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Jorge Negrete, el charro cantor

jorge_negreteLa Habana.- Fue una agradable voz y una amena presencia. Un símbolo y un ídolo de multitudes. Con una sola película, íAy Jalisco no te rajes!, de Joselito Rodríguez, su suerte quedó sellada. Sería el charro cantor por excelencia. La figura encargada de divulgar el retrato, más o menos correcto, de cierta parte de México.

  Jorge Negrete (1911-1953) fue el primer charro en acudir a sus pistolas para resolver los problemas que había dejado pendiente su guitarra. Sus películas llevaron a la pantalla azteca más música. Más acción. Más tequila. Y más disparos.

El espectador se había cansado de la comedida inocencia de Tito Guizar, el campesino ingenuo, sin mayores aspiraciones que casarse con la noviecita de la infancia y sin posibilidad de la violencia balística. Se había cansado del Rancho Grande construido por Fernando de Fuentes. De tanta gente bondadosa. Del idílico encanto de lo rural. Y hasta de las ventajas de vivir ajenos a los adelantos de la modernidad.

Desde sus títulos -El peñón de las ánimas, Tierra de pasiones-, los filmes de Negrete informan al espectador por dónde irán las cosas. Una combinación de rivalidades y de orgullos regionales. De amores imposibles y de trances melodramáticos. O de pura comedia y canciones: Jalisco canta en Sevilla.

Y todo, para que su personaje resulte un compendio de conducta viril. Un charro altanero y bien plantado capaz de encajar un aria ranchera. O de jugarse la vida para que nadie lo tilde de cobarde poco después de haberse oído un corrido interpretado por el Trío Calaveras.

Con ÂíAy Jalisco no te rajes! se definieron muchos destinos. El de los productores, hermanos Rodríguez. El de la actriz principal, Gloria Marín. El de los compositores, Manuel Esperón y Ernersto Cortázar. El de la niña Evita Muñoz, “Chachita”.

Y, por supuesto, el de Negrete, que quedó tipificado y se convirtió en un adalid del machismo. Como cantaría en un filme posterior: “Guadalajara en un llano/México en una laguna/me he de comer esa tuna/aunque me espine la mano”. Por lo demás, la película significó un gran negocio. Costó 152 mil pesos y unos años después ya había dejado cinco millones de dólares.

La película se rodó durante los años de la llamada época de oro del cine mexicano. Período en que la ingenuidad de los filmes tiene que ver con la ineptitud técnica y la falta de exigencia crítica del público. Pues este ve en la pantalla, más que un arte o un simple espectáculo, el hallazgo del sentido de su vida. La explicación más cercana y entrañable.

Igualmente, etapa en la que se apela a la exaltación de lo autóctono sospechando que con ello se tiende a una cinematografía indígena. Sin darse cuenta que la imagen de la historia o el reflejo de las costumbres no es “cine nacional” aunque un observador superficial pueda creerlo así.

Su cine apenas resiste el análisis (Subtítulo)

No basta con el tema. Es necesario el estilo. La exaltación de lo nacional no es suficiente. El espíritu de una obra nacionalista es baladí. Si se traslada el argumento a otros países pueden rodarse filmes gemelos con sólo cambiar el título.

Lo que importa es transformar. Como hizo el genial Diego Rivera. Que pudo haberse inspirado en esta o aquella escuela. Pero que creó una pintura mexicana hasta la médula. Frente a sus murales no se piensa en otra escuela que en la del gran pintor azteca. Es mexicana. No puede ser otra cosa.

Cinematográficamente, el cine de Jorge Negrete apenas resiste el análisis y existe poco de su filmografía que sea rescatable. No obstante haber sido dirigidas algunas de sus películas por buenos y hasta excepcionales realizadores, como los mexicanos Julio Bracho y Emilio Fernández, el estadounidense Norman Foster y los españoles Rafael Girl y Luis Buñuel.

Con Bracho rodó Historia de un gran amor, basado en una conocida novela, y La posesión, filme en el que se evoca la hacienda antes de la caída de Porfirio Díaz. Con Fernández hizo tres: Siempre tuya, Reportaje y El rapto, todas con argumentos escritos por Mauricio Magdalena y el propio realizador.

Foster lo dirigió en El ahijado de la muerte, una aceptable película de aventuras rancheras en tiempos de la Revolución, con énfasis en el sentimiento necrofílico tantas veces atribuido a los mexicanos. Y Rafael Gil se ocupó de españoles instalados en México, que van a la tierra de sus padres con el fin de liquidar los bienes de su progenitor y se enamoran de una bella corista.

Por su parte, Buñuel realiza, por encargo del productor Oscar Dancigers, Gran Casino, un melodrama de aventuras tropicales y canciones con dos de las figuras más relevantes del momento: Libertad Lamarque y Negrete. Cosa que no importó para que el filme resultara un fracaso y le costara al cineasta aragonés tres años sin poder rodar.

Gran Casino marcó el debut en el cine mexicano tanto de Buñuel como de la cantante argentina. La idea de reunir a los dos artistas era buena. Pero el encuentro de la dama del tango con el charro fue un desastre y empeoró las cosas. Porque si al argumento le sobraban lugares comunes a la pareja le faltaba química y no funcionaba. Al extremo que el desacuerdo entre ambos es palpable en determinados momentos de la película.

Negrete ha quedado en el recuerdo como uno de los cinco grandes nombres de la época de oro del cine mexicano, junto con María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz y Cantinflas. Fue un coloso de la taquilla y una figura genuinamente popular. En él encontró la pantalla al charro cantor definitivo.

Rodolfo Santovenia/PL

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