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Polanski irradia su luz en las pantallas de Venecia

carnageVenecia, 1 sep (PL) Aunque ausente fisicamente, Roman Polanski entró hoy a paso triunfal en la Mostra de Venecia, por intermedio de su más reciente filme, Carnage (Un dios violento), portador de una avasalladora pericia técnica y gran talento.

Eligió para armarla la pieza teatral homónima de Yasmina Reza -quien lo secundó en el guión-, cuyo argumento, conocido al detalle por los actores, puede ser un arma de doble filo para cualquier realizador.

Lejos de arredarse, Polanski la asumió para imprimirle su propia huella, hundir a fondo un escalpelo en la hipocresía de la clase media, en su moral erigida sobre preceptos convencionales, al uso, “políticamente correctos”.

Rociándolo de gotas ácidas, apostó a fondo por el drama de cuatro adultos enfrentados en un espacio cerrado tras la pelea de sus hijos de 11 años. Un espacio no sólo material sino lastrado también por barreras mentales.

El cineasta francopolaco se decidió por esparcir sobre el drama elementos de comedia y un final abierto -contra el desolador de la obra de Reza-; diálogos urticantes y una puesta en pantalla sin fisuras, trabajada hasta el detalle más nimio, que los críticos equiparan, por su precisión, a un mecanismo de relojería.

Cuatro actores de talento probado sostienen la trama a pulso tendido: dos actrices de una fuerza telúrica; Kate Winslet y Jodie Foster, a dúo con los actores Christoph Waltz y John C.Reilly. Los cuatro jugándoselo todo en cada momento.

Los cuatro encarnando personajes complejos -como el ser humano mismo-, en los que conviven matices de diversa índole, defectos y virtudes, pasiones, certezas y falsedades, señalan los comentaristas.

Polanski encerró durante dos semanas al cuarteto de talentosos intérpretes en un espacio cerrado, como un laboratorio de ensayo, semejante al set en que transcurre la cinta, instándolos a vivir la historia que representaban hasta hacerla suya.

El rodaje le consumió solo cuatro semanas y, para esa fecha, ya los actores se habían convertido en las personas de carne y hueso que dejarían a flor de piel, en la pantalla, sus oscuridades e instersticios interiores.

Al final, una oleada de aplausos, a modo de rúbrica masiva, para esta cinta, una coproducción de España, Francia, Alemania y Polonia, con la que el director compite por un León de Oro.

Su filme, como todos los suyos, lleva el sello que distingue a los artistas, no importa el género que se trate, del artesano ducho en el oficio. El talento es su clave personal. Lo demás, por sí solo, no basta.

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