Lecturas de domingo: Esther Williams en el río Kwai

Cuando suena una guitarra andaluza en la peña de Los gatos, plagada de borrachines de cerveza barata, el cielo se llena de rosas rojas de los jardines de Ecuador y cuatro grumetes de Ulises, supervivientes del naufragio de Ítaca, toman el vuelo 667 de Singapore Airlines con destino a Málaga.

  Suenan tambores lejanos para un Gary Cooper demasiado joven para estar ya sólo ante el peligro, y en el pueblecito de Mijas, en el cogote del sur de España, inician su ronda infernal los burros-taxis que divierten a las gordas turistas inglesas, hartas hasta la bandera del Imperio de todo tipo de alcoholes, en un paseo erótico casi tan caro como los de los taxis de París.

Más hacia allá, donde ya no se da pie en el mar, el pueblo de Moguer rueda una película sin comienzo ni fin. La de un poeta con barba y con el alma turbada que tenía un burrito llamado Platero. Burro que el más bello de los poetas de lengua española inventó con el propósito de enmienda de regalar armonía y amor al mundo. Platero, de plata, de refulgencia, del metal con que los artesanos de Córdoba fabrican las maravillas y también las mamarrachadas para turistas.

Cuando se estrella la noche en una taberna del Arbayzin de Granada, donde fantasmas de acullá tomaban espeso vino blanco en jarrillos de lata que antes fueron de leche condensada, el gaznate de Ulises cuenta su aventura a un grupo de finlandeses aburridos de vivir.

Entre jarrillo y jarrillo de vino blanco de dioses, cuenta uno de los marineros del vuelo Singapore Airlines 667 que cuando Ulises llegó por fin a Ítaca fue una catástrofe. Su esposa, la dulce y fiel Penélope, que todos hacían agarrada a su rueca para tejer la alfombra más interminable del mundo y mantener a distancia a sus sedientos pretendientes, había desistido y en medio de cha cha chás y mambos endiablados reía y se divertía con los más guapos de sus pretendientes.

Los más valiosos de sus novios por sus atavíos reales o sus promesas viriles, intentaban asesinar a los directores de orquesta importados de La Habana y Santo Domingo para imponer sus ritmos y poder por fin bailar con la bella de bellas el bolero de la seducción que cantaba Nat King Cole desde un pedazo de cielo alquilado a Zeus para la velada.

Tras el baile se abría el ambigú y el elegido perseguía a Penélope por las grutas de Hércules de Tánger internacional S.A., y al cabo de un rato desembocaban en un lago que Marlon Brando surcó cuando era marino rebelde. Esther Williams, seguida en una barca velera por Xavier Cugat, su bigote, sus chihuahuas y sus violines, ganaba la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de Barcelona (Spain) y los burros de Mijas la acompañaban en un alocado ballet acuático en el que muchos resultaban ahogados o borrachos.

Porque uno de los amantes de Penélope, viejo brujo de profesión, había transformado el agua de la piscina en un monumental gin tonic con gigantescos trozos de lima que atropellaban a la guardia municipal de Lahoré, encargada de mantener la paz en la boda de la bailarina y actriz cubana Chelo Alonso que quería casarse con un Ulises ojerizo y descangayado.

Cuando la mañana bañaba con su pureza la Alhambra de Granada y el Moguer de Juan Ramón Jiménez, los burros del poeta tomaban el poder en impecable uniforme de las fuerzas desarmadas del sultán de Lahoré, mientras movían las orejas al ritmo de la banda de música que poco antes se había despeñado por los barrancos desde el puente del río Kwai.

Una vez todos los años, por Semana Santa, Platero aparecía en el avión de Julio Iglesias y repartía latigazos entre los burros humanos que tanto daño habían hecho a la raza equina durante los doce meses anteriores a la cena de Navidad.

Luego, el flautista de Hamelin, contratado con oro sacado de las minas del rey Salomón por Stewart Granger y Deborah Kerr, se llevaba a los burros humanos hasta aguas profundas del puerto de Fuengirola, al ladito de Málaga, según se baja hacia Cádiz, y allí los esperaba un grumete de Ulises llamado Dâ�ÖArtagnan que iba marcándolos a fuego y sangre con la flor de Lis, uno a uno, con nocturnidad y alevosía.

Y entonces todos se volvían locos y cantaban con voz chirriante: “ÂíSomos Milady, somos Milady de Richelieu!”.

Cuando desaparecían por fin, hundidos en el mar por el peso de sus pecados, Platero nos invitaba a la taberna donde Juan Ramón Jiménez escribía amorosos versos a Zenobia, la mujer por la que bebía los vientos.

 

Sergio Berrocal/PL)

*Escritor y periodista francés residente en España.