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La Unión Europea de cara al mundo

union_europeaLa Habana, (PL) La elección del político belga Herman Van Rompuy para el puesto de presidente permanente de la Unión Europea (UE) puso fin a un tortuoso proceso institucional dentro del bloque que ambiciona protagonismos en la arena internacional.

  El primer ministro de origen flamenco resultó a última hora la candidatura de consenso entre los Veintisiete, una comunidad heterogénea, muy marcada por el intransigente euroescepticismo de Gran Bretaña y las diferencias entre los países grandes y los más pequeños y menos desarrollados. Van Rompuy compartirá funciones en el Consejo Europeo con la británica Catherine Ashton, comisaria europea de Comercio, ascendida a Alto Representante de Política Exterior de la Unión.

Pese al respaldo mostrado en Bruselas durante la cumbre extraordinaria de Jefes de Estado y de Gobierno, no existe tal unidad ni cohesión en torno a ambas figuras, futuras caras visibles de la UE en el escenario mundial.

Medios occidentales de prensa ponen en duda que Van Rompuy y Ashton -políticos de corta carrera- puedan ajustarse a las ambiciones de los pesos pesados dentro del esquema, como Alemania y Francia, de convertir el bloque en un fuerte interlocutor frente a Estados Unidos, China o Rusia.

El flamante presidente europeo comandó el gobierno belga durante poco más de un año y sólo se le atribuye una exitosa mediación de relevancia internacional en el litigio con Holanda por el dragado del río Escalda.

De minimalista calificó el ministro de Asuntos Exteriores de Suecia, Carl Bildt, la elección de la primera presidencia estable europea.

Luego de haber nombrado un presidente débil para la Comisión Europea (José Manuel Barroso), los jefes de Estado han nombrado un presidente del Consejo insulso y un Alto Representante insignificante, declaró el eurodiputado francés del partido Verde, Daniel Cohn-Bendit. “Europa ha llegado al fondo”, sentenció.

Sorpresivamente, el presidente francés, Nicolás Sarkozy, cambió su candidato favorito (Tony Blair) por el primer ministro belga para sumarse a la postura de la canciller alemana, Angela Merkel.

Tal maniobra quizás encaja con la opinión casi generalizada, y reflejada por medios periodísticos occidentales, de que los propios líderes de la UE se habían asustado de los cargos que habían creado.

A estas alturas ni la población está interesada en otorgarle más poderes a Bruselas, como mostraron los sondeos de opinión y los referendos efectuados para legitimar las reformas institucionales contenidas en el Tratado de Lisboa, que entrará en vigor el 1 de diciembre.

Son más los analistas, de otro lado, inclinados a pensar que París y Berlín preferían figuras de bajo perfil para no minimizar la influencia que privilegia a sus gobiernos dentro de la unión.

De ahí que Francia y Alemania esperan tomar bajo sus riendas las carteras de peso en el próximo mandato de la Comisión Europea.

La presidencia europea y el Tratado de Lisboa

El presidente estable de la Unión Europea, así como el titular de Exteriores, tienen la misión de llevar una posición unida y fuerte ante la comunidad internacional, según el espíritu del Tratado de Lisboa, rubricado el 13 de diciembre de 2007. La presidencia se detentará por dos años y medio de mandato con carácter renovable.

Pero al margen de las atribuciones administrativas que le confieren al timonel del Consejo Europeo, Van Rompuy deberá impregnar con contenidos concretos la Declaración de Laeken (que dio vida en 2001 a la nueva constitución) para garantizar la democracia y la transparencia esperada por los europeos.

“Los ciudadanos creen que todo se decide muy por encima de ellos y desean un control más democrático. “Hay que acercar las instituciones de la UE a los ciudadanos”, fueron algunas de las frases incluidas en el preámbulo del Tratado de Lisboa.

Más allá de los intentos de democratización de las instituciones europeas y de las promesas de la nueva canciller Ashton de garantizar “una diplomacia tranquila”, la presidencia estable tendrá que insuflar vigor y un activismo fuera de lo tradicional para que la Unión Europea deje de verse como el elefante con pies de barro que suele ceder en última instancia frente a las presiones de Estados Unidos.

Odalys Buscarón (*)

(*) La autora es jefa de la Redacción Europa de Prensa Latina.

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