuestra casa, mandándonos el último de nuestro hijos, tuve momentos dolorosos temiendo que hubiera llegado tu última hora...

-Si, Juan, momento aquel en que creí perder la vida al darla a nuestro pobre Francisco... pero, sí me acongoja el estado infeliz de nuestro Paquito, que ha tenido un año, no de vida, sino de sufrimientos superiores a su edad.

-Así es, Felipa. En vano nuestro amigo el maestro Santiago Ordóñez ha aspirado los recursos de su ciencia para salvar los días de ese niño que Dios nos deparó para consuelo de nuestra vejez; el infeliz se muere de una enfermedad de languidez, y diariamente lo veo consumirse como una lámpara que se apaga por falta de aceite.

-Pobre niño -murmuró Doña Felipa, asomando dos lágrimas a sus ojos todavía hermosos.

-Al ver primero tus sufrimientos y después los de nuestro hijo, yo me encerré en mi oratorio para rogar humildemente a Dios por nosotros. En aquel momento de abstracción religiosa yo ofrecía al cielo que si salvaba tus días haría colocar la imagen de Nuestra Señora de la Soledad en el templo de San Francisco de Caracas... El cielo oyó mi oración -continuó D. Juan, haciendo una profunda reverencia-y tú estás salva, aunque se muere nuestro hijo.

-Si tal promesa hiciste, Juan, es preciso cumplirla a cualquier costa, y tal vez la Santa Señora nos conserve por nuestra fe la vida de Francisco.

En ese momento entró a la sala un joven robusto, que tendría hasta catorce años de edad, con una fisionomía llena de candor y la inocencia de los primeros años.

-Fernando -le dijo D.Juan con tono severo- ¿por qué has dejado solo a nuestro padre capellán, siendo esta la hora del estudio?

-El mismo capellán es quien me manda, padre -respondió Fernando con tono sumiso.Todos los criados están en el campo y los que sirven la casa han ido a ayudar al desembarque. El padre me envió a decir a su merced que mi padrino, el señor D. Sancho de Paredes, capitán de armada, acaba de llegar a la playa

-¡D. Sancho! -exclamaron a una voz D. Juan y su esposa.

-Corre hijo, ve en persona a traernos a nuestro buen amigo, y pídele antes su bendición.

Salió el joven de prisa a cumplir la orden de su padre, y los dos ancianos se entregaron al regocijo por la llegada de D. Sancho, que miraban como una cosa providencial, pues el capitán debía de hacer viaje a España en el navío de Indias, siendo esta la coyuntura más propicia para su encargo.

Un momento después entró el capitán... Entraron en conversaciones los esposos con D. Sancho, a quien tenían como de la familia...

-Queremos, compadre -continuó D. Juan del Corro arreglando los vuelos de su camisa -, queremos que vaya Ud. a la Corte y disponga que el mejor escultor de las Españas haga la imagen de la Soledad, sin excusar gastos de ninguna especie, pues deseamos hacer al templo de San Francisco un presente regio, aunque nos vaya en ello toda nuestra fortuna.

-Y encargará Ud., Doña Felipa, los vestidos y los ornamentos más ricos de oro y plata para vestir dignamente la imagen de Nuestra Señora.
-Todo se hará a medida de sus deseos -respondió Don Sancho de Paredes, abrazando cordialmente a los dos esposos y despidiéndose para su largo viaje en medio de los votos y bendiciones de toda la familia.

II
Ocho meses después, con buen viento y mar bonanza, salía para Indias el navío San Fernando, despachado en el puerto de Vigo...
Felices fueron los primeros días de navegación, pero al entrar en el mar de las Antillas, empezó a sufrir la embarcación frecuentes huracanes que casi diariamente se levantaban en su inmensidad tempestuosa.

Un día amaneció el cielo de color de plomo, amontonándose en el horizonte algunas nubes eléctricas... Un fuerte frío empezó a azotar las cuerdas del buque y algunas gotas de lluvia caían a veces sobre la cubierta. Las olas se encrespaban, llevando la cabeza coronada de espuma y estrellándose con sordo rumor en los costados del buque.

Bien pronto, con el viento arreció la lluvia y el pesado navío era arrojado por la tempestad, lanzándolo desde la cúspide de las olas furiosas hasta los abismos más espantosos. D. Sancho hizo arrojar al agua toda carga... Sólo quedaba sobre cubierta la caja que contenía la imagen de la Soledad...

Por un instinto religioso, no había querido arrojarla a las olas sino en último caso; pero ya el buque iba haciendo tanta agua, que hubo de verse en la dura extremidad de lanzar al mar la santa escultura y salvarse con sus marinos en los botes a todo trapo.

Bien pronto el San Fernando hundió la proa en las ondas rabiosas, giró con rapidez sobre las aguas, y rompiendo la armazón de sus tablas con un ruido que parecía un quejido lastimoso, desapareció en un torbellino de espuma.
Los náufragos fueron arrojados por el viento a las playas de la isla de Trinidad.

III
Casi a la misma hora y en la misma sala de su heredad, D. Juan del Corro y su esposa Doña Felipa departían amigablemente, formando mil conjeturas sobre la próxima llegada del San Fernando, y la consagración de la imagen de la Soledad, a quien debían la salud de su hijo Francisco, el cual estaba jugando a los pies de su madre.

Entró en la sala su hijo Fernando y, con gozo infantil, refirió a sus padres cómo estando los criados desechando un desagüe al mar, habían dado con una gran caja cerrada que, por su peso, debería ser algún rico tesoro arrojado allí por las olas...

A la llegada de D. Juan y su esposa, sus servidores se apartaron con respeto, y a la orden de su señor, dos robustos negros empezaron a romper la caja misteriosa. Al quitar la cubierta descubrieron... la imagen de la Madre de Dios, pálida y macilenta, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos inundados de lágrimas.

Por un movimiento involuntario, todos cayeron de rodillas ante aquella aparición divina...

IV
Poco tiempo después, los hermanos de la Tercera Orden de San Francisco, rica y venturosa entonces, colocaban en la nave de la derecha la imagen de Nuestra Señora... Un gentío inmenso se amontonaba en las naves del templo, distinguiéndose entre todos a D. Juan y su esposa, vestidos de ricas galas...

Estando en estas pláticas, entró pálido y agitado Don Sancho de Paredes,y se arrodilló en silencio ante la Virgen, entregándose a una muda contemplación.

