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La españolización de la realidad

Lucía Naveros. Un hombre serio como un ajo gesticula a lo fato ante los principales líderes del mundo, que se hacen fotos a sí mismos con el móvil agrupando cabecitas como si fueran adolescentes en una fiesta, mientras la novia de uno de ellos se enfurruña. En ese feliz contexto, cuando el planeta le dice adiós a Mandela como si fuera un héroe de Disney, que nos gusta y emociona a todos por igual, Mariano Rajoy declara que se siente transido de alegría porque está en el mismo estadio de fútbol en el que España ganó el mundial.

Todas esas cosas insólitas, desde el falso intérprete de lengua de sordos hasta la autofoto de los líderes de Gran Bretaña, Dinamarca y Estados Unidos ante el enfado de la primera dama de este último país, y la profunda reflexión de nuestro presidente, ocurrieron de forma casi simultánea en el funeral de Estado que reunió bajo la misma lluvia uniforme a la mayor parte de los que, de cara al público, cortan el bacalao en la tierra.

¿Ocurrían así las cosas en la historia? ¿Boabdil se pisaba el manteo y se esmorraba al dejar la Alhambra, aunque no hubiera periódicos para contarlo? ¿Los intérpretes de las cumbres de Yalta o Potsdam le tomaban el pelo a Churchill y a Stalin dibujando muñequitos ahorcados en los márgenes de los tratados bélicos? ¿Los hombres de Nixon dejaban mensajitos en plan “Ola ke ase” en las grabaciones del espionaje que le costaron el cargo?

Da la sensación de que a medida que avanzamos en esta sociedad tocada por el consumo y la publicidad nos vamos haciendo más tontos. Realmente no me imagino a los sindicatos que organizaron el movimiento obrero y cambiaron la faz de la tierra peleándose por los restos de la mesa del amo, aunque he de decir que a algunos líderes políticos actuales sí que los veo en blanco y negro, de mantilla española -en mi imaginación, le pongo esa mantilla al mismísimo Gallardón, vaya usted a saber porqué-, desfilando tras el palio que cubre la cabecina redonda de Francisco Franco.

Porque España ya era así hace muchos años. España era, en el siglo XIX, un país de pandereta, como puede comprobar cualquiera que sea un poco aficionado a la Historia. La reina Isabel II, semianalfabeta, había crecido entre Borbones, esa familia que el Hola quiere hacer pasar por el ejemplo más pulcro de la clase media, pero que en realidad lleva siglos siendo una familia desestructurada, digna de la atención inmediata de los Servicios Sociales. Su madre, María Cristina, tuvo ocho hijos del capitán de la guardia, con el que se había casado en secreto siendo regente y viuda del abominable Fernando VII, y dejó el tomate del país en bancarrota a una hija de 13 años (a la que dieron su mayoría de edad de forma acelerada, a beneficio de los generales liberales que la manejaron a su gusto), cuya educación había sido deliberadamente deficitaria. Iniciada precozmente al sexo por algunos de los generales que la rodeaban, entre ellos el que da nombre a una de las calles del barrio pijo de Madrid, Serrano, en un caso que hoy se trataría sin duda como pedofilia, vivió una adolescencia despendolada, fue casada a la fuerza con un primo al que el país entero consideraba gay ya que probablemente lo era, y eligió como mejor amiga y consejera a la Monja de las Llagas, Sor Patrocinio, una bella religiosa que en su juventud protagonizó un fraude con unos falsos estigmas de Cristo.

Siempre se dijo que “Spain is different”, porque el país que había dominado el mundo proyectaba una imagen miserable y risible, ridícula, cruel y codiciosa (ya que mientras Isabel II vivía su vida de barriada marginal en palacio, la guerra desgarraba a una tierra sometida a las oligarquías más insensibles), pero ahora da la sensación de que ya no lo es: el resto del mundo que parecía serio se va desmoronando ante nuestros ojos, asistimos a una “españolización” de los líderes políticos, quizá porque el auténtico poder, el económico, cada vez necesita ser menos sofisticado para someternos. La democracia, por ejemplo, esa vestidura de legitimidad que recubre al capitalismo, es cada vez menos necesaria: a juicio de los inversores mundiales, a China le va genial, y Putin a nadie escandaliza en Rusia. Aquí, se preparan leyes mordaza, se privatiza la seguridad de forma que esas leyes va a acabar aplicándolas el vigilante jurado de Prosegur y se afilan todos los instrumentos para hacer más fácil la privatización de nuestro presente y del futuro de nuestros hijos. Siente a un oligarca a su mesa y verá cómo acaba comiéndole a usted la asadura.

Lucía Naveros

ATLÁNTICA XXI/FL.DE

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