El arte de desafiar a la muerte y sobrevivir: Reflexiones del budismo tibetano sobre el cuerpo sutil

Vicky Esperanza Prieto (decoración) Buda in Berlín

 

Budismo vajrayana (también conocido como budismo tántrico o budismo tibetano)

Tony Karam, fundador de Casa Tíbet México, explica de una manera magistral y sencilla conceptos clave del budismo vajrayana, y describe el proceso por el que los adeptos de esta escuela logran mantener la conciencia después de la muerte del cuerpo biológico:

La tradición budista es, por definición, una tradición espiritual, y lo que se quiere decir por el hecho de afirmar que es una tradición espiritual, es que contempla el hecho de que aquello que nos anima, lo cual esta tradición define como la conciencia, no es una propiedad emergente del organismo físico; esto es, que nuestro cuerpo no crea, en consecuencia de una muy complicada y compleja organización a la conciencia, sino que más bien meramente la transmite temporalmente. Podríamos emplear como comparación la programación radial, y el radio como maquina o como hardware en sí mismo: el radio no produce la programación radial, simplemente la capta, la sintoniza, la decodifica, la amplifica y después la proyecta; de la misma manera la tradición budista, como muchas tradiciones espirituales, y quizá este es el elemento que define precisamente esa condición, afirma que aquello que nos anima es una condición distinta a la corporal pero que emplea temporalmente el cuerpo para manifestarse en un plano, en un universo, en un mundo en particular de experiencia o de existencia.

Así, esta tradición define a la conciencia como un flujo de eterna continuidad de experiencia, una especie de energía lucida o consciente que no se crea, no se destruye, sólo se transforma; desde esta perspectiva, la tradición budista no contempla la muerte como un fin absoluto (es decir, como desaparición y desorganización de la conciencia y, por lo tanto, de la vida), contempla la muerte como una transición entre una forma de vida y otra.

Dado el hecho de que la tradición budista contempla la muerte como un estado de transición entre una forma de vida y otra, también equipara o reconoce en el tránsito del morir patrones por los que nosotros transitamos durante este entre-estado natural que es la vida, por ejemplo, el entre-estado de transición entre la vigilia y el sueño profundo sin sueños y la transición entre el sueño profundo sin sueños y el estado de sueño onírico, y después la transición de vuelta del sueño onírico al sueño profundo y del sueño profundo al estado de vigilia; así entonces se contempla la muerte a esas transiciones, y por lo tanto se afirma, por ejemplo, que nosotros podemos experimentar la experiencia onírica, es decir, los sueños, de dos diferentes maneras: podemos hacerlo inconscientes del hecho de que estamos soñando, y por lo tanto presas y controlados por el contenido del sueño al que equívocamente le proyectamos realidad objetiva, o en contraste podemos “despertar dentro del sueño”, hacernos lúcidos en éste y controlar las apariencias del sueño y, por lo tanto, liberarte de la tiranía que ordinariamente ejercen sobre de ti al reconocer su naturaleza ilusoria, esto es, reconocer que los sueños no existen independientes al acto de soñar.

De la misma manera, esta tradición contempla que la muerte es muy similar al tránsito del soñar y que, por lo tanto, podemos transitar el período de morir inconscientes de su naturaleza ilusoria y controlados por sus apariencias, o en contraste, podemos despertar a hacernos lúcidos en ese tránsito y tener injerencia en el mismo, de tal manera que nosotros podemos impulsar a nuestra conciencia hacia un renacimiento particular, que sea favorable para nuestro desarrollo evolutivo, y para esto nos preparamos durante toda la vida, por ejemplo, trabajando con el sueño, de tal manera que lo transformamos en una experiencia lúcida y consciente, ejercemos dominio sobre sus apariencias, y así nos preparamos para este sueño más profundo y más coherente que es el de morir.

Otra preparación que es importante teniendo en cuenta que morimos como vivimos es, por ejemplo, la preparación ética, que tiene como objetivo tratar de vivir nuestras vidas de la forma más constructiva, positiva y virtuosa posible, dado el hecho de que estos hábitos, impresiones y tendencias que depositamos en la continuidad de la conciencia, naturalmente van a operar como los motores que nos impulsan hacia una nueva existencia, así que si hemos vivido con integridad vamos a morir simultáneamente con integridad y vamos a toparnos o vernos expuestos a condiciones muy favorables para nuestro desarrollo evolutivo en vidas futuras. Nos preparamos también a través de la meditación discursiva, imaginando destinos, mundos paralelos, de tal manera que en el momento que nos vemos expuestos a estas realidades alternativas las podemos abrazar con naturalidad y no con temor y ansiedad, nos familiarizamos tanto con la mecánica del morir que ésta no nos toma por sorpresa y no nos genera ansiedad o miedo, y al mismo tiempo abrimos la mente a muchos distintos destinos en los que la mente puede experimentar renacimiento, nos familiarizamos con diferentes alternativas de vida acordes a las descripciones que nos aporta la descripción budista.