Los frailes y sus amigos respetaron su éxtasis religioso y sólo después que hubo concluido, recibió las felicitaciones y abrazos de todos por su vuelta...
Don Sancho, sin separar los ojos de la Virgen, exclamó con acento humilde:
-Hermanos, adoremos la voluntad de Dios.

Un año hace todavía que, sorprendido por una tempestad en el mar Caribe, arrojé a las aguas con la carga del navío una caja cuadrada que encerraba esa imagen, hecha ante mi vista y por mi dirección en Madrid. Con mis propias manos la entregué a las olas, pidiendo antes perdón a Dios, y ahora la veo con sus mismos vestidos...

Don Juan refirió entonces lo que ya sabemos, y todos, después de adorar con santo regocijo el divino milagro, salieron del templo para asegurar el hecho bajo su firma, ante los alcaldes ordinarios, para ejemplo y edificación de los venideros siglos.

Fuente: Juan Vicente Camacho. El Heraldo de Lima, Perú, 20-09-1854

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El Cacique Dorado de la Guatabita (Colombia)

Debe tenerse en cuenta que en algunas de estas fábulas curiosas existe un fondo de verdad, que el tiempo ha evidenciado.

Sin ir más lejos, sirva de ejemplo "El Dorado", cuya base de sustentación fue la costumbre o práctica religiosa del cacique de Guatabita, que se cubría de polvo de oro al efectuarse cierta ceremonia en época determinada del año o antes de emprender una guerra: cubierto su cuerpo con una materia adherente (aceite), sus servidores arrojaban sobre él finísimo polvo de oro, de manera que semejaba un hombre dorado, en esta forma se hacía acompañar de los altos dignatarios de su reino, y tripulando una balsa de espadañas y palos, se dirigía a la mitad del lago de Guatabita, donde después de ofrendar joyas y preseas diversas, se bañaba.

Fuente: Julio César Salas, Tierra Firme, Mérida, 1908

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El Sombrerón (Guatemala)

El sombrerón es una leyenda muy arraigada en las costumbres y tradiciones de Guatemala. La leyenda cuenta que ...
Un día, como a las seis de la tarde, aparecieron en la esquina de la casa de Celina cuatro mulas amarradas. Pasaron por allí dos vecinas y una de ellas dijo: "¡Qué raro! ¿No serán las mulas del sombrerón?". "¡Dios nos libre!" dijo la otra, y salieron corriendo.
A esa hora, Celina comenzaba a dormirse porque ya se sentía muy cansada. Entonces comenzó a oír una música muy bonita y una voz muy dulce que decía: "eres palomita blanca como la flor de limón, sino me das tu palabra me moriré de pasión".
Desde ese día, todas las noches, Celina esperaba con alegría esa música que sólo ella escuchaba. Un día no aguantó la curiosidad y se asomó a la ventana y cuál va siendo la sorpresa, ver a un hombrecillo que calzaba botitas de piel muy brillante con espuelas de oro, que cantaba y bailaba con su guitarra de plata, frente a su ventana.
Desde entonces, Celina no dejó de pensar en aquel hombrecito. Ya no comía, sólo vivía esperando el momento de volverlo a escuchar. Ese hombrecito la había embrujado.
Al darse cuenta los vecinos, aconsejaron a los padres de Celina que la llevaran a un convento para poderla salvar, porque ese hombrecito era el "puritito duende". Entonces Celina, fue llevada al convento donde cada día seguía más triste, extrañando las canciones y esa bonita música.
Mientras tanto el hombrecito se volvía loco, buscándola por todas partes. Por fin la bella Celina no soportó la tristeza y murió el día de Santa Cecilia. Su cuerpo fue llevado a la casa para velarlo. De repente se escuchó un llanto muy triste. Era el sombrerón, que con gran dolor llegaba a cantarle a su amada: "ay...ay... mañana cuando te vayas voy a salir al camino para llevarte el pañuelo de lágrimas y suspiros".
Los que vieron al sombrerón cuentan que gruesas lágrimas rodaban mientras cantaba: "estoy al mal tan hecho que desde aquí mi amor perdí, que el mal me parece bien y el bien es mal para mí".
Toda la gente lloraba al ver su sufrimiento. Y cuentan que para el día de Santa Cecilia, siempre se ven las cuatro mulas cerca de la tumba de Celina y se escucha un dulce canto: "corazón de palo santo ramo de limón florido ¿por qué dejas en el olvido a quien te quiera tanto?"
Y es que se cuenta que el sombrerón nunca olvida a las mujeres que ha querido.

Fuente: guatemalaenleyendas.blogspot.com

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El Mito de Yacana (Perú)

La constelación que llamamos Yacana, es el camac de las llamas, osea su fuerza vital, el alma que las hace vivir. Yacana camina por un grán río (la Vía Láctea). En su recorrido se pone cada vez más negra. ene dos ojos y un cuello muy largo. Se cuenta que Yacana acostumbraba beber agua de cualquier manantial, y si se posaba encima de alguien le transmitia mucha suerte. Mientras este hombre se encontraba aplastado por la enorme cantidad de lana de Yacana, otros hombres le arrancaban la fibra. Todo esto ocurría siempre de noche.
Al amanecer del día siguiente se veía la lana que habían arrancado la noche anterior. Esta era de color azul, blanca, negra, parda, las había de toda clase, todas mezcladas. Si el hombre afortunado no tenía llamas, rápidamente compraba algunas y luego adoraba la lana de la Yacana en el lugar donde la habían arrancado. Tenía que comprar una llama hembra y otra llama macho, y sólo a partir de estas dos podía llegar a tener dos mil o tres mil. Esta era la suerte que la Yacana confería a quienes se posaba encima de ellos. Se cuenta que en tiempos muy antiguos, esto le ocurrió a muchas personas en muchos lugares. A la media noche y sin que nadie lo sepa la Yacana bebe toda el agua del mar, porque de no hacerlo el mar inundaría al mundo entero.
Yutu (la perdíz) es una constelación pequeña que aparece antes que la Yacana. Según cuenta la tradición, la Yacana tiene un hijo que cuando mama ésta se despierta. Tambien hay tres estrellas que caminan juntas y en línea recta. A éstas les han puesto los nombres de Kuntur (cóndor), Suyuntuy (gallinazo) y Huamán (halcón). La tradición cuenta que cuando aparecen estas estrellas más brillantes que antes, ese año será bueno para el cultivo. Si en cambio aparecen poco brillantes, ése será un mal año, con mucho sufrimiento.

