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Stefano Varese, voz del pueblo asháninka

stefano_vareseComo siempre, si medio siglo es siempre, enero hospedó en Cuba la fiesta de las letras iberoamericanas prestigiada bajo el rótulo de Premio Casa de las Américas y esta vez cursó una de las dos invitaciones de honor al intelectual ítalo-peruano Stefano Varese.

A primera vista impone la presencia del escritor comprometido con las causas más progresistas en Latinoamérica desde que en los tempranos 60 penetró la selva de la Amazonía en su país adoptivo, para ayudar a la mejor compresión del desarrollo y estatus de aquellas sociedades ancestrales que habitan un medio tan inhóspito y sobre todo marginado por la llamada civilización occidental.

La barba, canosa y rala, no se ajusta mucho al molde preconcebido para describir al patriarca o el sabio, pero la fluidez del castellano que le costó domeñar cuando llegó adolescente al antiguo reino de los incas, al momento indica al entrevistador que está sentado ante uno de los más altos exponentes del pensamiento latinoamericano contemporáneo.

Con la modestia de un novato escritor de provincia mediterránea, el antropólogo entabló el diálogo con Orbe en la ciudad cubana de Cienfuegos, sede de los trabajos del jurado del Premio Casa 2011.

El discurso que traía para la apertura del Premio se quedó sin decir porque las rutas comerciales áreas no tienen la precisión de un reloj suizo y en la capital mexicana el engranaje le jugó una mala pasada y no llegó a tiempo a La Habana para la ceremonia.

Apenas lamentó el percance, por su modestia proverbial y porque el programa del premio le destinaba aún otro espacio de lujo: la presentación de su libro La sal de los cerros.

Con la cercana referencia del texto que vio la luz por primera vez en 1967, comenzó el diálogo con el autor, quien aseguró sentirse ante sus amigos como un pavo real por la novedad editorial y el país donde tenía lugar.

La obra dio amplitud a la tesis del doctorado en Etnología que Varese obtuvo en la Universidad Católica de Lima, y recoge sus estudios de campo sobre el pueblo asháninka (campa para el colonizador español), ubicado en la región andina del Gran Pajonal, escenario de la gran rebelión indígena liderada en 1742 por el mestizo cuzqueño Juan Santos Atahualpa.

Pionero a partir de1962 de los llamados estudios de selva en el Perú andino y amazónico, el humanista rememoró los obstáculos hallados en el empeño de escribir una monografía de los asháninkas, al topar con una lengua complicada “que nunca llegué a dominar con soltura”.

“Debí refugiarme entonces en las fuentes coloniales para tratar de entender las relaciones de aquella comunidad originaria con españoles, peruanos y negros, estos últimos empleados por el poder hispánico para reprimir par de sublevaciones”.

“Estudié la historia profunda de los campas y entendí la insuficiencia de aquellos documentos del lado opresor para comprender su forma de pensar. A partir de ese presupuesto trabajé con su cosmogonía, cómo se concebían a sí mismos en el espacio cósmico en relación con los otros pueblos”.

La gran satisfacción intelectual del también consultor de la UNESCO y la CEPAL, fue haber dado a imprenta un libro de historia del pensamiento y en ese momento de la entrevista le asaltó la necesidad “de hacer una observación que me causa mucho orgullo, pero al mismo tiempo me obliga a no ser modesto”.

Reveló que en el mundo académico anglosajón tomó cuerpo a partir de 1980 una forma de ver a los pueblos no occidentales a través del concepto de los estudios subalternos (subordinate studies en inglés) formulado por cientistas sociales de la India, de tendencia gramsciana.

Se trataba de marxistas que leyeron de forma muy atenta a su compatriota de origen, Antonio Gramsci, y luego desarrollaron esa línea de pensamiento desde el análisis de los llamados pueblos tribales en el entorno geográfico de aquel subcontinente del Asia meridional.

“Aquella corriente surge en el 80 y mi libro data del 67 y es lo mismo que ellos hacen después: tratar de entender la historia de los pueblos sin historia con el arranque en la investigación de la propia autoconcepción del sujeto de estudio”.

-¿Significa que la hindú toma prestado de la escuela antropológica peruana?

-Fue sólo una coincidencia histórica derivada del hecho de que ambos sectores leíamos a Gramsci y veníamos de esa tendencia de un marxismo humanista que reinterpreta la historia de los pueblos en clave no occidental ni capitalista.

La experiencia común de peruanos e hindúes es retomada ahora por los estadounidenses, que beben de la fuente de los segundos (escriben en inglés), porque según Varese quien la conoce desde dentro, la Academia norteamericana no se molesta en mirar hacia América Latina. A pesar de ello están descubriendo de manera indirecta a través de esos estudios una corriente de pensamiento marxista.

-¿Y la aplican a sus propios aborígenes (los american natives)?

-No, en lo fundamental a otros pueblos y en eso tiene su peso el hecho de la inexistencia de estudios sobre marxismo en la Academia de la primera potencia económica mundial, si excluyes a Chomski, Petras y algún otro. Ningún estudiante universitario americano ha leído nada de marxismo.

Así concluye el diálogo este hijo de un joyero genovés, que primero intentó cursar la carrera de periodismo como una excusa para manejar mejor la lengua cervantina.

En Italia gozó del don de la vida, en Perú comenzó a desandar los misterios del conocimiento y asumió el compromiso con la causa de los desfavorecidos de siempre. En México le nacieron los hijos y en California imparte docencia universitaria desde hace 22 años.

“Nos quieren globalizar, bueno, yo les sigo la pista y me globalizo con ellos”, sonríe y el interlocutor agradece haber conocido a alguien que está del lado positivo del fenómeno imparable.

Francisco G.Navarro/PL

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