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Alfonso Zapico, la velocidad de la calma

Alfonso Zapico en Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Alfonso Zapico en Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Gasta melenita de músico, ojos curiosos por devorarlo todo, un tono de voz sosegado, el bigotito misterioso y de otro siglo. Alfonso Zapico (Blimea, 1981) es un genio discreto, de los que solo la lucidez y el buen humor perfilan de poeta de lo humano más allá de cualquier otra máscara. El Premio Nacional de Cómic en 2012 por su novela gráfica Dublinés, basada en la obra de James Joyce, lo cubrió de galones y heroísmo. Se instaló en Angoulême desde la Cuenca del Nalón, gracias a una beca de la Cité de la Bande Dessinée, y ahí comprendió bien el trabajo de taller con otros autores, en esa ciudad pequeñita del sudoeste de Francia con la mayor concentración de ilustradores y autores de cómic de Europa. Tiene en la calma una gran aliada, su clima vital y el asidero más robusto. Jean Lorrain decía que nuestros vicios volverán máscaras nuestros rostros; el suyo no puede estar más iluminado. Nuevamente, en su personaje y en su obra entera, el arte vuelve a ser todo aquello que hace que la vida sea más importante que el arte. No es martirologio, sino pura esencia.

Durante mucho tiempo he notado una dicotomía importante, visceral, entre el cómic franco-belga y el americano. ¿Son rivales en modernidad? ¿Hasta qué punto ha asimilado ambas tradiciones?

Para diferenciar, la gente divide casi todo en “franco-belga, americano o manga”. Yo tengo una cultura muy europea, crecí con la BD francesa y el TBO español tradicional, me hice adulto con la “nouvelle BD” de autores europeos que aparecieron con la novela gráfica. El cómic americano mainstream me queda muy lejos, igual que el manga. Pero hay autores americanos o japoneses de los que me interesan sus historias, como Seth o Mizuki.

Sigue siendo, pese a los muchos premios de por medio, un artesano de la historieta. Huye de las nuevas tecnologías y continúa anclado en el dibujo tradicional, en papel y plumilla, aguada o pincel. ¿Nos puede contar algo de su técnica, de esa pasión por lo tradicional y lo de siempre?

Como ilustrador para publicidad o literatura juvenil utilizo mucho la tecnología, por comodidad. Pero para el cómic soy más clásico, me gustan la plumilla y la tinta china. Trabajo en un formato pequeño (A4) que me permite viajar y dibujar, y prefiero la aguada al Photoshop, aunque he conseguido cierto equilibrio entre lo manual y lo digital. Mi método es sencillo, mis materiales muy básicos. La complejidad queda para la historia.

La literatura, y de la buena, vuelve a estar presente en el mundo del cómic. Amarillo, de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, el último Premio Nacional, hace un poco lo que usted hizo con Joyce. Es un homenaje a Kerouac y la Beat Generation…

A Juan Canales le gusta la buena literatura, se le nota, y vuelca toda una serie de referentes en su serie “Blacksad”. La América de aquellos escritores malditos, autores de novelas que no llegaron a ver la luz, su desprecio por las convenciones sociales o por la vida misma se transforma en personajes antropomorfos dibujados por Guarnido. El álbum termina como lo hizo aquella época, en forma de tragedia.

De la temporada me ha llamado mucho la atención Pepe, de Carlos Giménez, finalista del Nacional, que no ganó por poquísimo. Un homenaje a José González, creador de Vampirella. Parece que el cómic comienza a ordenar todo su pasado, toda su tradición y del mejor modo…

Este año formé parte del jurado del Premio Nacional, y lo más interesante de la terna de títulos posibles fue la mezcla de autores veteranos (Giménez, Sento) con nuevos creadores, algunos desconocidos hasta ahora (Pulido, Nadar). El cómic español vive una especie de transición, en la que aún faltan el reconocimiento a sus autores históricos y la apertura del mercado editorial a través de la novela gráfica.

Bohemia y postureo

En la Transición se decía que el cómic era el cine de los pobres. ¿Hay mucha bohemia en el mundo del historietismo? ¿Mucho universo freak? ¿Una estela completa de raros, bohemios y curiosos? ¿Mucho loco?

Pienso que el mundo del cómic tiene sus propios códigos y su propia naturaleza, pero no ha de ser muy diferente al mundo del cine, la literatura o la música. El cómic es un lenguaje -si no nuevo- redescubierto y puesto en valor recientemente, y lo mismo pasa con sus autores. Escasea la bohemia, y la poca que asoma es, quizá, simple postureo. Como en casi todas las artes, por cierto.

Aumenta el cómic con, digámoslo así, preocupaciones sociales. La Fundación Telefónica dedica por primera vez en su historia una retrospectiva a Paco Roca. Los surcos del azar, sobre los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, podrían ir en paralelo a su visión de Octubre del 34, que acaba de aparecer. ¿Todo es política, como quería Simone de Beauvoir?

Todo es política para mí, es mi percepción del mundo. Y el cómic, que durante muchos años estuvo amordazado por la política de este país y por su mercado editorial, se permite hoy como lenguaje universal tratar todos los temas y llegar a todos los lectores. Paco dibuja sus republicanos igual que yo a mis mineros, ambos hablamos de la Historia, la memoria o el sentido de la existencia humana en medio de un conflicto.