Fuente: Adaptación: Lizardo Tavera "Arqueología del Perú".

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La leyenda del maíz (México)

Los indios aztecas adoraban al dios Quetzalcóatl, nombre que significa Serpiente Emplumada. Dicen que antes de la llegada de ese dios, los aztecas no tenían maíz y sólo comían raíces y animales que cazaban.
-El maíz está escondido detrás de esas montañas. Los antiguos dioses intentaron separar las montañas con su colosal fuerza pero no lo lograron -le contaron los indios a Quetzalcóatl.
-Yo se los traeré -les prometió.
El poderoso dios no empleó la fuerza, sino la astucia. Se transformó en una hormiga negra y con ayuda de una hormiga roja, marchó a las montañas. Fue difícil el camino y grandes los esfuerzos. Pero Quetzalcóatl sentía tanto amor por su pueblo que no se dejó vencer por el cansancio.
Al llegar donde estaba el maíz cogió un grano maduro en sus fuertes mandíbulas y emprendió el regreso.
-Aquí está lo prometido.
Los aztecas plantaron la semilla. Desde entonces se siembra y cosecha el preciado grano, que aumentó sus riquezas, se volvieron más fuertes, construyeron ciudades, palacios, templos... Y vivieron felices.
Es por eso que los aztecas veneraron al generoso Quetzalcóatl, el dios amigo de los hombres.

Fuente: Versión de leyenda mexicana: Ana María Luján

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Ramiquirí e Iraca (Colombia)

El cacique de Iraca y só sobrino Ramiquirí gobernaban sobre la tierra en una noche absoluta. Para resolver la situación, el cacique de Iraca decidió que su sobrino ascendiera sobre los cielos y trajera la lu;z. Šste se dirigió vertiginosamente hacia las alturas y de pronto se transformó en un astro incandescente y luminoso: Ramiquirí se había convertido en el sol.
Pero u tío no estaba satisfecho del todo pues una parte del día se hallaba aun en tinieblas y esto le recordaba a la humanidad, con miedo y tristeza, la época en que todo era tinieblas. Fue entonces cuando el cacique de Iraca resolvió hacer lo mismo que su sobrino, perdiéndose en la bóveda celestial. Y se convirtió en un astro de luz más tenue: la Luna. Su luz servía para alegrar a la gente durante la ausencia del sol.

Fuente: Investigación: D.G. Almiray Jaramillo / Miscelánea Latinoamericana

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La profecía de Saturnino (Venezuela)


Arístides Rojas

En los días que precedieron al gran temblor de Caracas del 21 de octubre de 1766, el padre Bello había escrito al Obispo, quien a la sazón hacía la visita pastoral de los valles de Aragua, que ordenase la traída de la Virgen de las Mercedes a la Catedral, pues abrigaba presentimientos de que algo debía suceder para el día de Santa Ursula. Si el venerable anciano expuso al prelado las razones de sus presentimientos, es cosa que ignoramos, mas es lo cierto que el Obispo ordenó la visita de la Virgen de las Mercedes a la Catedral, donde fue recibida por grande concurrencia, como protectora de la ciudad, sin que nadie sospechara el objeto de aquella disposición...
Vivía en Caracas, en aquella época, un loco pacífico y locuaz llamado Saturnino, a quien nadie ofendía por su carácter humilde y benévolo. Desde muchos días antes del de Santa Ursula, Saturnino recitaba por todas las calles el siguiente estribillo:

Qué triste está la ciudad
Perdida ya de su fe,
Pero destruida será
El día de San Bernabé;

Y ya en la víspera del 21 de octubre decía:

Téngolo ya de decir,
Yo no sé lo que será,
Mañana es San Bernabé,
Quien viviere lo verá.

Y echándose a cuestas una pesada piedra, subió la colina del Calvario, diciendo a cuantos encontraba que al raso iba a pasar la noche, porque al día siguiente Caracas debía bailar como un trompo.
Rióse la población tanto de la profecía como del profeta, al cual debía después solicitar e interrogar.
Serían las cuatro y veinte minutos de la mañana de 21 de octubre de 1766, cuando la población de Caracas despierta aterrorizada al súbito estremecimiento que hace bambolear los edificios de la capital.
Al acto lánzanse los habitantes a la calle, y los gritos de -"Misericordia Señor"- se escuchan por todas partes. Nadie sabe qué hacer ni a donde ir, y todo inspira temor por largo tiempo, cuando al despertar la aurora se sabe que ningún edificio notable había caído, aunque casi amenazaban ruina sobre todos los templos. Dilatada fue el área de este sacudimiento que causó estragos en la región oriental de Venezuela...
Al amanecer del 21, el loco Saturnino estaba ya en Caracas sano y salvo, después de haber pasado la noche al pie de un árbol en la colina del Calvario. Jamás este pobre se vio tan rodeado de la muchedumbre y hasta de la gente de criterio, que quería saber del loco lo que éste ignoraba y había dicho inconscientemente. Pero Saturnino se limitó a contestar, a cuantos curiosos le interrogaban, con una frase:
-¿No se lo dije yo, que algo grande iba a suceder?
Obraba así, como si fuera el hombre más cuerdo.

Fuente: (Tomado de LEYENDAS HISTÓRICAS DE VENEZUELA, segunda serie, Caracas, 1890)

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Los Endiablados (Perú)


Ricardo Palma

Pepo Irasusta y Pancho Arellano eran amigos de uña y carne, de cama y rancho.
De repente, el pueblo dio en decir que habían hecho pacto con el demonio; y hoy mismo, al hablar de ellos, los llama los Endiablados.

¿Por qué? Esto es lo que el relato popular va a explicarnos.

Entretanto, lector, si te ocurre dar un paseo por San Jerónimo de Ica, hasta las piedras te referirán lo que hoy, alterando nombres por razones que yo me sé, ofrece tema a mi péñola.

Añadiré también, para poner fin al introito, que viven todavía en la ciudad de Valverde muchísimas personas que en el decenio de 1830 a 1840 conocieron y trataron a los héroes de esta conseja o sucedido.

I

Pancho Arellano era un indio cobrizo, que ganaba el pan de cada día, manejando una pala como peón caminero o mozo de labranza en un viñedo. El infeliz echaba los bofes trabajando de seis a seis para adquirir un salario de dos a tres pesetas e ir pasando la vida a tragos. Parecía destinado a nunca salir de pobre, pues ni siquiera había en él artimaña para constituirse jefe de club eleccionario, ni hígados para capitanear una montonera, cargos que suelen dejar el riñón cubierto.

