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Campanella regresa al cine argentino

 Han pasado cinco años desde que Juan José Campanella realizara su última película, “Luna de Avellaneda”, que cerraba una trilogía de complicidad, entre el sentimiento y el humor, con su coguionista Fernando Castets. Juntos habián hecho previamente “El mismo amor, la misma lluvia” y “El hijo de la novia”, historias emotivas todas, bien tratadas por la crítica y mejor aún por el público. Pasado este lustro en el que el argentino se ha prodigado en la televisión, tanto en su país como en España y Estados Unidos, ha buscado renovarse, al menos parcialmente, porque mantiene su fidelidad a dos de sus actores fetiche, Ricardo Darín y Soledad Villamil. “El secreto de sus ojos” se estrena este jueves en la Argentina antes de pasar por Toronto y San Sebastián.

 No está ya Castets, no es una comedia sentimental, aunque tenga elementos del género, sino cine negro con ciertas referencias a la época más oscuras de la historia argentina del último cuarto del siglo XX. “El secreto de sus ojos”, que parte de una novela de Eduardo Sacheri, su nuevo cómplice en la escritura del guión, un apasionado cocktail de intrigas judiciales, sentimientos reprimidos, obesiones y un pasado que es difícil borrar.

 Benjamín Chaparro (Ricardo Darín) acaba de jubilarse después de trabajar toda una vida como empleado en un Juzgado Penal. Para ocupar su tiempo libre decide escribir una novela, basada en una historia real de la que ha sido testigo y protagonista, la de un asesinato ocurrido en Buenos Aires en 1974, y de la investigación para hallar al culpable. Pero una vez abierta la puerta de ese pasado al propio Chaparro se le volverá imposible cerrarla. Primero, porque la turbulenta Argentina de entonces se cuela en la vida de los personajes, con su carga de violencia y de muerte. Y, sobre todo porque aunque Chaparro suponga que la historia que teje habla únicamente del pasado, su búsqueda ilumina de un modo descarnado su propia vida y su presente, y lo pone de frente con un dilema de amor que lo obsesiona desde hace demasiado tiempo.

 Con Darín y Villamil, su pareja romántica de “El mismo amor, la misma lluvia” hace una década, están dos actores muy populares para el público nacional, Pablo Rago y Guillermo Francella, casi irreconocible física e interpretativamente en un personaje dramático totalmente nuevo en su carrera.

 “Como lector -explicaba Campanella a Reporter- el género negro me gusta mucho, leo muchísimos policiales. Y en una película me gusta mezclar varios acordes. Esta novela tenía eso. Lo que me gustó de esta novela es que me permitía trabajar dentro de lo que llamamos género policial o cine negro pero con una cuota de humanismo y cotidianidad muy fuerte, con personajes muy empáticos. Me daba la sensación de que si yo estuviera en esa situación extraordinaria reaccionaría de la misma manera, me mandaría las mismas macanas o tendría los mismos miedos. Así que mezclar esas cosas es lo que me interesó. Por otro lado sentía que la cuestión de la cotidianidad argentina no tenía mucho que aportar en este caso. Pero cuando sienta algo distinto ocurrirá de nuevo. No digo que no voy a hacer más comedias. A mí es lo que más me gusta. Cuando la gente se ríe es mi sonido preferido”.

 El realizador de “Vientos de agua” y de episodios de series americanas tan conocidas como “Ley y orden”, “House” o “30 Rock” es consciente de la expectación que ha despertado su cinta y del gancho que entre el público tiene su elenco, pero prefiere ser cauto en cuanto a los resultados comerciales: “Con mi segunda película (“Ni el tiro del final”), todos los que trabajábamos en ella pensamos que iba a ser una revolución en el cine negro y que me iba a consagrar como cineasta. Pero me catapultó y no a la fama. Por otro lado, con “El hijo de la novia” pensábamos que si se manejaba bien iba a andar en Buenos Aires pero no sabíamos qué iba a pasar en las provincias. Y después creo que fue el éxito internacional más grande de la historia del cine argentino. Así que yo trato de no tener expectativas. Siempre espero que la gente responda porque hacer cine es comunicarse, uno le cuenta una historia a la gente y el público se relaciona con ella, y además porque eso garantiza que la próxima película esté. Pero expectativas de un millón de personas, trato de no tenerlas. Lo que no quiere decir que no trabaje para conseguir eso”.

 

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