Aumenta también la conciencia social del cómic en el medioambiente. El Roto acaba de dedicar un libro a ello (El libro verde) donde sostiene que la crisis puede pasar pero no así la destrucción masiva del medio ambiente, y que todo va más unido de lo que se piensa. Cuando se destroza un bosque, seguramente la corrupción del urbanismo está detrás…

Ahora me acuerdo del Algarrobico, ese hotel fantasma frente al Mediterráneo. Era un cementerio construido sobre una playa protegida, una metáfora del absurdo de los peores años. Aumenta la conciencia en general de los autores de cómic, que publican obras sobre el medioambiente, la corrupción política, el desempleo juvenil o la religión. Quizá la clave está más en la conciencia que en el tema elegido.

Y aumenta el cómic que pretende desentrañar el misterio creativo. Pienso en sus dos libros sobre Joyce (Dublinés, La ruta Joyce), canónicos y celebrados, pero también en Dibujar las Meninas, toda una reflexión biográfica sobre Velázquez, de Juanjo Olivares y Santiago García… Ello unido a la “economía naranja”, de la que tanto se habla, donde se sostiene que la cultura puede salvarnos…

Hace días escuché que la cultura era el tercer sector europeo en creación de empleo directo, y a pesar de todo este país se resiste a aceptar la creación como un pilar fundamental sobre el que construir la sociedad. La creación en sí misma es un misterio, como bien se refleja en Las Meninas. Pero sin estas obras y sin sus autores, Europa sería un trozo de tierra muerta, y nuestra vida no tendría sentido.

El viaje. ¿Qué nos puede contar acerca del viaje tanto exterior como interior? Café Budapest y El otro mar o Los cuadernos de Ítaca participan del viaje interior que también es exterior y, por medio del cual, uno accede a otra realidad, radical y decisiva. Sus viajes cultos a muchos nos ponen los pelos de punta…

Vivo en un viaje continuo, cada nuevo proyecto es una etapa para mí. Como vivo en Francia y mi trabajo está sobre todo en España, me paso muchas horas todos los meses deambulando por terminales de aeropuerto o estaciones de tren. El proceso de creación es como el mundo, vasto e inabarcable. A veces ambos me vienen demasiado grandes y me dan miedo. Pero pienso que este viaje me llevará a alguna parte.

Socialista confeso

 Alfonso Zapico con Diego Medrano durante la entrevista. Foto / Pablo Lorenzana.

Alfonso Zapico con Diego Medrano durante la entrevista. Foto / Pablo Lorenzana.

Hay quien le ve un artista de otro tiempo. Lo que querían los simbolistas, ser muy antiguo y muy moderno a la vez. Asegura haberse ido de España porque la gente hablaba muy alto en los sitios. Le gusta el vino tinto, en dosis pequeñitas. Hay quien le considera también francés… ¿Cultiva el enigma a tiempo completo?

Soy uno de esos autores a los que les pasa lo que a la ropa de segunda mano: ni están de moda ni fuera de lugar, así que al final encuentran su propio espacio. Nunca encajé bien en mi mundo de autores de cómic, y me fui de España el tiempo suficiente para ser extranjero aquí y extraño allá; es algo que pasa con mucha gente de mi generación y para lo que los franceses tienen una palabra: décalé. A veces la timidez pasa por soberbia, pero no hay ningún enigma en mí, aparte del futuro.

Ha editado con Lucía Falcón una rareza, Cómics a penique, qué nos puede contar al respecto…

Bedés Penyeach (que viene a ser algo así como Cómics a penique) es el libro más extraño que he hecho nunca. Dublinés es un viaje dibujado a la Literatura. Aquí, en cambio, es la Literatura la que viaja por una serie de viñetas, escogidas por Lucía Falcón, y que hablan con la voz de diez escritores y periodistas. Hemos mezclado estos dos lenguajes para crear algo raro y bello a la vez.

Su conciencia socialdemócrata no es ninguna novedad. Hizo campaña por Eduardo Madina en las primarias del PSOE que ganó Pedro Sánchez. ¿Qué opina del auge de Podemos y de la situación política española?

Con la crisis y el fenómeno Podemos da la impresión de que la corteza política sobre la que estábamos asentados se mueve. Hay muchas placas chocando entre sí, muchas cosas sufrirán una transformación severa, otras acabarán sepultadas. Yo soy un socialista confeso, y reconozco que el panorama actual me motiva mucho, como a casi todo el mundo. Es difícil predecir lo que va a pasar, hay que agarrarse a los propios ideales.

La editorial asturiana Pez de Plata publicará pronto su próximo libro. Un nuevo Zapico emerge de ahí: se torna escritor y nos cuenta vicisitudes y prodigios por la costa francesa. No quiere hablar nada del mismo, no sea que se gafe. Los libros de Zapico son talismanes. ¿Su terapéutica? La de aquel que cree en un mundo mejor y sabe de la inmensa grandeza de no levantar la voz, no sea que el susurro deje de ser encantamiento y entero arrebato.

Diego Medrano / Escritor.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII /FL.DE

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