Un día abandonó Arellano la lampa, y sin que nadie atinara a saber de dónde había sacado dinero, echose a dar plata sobre prendas con el interés judaico de veinticinco por ciento. Y fuele tan propiciamente, en oficio que requiere tener las entrañas de Caín y la socarronería de Judas, que, a poco hacer, se encontró rico como el más acaudalado del lugar.

En medio de su bienandanza, lo único que le cascabeleaba al antiguo patán era que el pueblo le negase el Don; pues grandes y pequeños, lo llamaban Ño Pancho el de la esquina.

-Esto no puede soportarse -se dijo una noche en que estaba desvelado-, es preciso que me reciba de caballero.

Y al efecto, empleó dos meses en preparativos para dar en su casa un gran sarao, al que invitó a todo lo más granado de la sociedad iqueña.

El usurero, picado por el demonche de la vanidad, desató los cordones de la bolsa, gastando algunos miles de pesos en muebles y farolerías que hizo traer de Lima. La fiesta fue de lo más espléndido que cabe. Digo bastante con decir que para asistir a ella emprendieron viaje desde la capital de la república un general, tres diputados a Congreso, el cónsul de su majestad Kamahameha IV, un canónigo, un poeta periodista y varias otras notabilidades.

Terminado el festejo, que duró ocho días, en los que Arellano echó la casa por la ventana para tratar a sus convidados a cuerpo de rey, quedó ejecutoriada su decencia, y todo títere empezó a llamarlo don Francisco. Era ya un caballero hecho y derecho, por mucho que los envidiosos de tan improvisada ascendencia le aplicarán la redondilla:

"¡Qué hinchado y qué fanfarrón
entre las ramas habita!
Pues sepan que fue pepita,
aunque ya lo ven melón".

Pasaban los años, aumentaba la riqueza de Don Francisco, y disfrutaba de la general consideración, que en este mundo bellaco alcanza a conquistarse todo el que tiene su pie de altar bien macizo.

Nadie paraba mientes en que el ricacho no cumplía ninguna de las prácticas de buen cristiano, y que lejos de eso, la daba de volteriano, hablando pestes del Papa y de los santos. Mas de la noche a la mañana se le vio confesar muy compungido en la iglesia de San Francisco, hacerse aplicar recios cordonazos por los frailes, beber cántaros de agua bendita y cubrirse el cuerpo de cilicios y escapularios.

Ítem, decía a grito herido que era muy gran pecador, y que el Malo estaba empeñado en llevárselo en cuerpo y alma.

De aquí sacaban en limpio las comadres de Ica, caminando de inducción en inducción, que Arellano para salir de pobre había hecho pacto con el diablo; y que estando para cumplirse el plazo, se le hacía muy cuesta arriba pagar la deuda.

Es testimonio unánime de los que asistieron a los funerales de don Francisco que en la caja mortuoria no había cadáver, porque el diablo cargó hasta con el envoltorio del alma.

II

Pepe Irasusta había sido un bravo militar que, cansado de la vida de cuartel colgó el chopo y se estableció en Ica. Aunque no vareaba la plata como su compadre y amigo Arellano, gozaba de cómoda medianía.

Por aquellos años, como hoy mismo, era fray Ramón Rojas (generalmente conocido por el padre Guatemala) la idolatría de los iqueños. Muerto en olor de santidad en julio de 1839, necesitaríamos escribir un libro para dar idea de sus ejemplares virtudes y de los infinitos milagros que le atribuyen.

Irasusta, que hacía alarde de no tener creencias religiosas, dijo un día en un corro de monos bravos y budingas:

-Desengañarse, amigos. Ese padre Guatemala es un cubiletero que los trae a ustedes embaucados hablándoles de la otra vida. Eso de que haya otro mundo es pampirolada; pues los hombres no pasamos de ser como los relojes, que rota la cuerda, ¡crac!, san se acabó.

-Otra cosa dirá usted, Don Pepe, cuando le ronque la olla, que más guapos que usted he visto en ese trance clamar por los auxilios de la iglesia -arguyó uno de los presentes.

-Pues sépase usted, mi amigo, que yo ni después de muerto quiero entrar en la iglesia -insistió Irasusta.

Era la noche del miércoles santo, e Irasusta se sintió repentinamente atacado de un cólico miserere tan violento que, cuando llegó a su lecho el físico para propinarle alguna droga, se encontró con que nuestro hombre había cesado de resollar.

No permitiendo el ritual que en jueves ni viernes santo se celebren funerales de cuerpo presente, ni siendo posible soportar la descomposición del cadáver, resolvieron los deudos darle inmediata sepultura en el panteón.

Así quedó cumplida la voluntad del que, ni después de muerto, quería entrar en la casa de Dios.

Pocos días después, en la iglesia de San Francisco y con crecida concurrencia de amigos celebrábanse honras fúnebres por el finado Irasusta.

En el centro de la iglesia y sobre una cortina negra leíase en grandes letras cortadas de un pedazo de género blanco:

¡¡¡JOSÉ IRASUSTA!!!

En los momentos en que el sacerdote oficiante iba a consagrar la Hostia divina, desprendiose un cirio de la cornisa del templo e incendió la cortina. Los sacristanes y monagos se lanzaron presurosos a impedir que se propagase el fuego; pero a pesar de su actividad, no alcanzaron a evitar que gran parte de la cortina fuese devorada.

Cuando se desvaneció el peligro, todos los concurrentes se fijaron en la cortina y vieron con terror que las llamas habían consumido las seis primeras letras de la inscripción, respetando las que forman esta palabra:

ASUSTA!!!

Aquí asustado el cronista, tanto como los espectadores, suelta la pluma, dejando al lector en libertad de hacer a sus anchas los comentarios que su religiosidad le inspire.

Fuente: Tomado de sus TRADICIONES PERUANAS (1870)

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La Isla del Diablo (Argentina)


Anónimo

No ha sido la de San Brandán o San Borondón la única isla viajera; sólo ha sido la más famosa. En la costa argentina, a una legua poco más o menos al este de la ciudad de Goya, existe una isleta que antiguamente cambiaba también de situación, si bien no llegaba a desaparecer como aquélla: es la Isla del Diablo.

