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Argumentos para la construcción del oficio artístico

Una apología de la educación artística es, en primer lugar, una defensa de la construcción del oficio artístico.

En éste constan la concentración y el esfuerzo necesarios para la creación de un instrumento expresivo, capaz de generar experiencias estéticas que transforman nuestra percepción y perduran en el criterio según el cual distinguimos lo que nos gusta de lo que no nos gusta, lo que consideramos bello e interesante de lo que estimamos zafio y anodino.

La construcción del oficio artístico no es lo mismo que la conformación del juicio estético, aunque ambas se cruzan, entrelazan y recorren caminos paralelos en el decurso de la educación artística.

El oficio comprende la adquisición de procedimientos y protocolos, la repetición y asimilación de gestos que son perfeccionados en aras de dominar un instrumento, cuyo objetivo es desarrollar el lenguaje que permite al artista poner de manifiesto su juicio estético a través de piezas específicas o, incluso, crear nuevos instrumentos.

La introducción a la construcción del oficio artístico suele ocurrir en la juventud, si bien para algunos comienza en la niñez.

A menudo se presenta a partir de la educación media superior; entonces los jóvenes interesados en carreras radicadas en las artes se percatan rápidamente de que el aprendizaje del oficio precisa atención y práctica:

1 repeticiones ejecutadas con cuidado y esmero.

Ésto comprende un proceso que puede ser aburrido, sobre todo puesto en contraste con el proceso vibrante y revelador inherente a la conformación del juicio estético, donde no faltan hallazgos explícitos, fuentes de inspiración novedosas, ejemplos de virtuosismo, nuevas vías para encauzar la curiosidad, espacios para la experimentación, etc.

No obstante, cabe hacer un paréntesis para señalar el chasco que se llevan quienes esperan de la formación artística la oportunidad de ornamentar su descuido y falta de concentración, mediante la adquisición de afectaciones propias de una caricatura:

la caricatura del artista indisciplinado, atormentado, que prescinde del oficio so pretexto de su genialidad desbordada. Tal chasco es mero síntoma de un proceso formativo incompleto e insuficiente, pesadilla de los padres de familia preocupados por las inquietudes aparentemente artísticas de sus retoños y fuente de frustración para el joven aprendiz de las artes, colmado de modelos pero carente de instrumentos para seguirlos o superarlos. La concentración propia de la construcción del oficio artístico, ofrece, por lo demás, una ventaja contemporánea valiosísima que hemos anticipado:

se opone directamente a la distracción, mejor dicho, a la amplísima gama actual de formas de la distracción.

Sólo por ello vale la pena difundir la educación artística en general.

Su primera bondad, su cualidad radical, consiste en permitir a sus usuarios prescindir del ruido que priva en nuestro medio ambiente, omitir el caos de las representaciones simbólicas característico del ecosistema mediático experimentado por la mayoría de los jóvenes 2 en occidente.

La construcción del oficio artístico importa y trasciende los límites de la educación artística, porque nos permite adoptar un papel activo en la construcción e interpretación de los símbolos que nos rodean: nos obliga, por sobre todas las cosas, a ser buenos intérpretes y dedicar nuestro trabajo a la creación del buril con el que trazamos nuestra impronta en la realidad.

Ignacio Guerrero.
Doctorado en Filosofía
Universidad Complutense de Madrid
Administra «Gto Colabora»
Administra «Casa Antena»

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