La tradición budista contempla que nuestra identidad tanto física como mental no es unitaria, esto es, que nosotros no sólo tenemos un cuerpo sino que el cuerpo que tenemos o somos es una colección de componentes transitorios materiales y, en ese contexto, una colección de cuerpos.

Así, la tradición budista habla en términos de nuestra corporeidad física de tres diferentes dimensiones:

El cuerpo groso, que es el cuerpo de carne y hueso.

El cuerpo llamado adamantino, que es el cuerpo de energía sutil que está compuesto de canales, de puntos de ensambles energéticos y de cargas primarias de energía femenina y masculina.

Y, finalmente, habla de un cuerpo en extremo sutil, que es aquel que alberga a lo largo del vivir corporal a la naturaleza fundamental de la mente.

Así también la tradición budista habla de tres dimensiones de la conciencia, dado el hecho de que la conciencia también es una entidad compuesta, una colección de componentes transitorios y temporales mentales, una sucesión de instantes o momentos mentales que se dividen en tres grandes dimensiones:

La mente grosa, que es la psique, que en nuestro caso es humana, que opera y funciona en un vínculo o gran cercanía al cuerpo físico.

La mente sutil, que es la que transita de una vida a otra independiente al cuerpo físico y donde se depositan las semillas del karma y la historia de la infinitud de nuestras vidas, pero que todavía es una conciencia dualista y aflictiva y está vinculada al cuerpo adamantino.

La mente en extremo sutil, que es la naturaleza esencial de la conciencia que está vinculada temporalmente mientras vivimos al cuerpo en extremo sutil, llamado el de “la gota indestructible”, pero que cuando transitamos por el morir se separa definitivamente de éste; esta una mente que no es afectada, que no está influenciad por nuestras aflicciones mentales y emocionales, es una mente que no es dualista, pues su naturaleza fundamental es pura y despierta a pesar del hecho de que nosotros no la hemos hecho funcional y consciente a lo lago de la vida; sin embargo, ésa es nuestra naturaleza.

Durante la vida y particularmente en el tránsito de morir, transitamos constantemente entre diferentes estados de conciencia en donde operan por momentos la conciencia grosa, que es la habitual en nosotros, por momentos la conciencia sutil y por momentos la conciencia en extremo sutil. Por ejemplo, cuando te ves expuesto a una sorpresa o un susto, cuando bostezas, estornudas o suspiras, o cuando arribas al pico del orgasmo, la conciencia grosa experimenta una temporal discontinuidad y aparecen estas conciencias más sutiles, en el trance entre el estado de vigilia y el dormir, pero el momento en donde esas transiciones se manifiestan con particular intensidad es naturalmente durante el trance del morir. En el trance de morir el cuerpo groso se desorganiza y por lo tanto deja de sustentar a la conciencia grosa, la cual experimenta discontinuidad; es ahí cuando surge como sistema operativo primario el cuerpo sutil, el cuerpo de energía y con él la operación de la conciencia que de éste depende u opera en vínculo con éste que es la conciencia sutil, y durante el trance de morir ese cuerpo energético también se desorganiza temporalmente, deja de sustentar a la conciencia sutil, surge el cuerpo en extremo sutil y con la conciencia más sutil, que es una que no es aflictiva; es en ese momento, por el cual todos los seres dotados de vida transitan, que tenemos una genuina oportunidad de reconocer esa naturaleza fundamental que en el estado de vigilia rara vez florece del todo clara, poderla estabilizar y a través de ese medio lograr la plenitud, el despertar y la iluminación, entendiendo ese estado del despertar y la iluminación como no otro que aquel en donde esa naturaleza fundamental de la mente se manifiesta de forma lúcida y funcional.

Si bien esto acontece de forma natural en el transito del morir, no es fácil reconocer esa naturaleza fundamental, porque a lo largo de vida y vidas, no hemos generado en buena medida familiaridad con ésta y cuando la misma surge en nosotros lo que generalmente acontece es que la impresión es tan poderosa y tan intensa que, ya sea deseamos atraparla y se nos escapa, o simplemente nos desmayamos.

Entonces tenemos que trabajar (trabajarnos) a lo largo de la vida para poder reconocer el instante en que esa mente en su estado desnudo aparece, y podernos relajar en ella, sin tratar de atraparla y al mismo tiempo sin desmayarnos, y si logramos eso, que no es fácil, esa experiencia nos conduciría a la plenitud, el despertar y la iluminación.

La muerte, nos dice Tony, es una transición entre un sueño y otro sueño, el reto que tenemos es despertar, no sólo en el transito del morir, sino en la vida cotidiana:

El Alma me parece como una mariposa infinita de holográficas alas contenida en un capullo mente-materia-espacio-tiempo, que desea que su huésped se esfuerce hasta lograr transgredir los límites impuestos por la naturaleza; el juego consiste en lograr batir las alas de la percepción para volar hacia la inmensidad de lo desconocido.

Fuente/FL