Según la tradición, esta isla fue, en otra época, un islote fantasma. Unas veces aparecía más al Norte, otras más al Sur, y nunca se estaba fija en el mismo punto. Este cambio constante de situación no constituía, sin embargo, la principal dificultad para desembarcar en ella. El mayor obstáculo para el viajero que pretendiese poner la planta en la movediza tierra consistía en la ferocidad de sus habitantes: unos espíritus infernales capaces de amedrentar con sus gestos y gritos extraños al corazón más decidido y valiente.

Sometida a estos cambios de lugar y señoreada por tan horripilantes huéspedes, estuvo la isla durante muchísimo tiempo. Al cabo, estas condiciones cambiaron radicalmente. Un fraile misionero fue el autor de la benéfica variación.

Enterado de los fenómenos que en la isleta se daban e informando de la extraña naturaleza de los habitantes, concibió un proyecto para librar de maléficas influencias aquella porción de tierra. Su plan era un verdadero plan de conquista. Sin embargo, la expedición que organizó no presentó ningún aparato bélico. Su tropa estuvo constituida por fervorosos fieles que se dirigieron a la isleta rezando la más adecuadas preces; llevaba como enseña la más alta de todas -la de la Cruz- y como única arma, la del exorcismo.

Bendecida la tierra maldita, pudieron todos desembarcar en ella sin ninguna dificultad. Y desde entonces, la isla ya no ha vuelto a moverse.




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El sueño de la Diablesa (Venezuela)

Celestino Peraza

Se llamaba Magdalena, como la enamorada del Gólgota, y como ésta pasó del pecado al arrepentimiento. Pero no hasta el punto de la rubia galilea, porque la nuestra contrajo al fin matrimonio con Pedro Juan García, individuo que, muy al contrario de Jesucristo, había estropeado en los bailes muchas mejillas antes que le tocasen las suyas.
Después de su matrimonio, se fueron a vivir al vecindario de Tupuquén.
Tupuquén era uno de los veintiocho pueblos fundados por los padres catalanes, hoy casi todos en escombros. Y éste apenas sería conocido si no hubiese sucedido que, frente a él, en el río Yuruari que lo roza por la derecha, fue dónde se descubrió por primera vez el oro de nuestra hermosa Guayana.
Hay también otra razón por la cual Tupuquén goza de cierta celebridad en la región aurífera. Además de ser el abanderado de los descubrimientos mineros, brota en sus sabanas un pasto magnífico, especie de heno hecho venir de Egipto por "El Moro", inglés escéptico, descendiente directo de Lord Hamilton, quien se instaló, se casó y murió en Tupuquén, sin querer volver a Londres, donde su familia colmada de riquezas le llamaba con insistencia.
Con todo, y no obstante estar cerca de las explotaciones mineras, Tupuquén ha seguido arruinándose y para la época a que nos referimos, apenas quedaban cuatro o cinco casas de construcción antigua. En una de estas, precisamente en la que habitó "El Moro", de dos piezas solamente, con corredores circulares de altos pretiles, vivía la Diablesa con su marido y dos retoños de su reciente matrimonio.
Allá, en su juventud, Pedro Juan había sido de los afortunados en la mina. Había sacado oro en abundancia, pero el maldito juego de azar le había llevado todos los hermosos granos extraídos de la greda. De los restos de su pasada fortuna, sólo había salvado la suma en que compró doce vacas que sustentaban ahora a su mujer y sus hijos.
La Diablesa, que oía referir con frecuencia a su marido los dones con que la suerte le sonreía en otro tiempo, vivía siempre pensando en que aquello se repetiría algún día.
Una noche, la Diablesa se acostó pensando siempre en su idea favorita; y apenas se quedó dormida, cuando comenzó a soñar la cosa más penosa y a la vez la más agradable del mundo. Soñó que en el marco de la puerta que daba al corredor, veía a un hombre alto, flaco, de patillas rubias, ojos azules y vestido con un uniforme semejante al de coronel del ejército inglés, como ella lo había visto despierta en los cuadros pegados en la pared de la salita.
Aquella visión produjo en la Diablesa una pesadilla; quiso gritar, pero como sucede en tales casos, el grito no salía de la garganta, ahogado por el sueño. En este estado angustioso vio que el fantasma se llevó el índice a los labios en señal de imperioso silencio, y parándose en lo alto del marco, bajó la mano y señaló a sus pies, siempre mirando fijamente a la Diablesa.
Cuando ella bajó la vista, su pesadilla se transformó en alegría. Seis frascos, seis hermosos frascos bocones, de esos en los que los pulperos guardan sus conservas, estaban allí, en fila, abarcando todo el ancho de la puerta, repletos de oro en granos e iluminando el lugar con brillo deslumbrador.
Largo tiempo estuvo la Diablesa contemplándolos con su natural codicia, y cuando levantó la vista aparente del sueño, el fantasma había desaparecido.
La soñolienta despertó emocionada y ya no le fue posible conciliar de nuevo el sueño; pero no dijo una palabra a Pedro Juan que roncaba en su chinchorro.
Esperó con impaciencia el amanecer, y al llegar el día, después que su marido ordeñó las vacas, despachó la leche para El Callao y salió a pastar sus animales a la sabana en su yegüita castaña. Entonces la Diablesa echó mano de una barra de hierro y se dirigió a la puerta.
Sería imposible describir su emoción cuando tuvo el marco de la puerta al alcance de la barra. ¿Y si aquello no era cierto? ¿No sería una burla de su imaginación, pensando siempre en el oro? Si todo resultaba puramente un sueño, ¿no se enfadaría Pedro Juan con la demolición de su pobre vivienda?
-¡Bah! ¡Adelante! -exclamó con resolución-. Yo misma arreglaré el marco si Pedro se disgusta.
Y de un solo barrazo partió la tabla que coronaba el marco. Luego comenzó a demoler la masa de tierra y piedras embutidas entre las varas que la sostenían.
Al quinto golpe, la Diablesa oyó el sonido como de un cristal que se había roto, y su corazón palpitó con una emoción profunda, indefinible. Tal era su alegría, que se sintió sin fuerzas para continuar.
Por fin, ya repuesta, dio otro barrazo en el mismo lugar del vidrio roto. La barra atravesó la pared en sentido oblicuo, asomando su filo por la parte del corredor, y cuando la sacó, un chorro de granos de oro salió por el hueco que dejó la barra.
La Diablesa no pudo resistir aquel golpe de alegría y cayó desmayada, en el mismo momento en que Pedro Juan llegó. Corrió a levantarla del suelo sin saber de lo que se trataba...
Pedro Juan continuó la obra de su mujer. Allí estaban los seis frascos hermosos, repletos de oro bruto, en pepitas de diversos tamaños.
¿Eran de El Moro o de los padres catalanes? Nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que Pedro Juan no perdió en el juego esta nueva caricia de la fortuna, sino que compró un hato y educó a sus hijas en el convento de Demerara.

