Obligado respeto a la diversidad

pakistan 2La Habana, (PL) Aun cuando su nombre significa tierra de los puros o de la pureza, Paquistán es en realidad un país marcado por las diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, la inestabilidad política y una persistente violencia.

  Ello ha llevado al país, el sexto más poblado del planeta con más de 165 millones de habitantes, a ser un Estado multiétnico frágil llamado a asegurar su supervivencia a través del respeto y la tolerancia a la diversidad.

La nación surasiática es una federación conformada por Islamabad, la capital, cuatro provincias, Baluchistán, Frontera del Noroeste, Punyab y Sind, y las llamadas áreas tribales administradas federalmente, que ocupan el 25 por ciento de la superficie del territorio nacional.

La extensa franja tribal es una zona particularmente compleja al estar integrada por un calidoscopio de tribus baluches, sindhis y pashtunes, en su gran mayoría, en las que predomina el conservadurismo religioso.

A lo largo de los años, el gobierno central no ha podido controlar dicha región, una suerte de satélite regido por el sistema tradicional de ”jirgas” o asambleas tribales.

La zona, con una población de seis y medio millones de habitantes, cuenta con siete distritos marcados por el subdesarrollo y la presencia de diferentes grupos tribales endurecidos por años de abandono y olvido.

Los extranjeros sólo tienen acceso a esa área con un permiso especial del Ministerio del Interior, que se grapa al visado paquistaní en cualquiera de sus embajadas en el mundo.

En el cinturón tribal, las comunicaciones y los índices de educación y salud están por debajo de la media nacional. Allí se vive bajo el imperio de la ”sharia” (ley islámica).

A pesar de las grandes reservas de minerales, petróleo y gas natural ubicadas en la región, el dinero invertido por Islamabad ha estado siempre muy por debajo de lo que realmente se necesita, por lo que ésta es una de las zonas más pobres del país.

Al igual que el resto de Paquistán, la franja se caracteriza por la pluralidad sectaria, étnica, lingüística, cultural y religiosa, lo que ha traído consigo tensiones de diversas índoles teniendo en cuenta que a las minorías que conviven en el lugar, se les ha negado la plena autonomía económica y política.

Hace años, grupos tribales de diversos orígenes emprendieron una lucha armada para reclamar más autonomía y un mayor porcentaje de los ingresos derivados de sus reservas.

El accionar de esas organizaciones se recrudeció cuando Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001 poco después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

Por esa fecha, el gobierno estadounidense anunció el levantamiento de las sanciones económicas y militares impuestas a India y a Paquistán luego de las pruebas nucleares de 1998, a cambio del apoyo incondicional de Islamabad a la ocupación del país vecino.

El entonces presidente paquistaní, Pervez Musharraf, se convirtió en aliado de Washington en la llamada guerra contra el terrorismo impulsada por el gobierno del presidente estadounidense, George W. Bush.

Las ventajas económicas y prebendas recibidas por Musharraf tendrían un alto precio.

Bajo intensas presiones de Estados Unidos, el mandatario paquistaní envío miles de soldados, helicópteros y artillería pesada al cinturón tribal, donde las fuerzas de seguridad comenzaron a lanzar sistemáticas operaciones desde julio de 2002.

El uso indiscriminado y excesivo de la fuerza debilitó por completo el prestigio de los militares y avivó el rechazo de la población local.

Las tropas paquistaníes, mayor en número y con mejores recursos, sintieron el arrojo de las áreas tribales al sufrir miles de bajas sin alcanzar ningún éxito militar o político significativo.

Para octubre de 2003 y los primeros tres meses de 2004 se contabilizaron en la zona alrededor de 50 mil desplazados por la violencia.

Islamabad intentó cambiar de estrategia y comenzó a incrementar los fondos para el desarrollo de proyectos en el área en un esfuerzo desesperado por persuadir a la población de cooperar con la guerra” antiterrorista “.

En tanto, los grupos tribales, furiosos con la intervención militar estadounidense en Afganistán, ampliaban sus métodos de lucha e incluyeron los ataques con cohetes bombas, los atentados suicidas y las emboscadas.

Por cada detención de un supuesto líder o miembro de Al Qaeda o del Talibán sucedía, casi a diario, todo tipo de ataques contra las fuerzas de seguridad y objetivos del gobierno.