Fuente: (Tomado de LEYENDAS DEL CARONÍ, Caracas, 1908)

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Las Legendarias Amazonas (Latinoamérica)

Felipe Salvador Gili

Primero, es indudable que al mismo tiempo que El Dorado, surgieron al mundo Las Amazonas. Quiero decir las americanas, pues ya desde hace mucho tiempo son conocidas las otras a los curiosos de la historia antigua.
En carta al Cardenal Bembo (escrita por Fernando de Oviedo el 20 de enero de 1543) se hace mención de las que fueron halladas en el río Marañón por Francisco de Orellana. Y estas mujeres guerreras fueron la ocasión de que este gran río, que lleva el nombre de su descubridor, se llamase de Las Amazonas.
He aquí el relato preciso:
"En cierta parte tuvieron (Orellana y su gente) una batalla muy áspera y disputada. Los capitanes eran mujeres flecheras, que estaban allí de gobernadoras, aunque no lo fueran, porque como Su Reverendísima sabe, este nombre, según refiere Justino, se les daba porque carecían de un pecho... En el resto son poco diferentes, puesto que éstas viven todavía sin hombres y señorean muchas provincias y gentes, y en cierto tiempo del año hacen venir hombres a sus tierras, con los cuales se unen, y después que están grávidas, los echan, y si paren varón lo matan o lo envían al padre, y si hembras, las educan para aumento de su república... Todas estas mujeres dan obediencia a una reina riquísima, y ella y sus principales señoras usan vajillas de oro... según se sabe de oídas y por relaciones de indios".
Hasta aquí la citada carta... Pero no debo pasar por alto, porque es conformísimo al mío, el parecer del señor
M. la Condamine. Démonos útilmente el gusto de oírlo por extenso en su viaje a la América meridional:
"Nosotros preguntamos por todas partes -son sus palabras- a los indios de diversas naciones y nos informamos de ellos con diligencia grande si era verdad que ellas (Las Amazonas) vivían alejadas del trato de los hombres, sin recibirlos cerca de sí, sino una vez al año... Todos nos dijeron que así les habían oído contar a sus antepasados, añadiendo mil particularidades demasiado largas de repetir; pero todas tendientes a confirmar que en el continente había una república de mujeres que vivían solas, sin tener hombres entre ellas, y que se habían retirado a la parte de tramontana, tierra adentro, o por el río Negro, o por uno de aquellos que descienden del mismo lado hacia el Marañón.
"Un indio de San Joaquín de los Omaguas nos dijo que habríamos encontrado, quizás en Coari, a un viejo cuyo padre había visto las amazonas. Supimos en Coari que el indio indicado había muerto, pero hablamos con su hijo, hombre de buen sentido, que parecía de unos setenta años y que mandaba a los otros indios de la aldea. Nos aseguró éste que su abuelo había visto en efecto a estas mujeres pasar a la entrada del río Cuchivara... que ellas venían del río Cayame, que desemboca en el Amazonas... que había hablado con cuatro de ellas y que una llevaba una niña al pecho. Nos dijo el nombre de cada una, y añadió que partiendo del Cuchivara, atravesaron el gran río y tomaron el camino del río Negro... Más abajo de Coari los indios nos dijeron por todas partes las mismas cosas con algunas variaciones en las circunstancias, pero estuvieron todos de acuerdo sobre el punto principal... Por eso, aun cuando no se encontrasen ya hoy vestigios reales de esta república de mujeres, no sería bastante para afirmar que no haya existido nunca."
No sólo ha existido, añado yo, sino que existe todavía. Es así. La nación femenil de que tantas y tan diversas naciones -y tan alejadas entre sí-, hablaron a M. La Condamine tan claramente, existe todavía. Yo no soy testigo ocular de ello, pero es tal el relato que voy a hacer, que no se le puede negar fe, sino mediante sofismas:
Como preguntase yo pormenorizadamente a los quaquas, habitantes del Cuchivero, sobre las naciones que habitaban en las orillas y en las cercanías de este río... me nombraron finalmente a una cuyo nombre es éste: Aikeam´-benanó...
-¿Cómo?, dije al indio Vachá, ¿Cómo una nación de solas mujeres?
Esto quiere decir la palabra citada.
-Así es, dijo él. En el alto Cuchivero hay una nación que se compone de solas mujeres. Es sumamente belicosa, y en vez de hilar algodón como nuestras mujeres, fabrican de continuo cerbatanas y otros pertrechos de guerra.
Una vez al año -continuó él- admiten a hombres... Enseguida que están embarazadas, les dan en premio cerbatanas, y los devuelven a sus países.
En dando a luz matan a los varones y guardan las mujeres para perpetuar su nación.
Hasta aquí Vachá... Añado que estas mujeres son de lenguaje semejante a los tamanacos, y si se quisiera negar con todo, lo dice la palabra Aikeam´-benanó, toda tamanaca.

Fuente: (Tomado de ENSAYO DE HISTORIA AMERICANA, Roma, 1782)

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El fantasma de la monja (México)

(Autor anónimo / Leyenda popular mexicana)


Cuando existieron personajes en esa época colonial inolvidable, cuando tenemos a la mano antiguos testimonios y se barajan nombres auténticos y acontecimientos, no puede decirse que se trata de un mito, una leyenda o una invención producto de las mentes de aquél siglo. Si acaso se adornan los hechos con giros literarios y sabrosos agregados para hacer más ameno un relato que por muy diversas causas ya tomó patente de leyenda. Con respecto a los nombres que en este cuento aparecen, tampoco se ha cambiado nada y si varían es porque en ese entonces se usaban de una manera diferente nombres, apellidos y blasones.
Durante muchos años y según consta en las actas del muy antiguo convento de la Concepción, que hoy se localizaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las monjas enclaustradas en tan lóbrega institución, vinieron sufriendo la presencia de una blanca y espantable figura que en su hábito de monja de esa orden, veían colgada de uno de los arbolitos de durazno que en ese entonces existían. Cada vez que alguna de las novicias o profesas tenían que salir a alguna misión nocturna y cruzaban el patio y jardínes de las celdas interiores, no resistían la tentación de mirarse en las cristalinas aguas de la fuente que en el centro había y entonces ocurría aquello. Tras ellas, balanceándose al soplo ligero de la brisa noctural, veían a aquella novicia pendiente de una soga, con sus ojos salidos de las órbitas y con su lengua como un palmo fuera de los labios retorcidos y resecos; sus manos juntas y sus pies con las puntas de las chinelas apuntando hacia abajo.
Las monjas huían despavoridas clamando a Dios y a las superioras, y cuando llegaba ya la abadesa o la madre tornera que era la más vieja y la más osada, ya aquella horrible visión se había esfumado.
Así, noche a noche y monja tras monja, el fantasma de la novicia colgando del durazno fue motivo de espanto durante muchos años y de nada valieron rezos ni misas ni duras penitencias ni golpes de cilicio para que la visión macabra se alejara de la santa casa, llegando a decir en ese entonces en que aún no se hablaba ni se estudiaban estas cosas, que todo era una visión colectiva, un caso típico de histerismo provocado por el obligado encierro de las religiosas.
Más una cruel verdad se ocultaba en la fantasmal aparición de aquella monja ahorcada, colgada del durazno y se remontaba a muchos años antes, pues debe tenerse en cuenta que el Convento de la Concepción fue el primero en ser construído en la Capital de la Nueva España, (apenas 22 años después de consumada la Conquista y no debe confundirse convento de monjas-mujeres con monasterio de monjes-hombres), y por lo tanto el primero en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Vivían pues en ese entonces en la esquina que hoy serían las calles de Argentina y Guatemala, precisamente en donde se ubicaba muchos años después una cantina, los hermanos Avila, que eran Gil, Alfonso y doña María a la que por oscuros motivos se inscribió en la historia como doña María de Alvarado.
Pues bien esta doña María que era bonita y de gran prestancia, se enamoró de un tal Arrutia, mestizo de humilde cuna y de incierto origen, quien viendo el profundo enamoramiento que había provocado en doña María trató de convertirla en su esposa para así ganar mujer, fortuna y linaje.
A tales amoríos se opusieron los hermanos Avila, sobre todo el llamado Alonso de Avila, quien llamando una tarde al irrespetuoso y altanero mestizo, le prohibió que anduviese en amoríos con su hermana.
-Nada podeís hacer si ella me ama -dijo cínicamente el tal Arrutia-, pues el corazón de vuestra hermana ha tiempo es mío; podéis oponeros cuanto queráis, que nada lograréis.
Molesto don Alonso de Avila se fue a su casa de la esquina antes dicha y que siglos después se llamara del Relox y Escalerillas respectivamente y habló con su hermano Gil a quien le contó lo sucedido. Gil pensó en matar en un duelo al bellaco que se enfrentaba a ellos, pero don Alonso pensando mejor las cosas, dijo que el tal sujeto era un mestizo despreciable que no podría medirse a espada contra ninguno de los dos y que mejor sería que le dieran un escarmiento. Pensando mejor las cosas decidieron reunir un buen monto de dinero y se lo ofrecieron al mestizo para que se largara para siempre de la capital de la Nueva España, pues con los dineros ofrecidos podría instalarse en otro sitio y poner un negocio lucrativo.
Cuéntase que el metizo aceptó y sin decir adiós a la mujer que había llegado a amarlo tan intensamente, se fue a Veracruz y de allí a otros lugares, dejando transcurrir los meses y dos años, tiempo durante el cual, la desdichada doña María Alvarado sufría, padecía, lloraba y gemía como una sombra por la casa solariega de los hermanos Avila, sus hermanos según dice la historia.
Finalmente, viendo tanto sufrir y llorar a la querida hermana, Gil y Alonso decidieron convencer a doña María para que entrara de novicia a un convento. Escogieron al de la Concepción y tras de reunir otra fuerte suma como dote, la fueron a enclaustrar diciéndole que el mestizo motivo de su amor y de sus cuitas jamás regresaría a su lado, pues sabían de buena fuente que había muerto.
Sin mucha voluntad doña María entró como novicia al citado convento, en donde comenzó a llevar la triste vida claustral, aunque sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo Arrutia entre rezos, angelus y maitines. Por las noches, en la soledad tremenda de su celda se olvidaba de su amor a Dios, de su fe y de todo y sólo pensaba en aquel mestizo que la había sorbido hasta los tuétanos y sembrado de deseos su corazón.
Al fin, una noche, no pudiendo resistir más esa pasión que era mucho más fuerte que su fe, que opacaba del todo a su religión, decidió matarse ante el silencio del amado de cuyo regreso llegó a saber, pues el mestizo había vuelto a pedir más dinero a los hermanos Avila.
Cogió un cordón y lo trenzó con otro para hacerlo más fuerte, a pesar de que su cuerpo a causa de la pasión y los ayunos se había hecho frágil y pálido. Se hincó ante el crucificado a quien pidió perdón por no poder llegar a desposarse al profesar y se fue a la huerta del convento y a la fuente.
Ató la cuerda a una de las ramas del durazno y volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer y al amado mestizo por abandonarlo en este mundo.
Se lanzó hacia abajo.... Sus pies golpearon el brocal de la fuente.
Y allí quedó basculando, balanceándose como un péndulo blanco, frágil, movido por el viento.
Al día siguiente la madre portera que fue a revisar los gruesos picaportes y herrajes de la puerta del convento, la vio colgando, muerta.
El cuerpo ya tieso de María de Alvarado fue bajado y sepultado ese misma tarde en el cementerio interior del convento y allí pareció terminar aquél drama amoroso.
Sin embargo, un mes después, una de las novicias vió la horrible aparición reflejada en las aguas de la fuente. A esta aparición siguieron otras, hasta que las superiores prohibieron la salida de las monjas a la huerta, después de puesto el sol.
Tal parecía que un terrible sino, el más trágico perseguía a esta familia, vástagos los tres de doña Leonor Alvarado y de don Gil González Benavides, pues ahorcada doña María de Alvarado en la forma que antes queda dicha, sus dos hermanos Gil y Alonso de Avila se vieron envueltos en aquella conspiración o asonada encabezada por don Martín Cortés, hijo del conquistador Hernán Cortés y descubierta esta conjura fueron encarcelados los hermanos Avila, juzgados sumariamente y sentenciados a muerte.
El 16 de julio de 1566 montados en cabalgaduras vergonzantes, humillados y vilipendiados, los dos hermanos Avila, Gil y Alonso fueron conducidos al patíbulo en donde fueron degollados. Por órdenes de la Real Audiencia y en mayor castigo a la osadía de los dos Avila, su casa fue destruída y en el solar que quedó se aró la tierra y se sembró con sal.