Hay que subrayar que los líderes y residentes de las áreas tribales aprenden a utilizar las armas a muy temprana edad, como dictan las tradiciones locales, y se ejercitan con técnicas bélicas adaptadas a su entorno, lo cual los dota de una férrea resistencia.

En la provincia de Baluchistán, compartida por Irán, Paquistán y Afganistán, los baluches, que presentan los niveles más bajos de desarrollo, llevaban a cabo su propia guerra.

Este grupo étnico, con sus estructuras jerárquicas y sus ”sardars” todopoderosos, domina grandes territorios e históricamente se ha opuesto al poder del gobierno central.

Un panorama similar ofrecían las provincias Frontera del Noroeste, Waziristán del Sur y del Norte, donde la parte oficial ante la falta de control se vio obligada a firmar en septiembre de 2006 un acuerdo con los dirigentes tribales que funcionó en mayor o menor medida durante unos meses.

En virtud del convenio, Islamabad se comprometía a no enviar más tropas a la zona y a devolver las armas incautadas a cambio de que los ancianos de las principales tribus controlaran la estabilidad y seguridad en sus territorios.

La situación se volvió mucho más complicada debido a que la población de la zona es mayoritariamente pashtún, grupo étnico que representa en Paquistán más del 15,4 por ciento de la población y en Afganistán el 42 por ciento, 12,5 millones de personas.

A eso se suma el hecho de que también son pashtunes al menos el 81 por ciento de los tres millones de refugiados afganos que se encuentran en territorio paquistaní.

Paquistán mantiene dos mil 500 kilómetros de fronteras irregulares atravesadas por cordilleras, montañas, ríos y valles con Afganistán, una división arbitraria de los colonialistas británicos tras su forzada salida de Surasia en la década de 1940, denominada Línea Durand.

Por encima de cualquier división política, las cerca de 60 tribus pashtunes en el mundo, conformadas por alrededor de 400 clanes, siguieron compartiendo lengua, cultura, tradiciones, historia y sangre.

Las tribus pashtunes paquistaníes, intrínsecamente vinculadas con sus similares afganas, fueron acusadas de dar refugio e instrucción a los insurgentes que al otro lado de la frontera luchaban para expulsar a las tropas de ocupación extranjeras.

Esos clanes lograron controlar vastas regiones tribales desde Paquistán y lograron cortar en innumerables ocasiones las líneas de aprovisionamiento de las fuerzas de la OTAN y Estados Unidos desplegadas en Afganistán.

Los pashtunes, asentados básicamente en el este y sur de Afganistán, son el principal grupo del Movimiento Talibán, formado en las ”madrasas” (escuelas religiosas) paquistaníes, y entrenados y equipados por Estados Unidos para combatir contra la ex Unión Soviética (1979-1989).

El trasiego a un lado y otro de la línea fronteriza provocó fuertes tensiones entre Kabul e Islamabad, sobre éste último, se ejercieron fuertes presiones para que controlara y vigilara la zona.

Para las tropas estadounidenses y de la OTAN aumentaba la pesadilla en el sur del territorio afgano y en el propio Paquistán.

Ante este panorama, Estados Unidos acudió cada vez con más frecuencia a bombardear las zonas más conflictivas en ambos países en detrimento de la población civil y a pesar de los reclamos de Kabul e Islamabad.

Hasta hoy los ataques aéreos estadounidenses, que siguen cobrando vidas inocentes, provocan amplias protestas y alimentan el rencor de la población local que siempre ha rechazado cualquier injerencia occidental en el mundo islámico.

La desafiante región tribal continúa siendo una piedra en el zapato para el inestable gobierno paquistaní, desgastado, entre otros problemas, por la corrupción, el nepotismo y la falta de control.

En medio de la actual espiral de violencia en el cinturón tribal, la secretaria de Estado Hillary Clinton realizó una visita de tres días a Paquistán y anunció un plan supuestamente encaminado a ayudar al país surasiático.

Aseveró que para mantener a Paquistán en el camino hacia la democracia, Estados Unidos decidió triplicar la asistencia militar (que alcanzará los siete mil 500 millones de dólares en cinco años) y destinar otros 103 millones para combatir a quienes calificó indistintamente de “elementos del terror” y “enemigo común”.

(*) La autora es periodista de la Redacción Asia, de Prensa Latina.

Doris Calderón/PRENSA LATINA