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El alma de Turututo (Perú)

Ricardo Palma

I

Por los años de 1560 era Guayaquil, aunque fundada en 1536, una de las más florecientes ciudades de la costa del Pacífico. La actividad de su comercio, su riqueza agrícola y más que todo las comodidades de su varadero para el reparo y calafateo de las naves, auguraban a Guayaquil un porvenir que hoy sería envidiable si los caudales que obtiene, merced a su situación geográfica y demás condiciones, no sirvieran para dar de comer al resto de la república.
Guayaquil, con la única aduana productiva del Ecuador, es la gran arteria que alimenta la vida de la nación. Así se comprende que alguna vez hayan pretendido los guayaquileños llamarse a dueños de casa y hacer de su capa un sayo.
Los habitantes, en medio de esa indolencia inherente a los moradores de regiones cálidas, no carecen de vigor físico. La inteligencia de los hombres es generalmente menos clara que la del bello sexo. No es esto decir que no haya sido cuna de grandes talentos, como el poeta Olmedo, Don Pedro Carbo, Don Vicente Piedrahita y muy pocos más. Ellos son valientes en el campo de batalla; pero sus andaluzadas para contar proezas han dañado su fama de bravos.
No busquéis en Guayaquil segundas ni terceras lanzas; perderíais lastimosamente vuestro tiempo. Allí no hay sino primeras lanzas. Todos son Otamendi o Camacaro, dos guapos de la época de la independencia que contaban con mucho aplomo que de una lanzada traspasaban, como San Jorge, al mismo Lucifer.
La guayaquileña tiene la belleza del diablo; cuerpo gentil, ojos animadísimos, expresión graciosa, no poco arte y vivísima fantasía. En ella hay mucho de la mujer de Oriente. Pasa las horas muertas reclinada con molicie en la hamaca, con un libro y un abanico en las manos y dejando adivinar voluptuosas y esculturales formas por entre los pliegues de la ligera gasa de su traje.
Ama las flores más que una holandesa; pero por pereza jamás cultiva un jardín. Nadie como ella tiene cierta coquetería instintiva para prender una flor en el peinado. Olvidaba decir que el jazmín del Cabo es allí el complemento de la mujer. No concibo la una sin la otra.
La guayaquileña aborrece las medianías. Ama los buenos versos y la buena música. Byron y Bellini habrían hallado en Guayaquil su paraíso. Sobre todo, es abnegada y odia la prosa de los números. Para ella las matemáticas maldita la falta que hacen sobre la tierra, y se apasiona por todo lo romancesco. Sencilla a veces como un idilio y soñadora otras como un lieder de los poetas alemanes, sabe siempre revestir de idealismo sus impresiones.
Precisamente lo poético de su organización la hace creer en todo lo maravilloso y sobrenatural, como el espiritismo o las mesitas parlantes. Una guayaquileña os contará cuentos de hadas y duendes, y os hablará con seductor misticismo de milagros y de almas en pena, todo con tan animados colores como si estuviera leyéndoos un libro de Ana Radcliffe.
Perdónenme si mi prosaica pluma va a despoetizar una tradición popular del Guayas.

II

Tuturuto, como más tarde Pancho el Negro, era por los tiempos a que nos hemos referido el terror de todos los que en balsas o canoas se aventuraban, entrada la noche, a cruzar el río de la Puná a Guayaquil.
La navegación del Guayas no está exenta de peligros; y en esa época, más temible que el de los caimanes cebados y alimañas ponzoñosas era el de un encuentro con Tuturuto.
Cuando los balseros creían haber escapado, se les aparecía, saliendo de un estero, el bote pirata de Tuturuto que, como un fantástico Neptuno, iba de pie junto al timón, mientras seis vigorosos remeros hacían deslizarse rápidamente la embarcación sobre la superficie del agua. Abordaban las balsas o canoas sin proferir un grito, robaban lo más valioso del cargamento, y cuando, lo que pocas veces aconteció, les oponían resistencia, mandaba Tuturuto arrojar al río a los vencidos con una piedra en los pies para que sirvieran de manjar a los caimanes.
Tuturuto tenía pretensiones de sultán. Si en la embarcación sorprendida encontraba mujeres jóvenes las hacía prisioneras, llevándolas al monte, donde las conservaba, haciendo las delicias de su serrallo, hasta que nuevas cautivas venían a reemplazarlas. Entonces las daba libertad o las cedía a los hombres de su banda.
En vano la autoridad dispuso batidas en el monte y armó celadas en el río. Tuturuto era zorro que burlaba todas las trampas.
Pero tanto va el cántaro a la fuente, hasta que sale sin asa. Una de las cautivas de Tuturuto, con humos de sultana favorita, le clavó un día tan soberbia puñalada en el corazón que lo dejó difunto, y la banda, sin jefe que la dominase, se dispersó por el monte. ¡Cuán cierto es que lo que no alcanzan barbas lo consiguen faldas!
Creo que la noticia se celebró en Guayaquil con corrida de toros y Tedeum.
Poco tiempo después levantose el rumor de que en las noches más lóbregas y lluviosas, el alma de Tuturuto pasaba frente a la ciudad en una balsa iluminada, y las viejas le rezaron al bandido y aun le pagaron novenario de misas.
Si vivo había sido el terror de los balseros, muerto se convirtió en pesadilla de la gente crédula y en coco de los chiquillos, a quienes las madres repetían: "Si no callas, angelito, llamo a Tuturuto".
Lo particular es que realmente se vio la balsa iluminada y que aun en nuestros días se la ve. La ciencia ha venido a explicar el fenómeno sencillísimo y frecuente en nuestras montañas.
En la estación de lluvias y de creciente para los ríos, arrastran éstos grandes troncos y aun árboles seculares que en las tinieblas toman apariencia de balsas, sobre cuyas ramas navegan millares de cocuyos y demás moscas e insectillos luminosos.
Y el que busque más explicación que la pida al ilustre Raimondi, al estudioso Barranca u otro naturalista.
Nada hay, pues, de forzado en que los primeros pobladores de Guayaquil, poco entendidos en la materia, creyeran como artículo de fe que el alma de Tuturuto peregrinaba por la ría.

Fuente: (Tomado de TRADICIONES PERUANAS, Cuarta Serie, Lima, 1877)

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